Música / 25 de Junio de 2017

Ara Makilian, un artista sin casillas

Hizo su debut en Buenos Aires. Llenó el Gran Rex e hizo divertir a una platea que aceptó con felicidad su propuesta heterodoxa.

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★★★★ Es de familia armenia. Nació en el Líbano donde pasó parte de su infancia en medio de la guerra. Vivió y estudió en Alemania e Inglaterra y, desde hace 12 años, está instalado en España. Grabó decenas de discos. Musicalizó varios filmes; entre ellos, “Hable con ella” y “La mala educación” de Pedro Almodóvar. Pero lo más interesante de todo es que, siendo un virtuoso del violín clásico, su curiosidad artística lo ha llevado a meterse con montones de músicas diferentes: el jazz, lo árabe, lo gitano, el klezmer y otros géneros judíos, el tango, el flamenco, el pop, el rock y, por supuesto, lo clásico.

Hiperactivo y en gira contante por todas partes, recaló finalmente en la Argentina. Y se mostró con un octeto que es estilística y tímbricamente mixto: por un lado, un quinteto clásico de cuerdas de violín, viola, cello y contrabajo que se completa con su propio violín y, por otro, un agregado pop/étnico de bajo eléctrico (cuando el contrabajo se reconvierte en manos de la misma instrumentista), guitarras, batería y otras percusiones, inclusive indias.

Con esas herramientas, y frente a un Gran Rex colmado (para sorpresa de muchos porque aún es alguien poco conocido en nuestro país), recorrió un abanico muy grande, de Mozart a David Bowie, de Paganini a Jimi Hendrix, de sus propias composiciones (también multifacéticas) a Radiohead, de Led Zeppelin a la banda de sonido de “Pulp Fiction”, de Ástor Piazzolla a Bach. Y eso, que en su descripción podría resultar un cocoliche confuso y caótico, en Ara Makilian se ordena en su modo eléctrico y movedizo de tocar el violín, en el espíritu festivo que le da a todo lo que hace, en la actitud relajada con que presenta todo el repertorio, en el excelente complemento que le brindan sus compañeros.

Y a esto hay que agregar que este señor de pelos alborotados y aspecto desaliñado, más cercano al de un clown que al de un músico académico, es un gran relator de historias, inventadas o no, en las que se mezclan la gracia de su castellano lleno de acentos y su inagotable humor de cortinero (¿o hay que decir “standapero”?) de teatro de variedades.

 

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