Opinión / 3 de Junio de 2017

El sincericidio de Tinelli en su regreso a la tevé

El mensaje cifrado detrás de la apertura de ShowMatch y las contradicicones que deberá enfrentar.¿Cómo pasar de Pierre Lemaitre a las peleas bizarras?

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¿Y ahora qué? La televisión es una droga que produce acostumbramiento. Por más que se intente correr el umbral del asombro, no hay manera de seguir sorprendiendo a la audiencia ni siquiera con aperturas superlativas. Así que después del megadespliegue de bailarines y acróbatas, super efectos especiales, multiescenarios y poliritmos musicales, en el debut número 28 de su programa Tinelli sacó de la manga su última carta, la más eficaz: él mismo. Sobreactuado a fuerza de sinceridad brutal en una ficción con coro de famosos autorizados por libreto a burlarse de sus circunstancias personales.

Visto desde el living, este regreso se pareció a una confesión. La de una lucha interna entre el deber ser (aquel Gran Show) y ese deseo impreciso que al señor de la tele se le viene escapando de las manos.
Hasta el quiebre entre los dos módulos que abrieron el ShowMatch 2017 sonó a mensaje cifrado. Un pasaje violento de la galaxia estelar al bondi realista. Los derroches condensados en el revuelto musical le cedieron paso a un show autobiográfico del conductor dispuesto a exhibir y regodear al público con sus templadas miserias. Porque esta vez Tinelli eligió que los participantes estelares del sketch lo “gastaran” a él.

El corto de ficción arrancó narrando el cambio de status que le implicó la venta de su productora. Un Tinelli desorientado visita el estudio de televisión que ya no le pertenece y se va cruzando con participantes especiales en un raid que incluye la búsqueda de otro espacio para hacer su programa, comprar las telas para el decorado y hasta los pisos en un corralón de materiales. Esa atmósfera “lo atamos con alambre” -a minutos de que bajara el telón del primermundista enganchado de números artísticos- es la contracara que mejor dibuja el presente del conductor. El de un showman que se imaginó líder futbolístico, se sueña político y entretanto se pregunta: qué estoy haciendo acá.

Tal vez esa es la razón por la que, como otros años, Tinelli no apeló a recursos temáticos de estación. Está demasiado ensimismado. Y así se dejó dibujar por el guión, como un clase media en crisis, que busca hacer pie entre el yoga y el psicoanálisis.

Además de las ironías en torno a su paso fallido por la AFA, explotó su estresazo en una escena en la que su mujer, Guillermina Valdes, encarna a una doctora que le enrostra los males de la edad. Y antes que lo noten otros, aprovechó la ocasión para que ella mencione un refresh facial y le examine la cabeza “sembrada” de pelo nuevo. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Pero la verdadera perla de este verosímil paso de comedia fue el diálogo que Tinelli sostiene con una Valeria Bertucelli/vendedora de telas. Muy en sintonía con ese personaje de mina ácida que tan bien le sale, lo indaga acerca de los peso pesado que contará el programa. La conversación es una advertencia a los espectadores de lo poco que podrán esperar este año del target soñador. Romances bizarros y poco más. Una piña sin sutilezas que el Tinelli en evolución (sin bailes del caño, cortes de polleritas, militante por los animales) parece inflingirse con ganas. Ahora que se confiesa amante del teatro off, el cine de autor y la literatura cool de Pierre Lemaitre cuesta imaginarlo disfrutando de los bailes anabolizados con escándalos del corazón que le espera relatar.

Las primeras mediciones del histórico tanque televisivo -que alguna vez justificó la noción de canales tinellidependientes- prueban esa resistencia a los estímulos repetidos. La inversión excepcional de más de mil personas en el show inaugural sirvió para cosechar 27 puntos de rating, mientras que el año pasado había orillado los 35 y en el 2009, superado los 41. Nada alcanza para remontar el negocio. La única esperanza es puro Tinelli.

*Editora Ejecutiva de Noticias

Seguí a Alejandra en Twitter: @alejandradaiha

 

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