Opinión / 20 de junio de 2017

Deshacerse de lo que no sirve y acomodar la casa está de moda

El orden como filosofía. ¿Hay una idea más profunda detrás de la obsesión por organizar?

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Existen decisiones que pueden cambiar nuestra vida. Optar por llevar una vida más ordenada es una de ellas. Se trata de una forma de ser, un fluir más cómodo y liviano en el día a día. Las personas exitosas comparten un secreto en común: saben que para cumplir con sus objetivos, necesitan planificar, establecer prioridades y no salirse de este camino. Como resultado, desarrollan sistemas que funcionen para ellos. ¿Cuál es su recompensa? Paz mental y tiempo.

En el caso del orden es igual: encontrar cada cosa en su lugar, llevar una agenda organizada y una lista de pendientes, saber qué tenemos y qué nos falta, nos trae exactamente los mismos beneficios: nos ahorra tiempo y dinero, puede ayudar a aumentar la energía y disminuir el nivel de estrés.

Hay un famoso proverbio zen que dice: “La forma en que un hombre hace una cosa, es como hace todo”. Si se dejan las puertas de los placares abiertas, seguramente  lo mismo suceda con los cajones de la cocina. Y es notable cómo después de empezar a completar estas simples acciones –como cerrar las puertas después de abrirlas– uno se encuentra completando, de a poco, todo lo pendiente: desde proyectos laborales hasta proyectos familiares. Las puertas de una casa son sólo una metáfora de cómo vive su vida quien la habita.

Nos encontramos en lo que llamo la “era del equilibrio”. Estamos en constante búsqueda del “vivir mejor”: comida orgánica, vestimenta sustentable, ejercicio físico, meditación. Pienso que los espacios que nos rodean deberían formar parte de esta lista también: el hogar, el lugar de trabajo. Necesitamos prestarle mucha atención para hacer nuestra vida diaria lo más placentera posible. A veces sucede que no podemos encontrar esta armonía. O en algún momento la tuvimos y algo aconteció que nos hizo perder el control sobre los espacios que nos rodean. Tal vez una mudanza, el nacimiento de un hijo o simplemente la falta de tiempo para ocuparnos. Y así nuestro hogar ya no habla de nosotros, sino que tiene otra energía, que no sentimos como propia. Los espacios están desordenados, no encontramos nada con facilidad o tenemos tantas cosas que nos sentimos tapados y atrapados. En estos casos es necesario despejar el terreno para volver a encontrarnos con nuestros espacios y por ende, con nosotros mismos.

Todos buscamos fluir: en nuestras relaciones, en nuestro trabajo y también en nuestra vivienda. Lo opuesto a fluir sería estancarse. Cuando una relación no fluye, rara vez puede continuar. Lo mismo sucede con nuestro trabajo: si no es satisfactorio, no fluye, y es casi imposible sentirse motivado para encararlo con ganas. Lo que está adentro, se manifestará afuera. Es una cuestión energética que hay que vivenciar para poder entender: uno vive literalmente en el mundo que refleja su propio mundo interno. Un escritorio desordenado es un fiel reflejo de un trabajo desordenado.

Cuando organizamos algún espacio de nuestra casa –nuestro placard por ejemplo– sacamos, tiramos, y así renovamos energías. Muchas veces la energía se encuentra estancada y hay que moverla para activarla. El orden significa esto: movimiento. Por donde pasa, el orden cambia las cosas, renueva y da paso a lo nuevo. Según mi experiencia, también ordena nuestras emociones al decidir qué queremos conservar y qué ya no queremos. Se trata de un proceso en el cual uno se va reconociendo a sí mismo a través de lo externo: nuestros objetos y el espacio que nos rodea.

Cuando vemos orden afuera, todo fluye con mayor facilidad. Cambian las ganas. Por eso, “una casa ordenada es una mente ordenada” es la premisa. Se trata de un desafío, no tanto por el compromiso y tiempo que nos lleva, sino porque requiere un cambio en nuestros hábitos y comportamientos. La decisión de poner orden en la vida tiene resultados en el corto plazo. Y son sorprendentes.

*Interior Planner. Autora de “Terapia del Orden” (Ediciones B).

 

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