Opinión, Política / 30 de Junio de 2017

Cristinosis: En todo estás vos

Por qué el país no logra vivir sin ella. La grieta y los sentimientos que genera, desde amor y odio a miedo y cholulismo.

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Alta en el cielo un águila guerrera… O dos. Vuelos rasantes. Garras en posición de ataque. Picotazos a la yugular del enemigo.
Rosario, 20 de junio a la mañana. El presidente Mauricio Macri llama a la unidad desde un Monumento a la Bandera que indica todo lo contrario, súper vallado y custodiado como está para evitar agresiones. Todos entienden de quién. Afirma el hombre que Manuel Belgrano lo inspira para el “¡sí, se puede!” del “cambio”. Pide paciencia: ya va a llegar. Su peor socio es el presente.

Sarandí, el mismo día a la tarde. Alguna vez, ella se declaró enamorada de Belgrano. ¿Sería un homónimo? Cristina Fernández de Kirchner ocupa el centro de un escenario que parece ajeno. Casi en el llano, sin pedestal, sólo banderitas y “gente común”. Muy PRO todo. Pide impaciencia: habla de la inexistencia del futuro, así las cosas. Unas 30.000 personas, en su mayoría jóvenes, braman “¡Cristina senadora! ¡Cristina presidenta!”.

La política es, en gran medida, una disputa por la propiedad de los símbolos más preciados de una argentinidad rota, difusa, bastante fracasada.

Atardecer del 20. Tribunales de Retiro. Unos 5.000 manifestantes, sobre todo mayores de 50 o 55, exigen justicia. Pero no en general. Todos entienden de quién hablan cuando gritan “¡Chorra!” mirando a cámara.

Para esa hora, Rosario queda lejos. A un lado y otro de los 11 kilómetros y medio que separan el estadio de Arsenal y la mole judicial de Comodoro Py 2002 se ubican los extremos de amor-odio de esa especie de neurosis nacional que nos afecta a casi todos (y todas).

Nadie se salva de la “Cristinosis”.

A favor, en contra o con cara de analistas autónomos, hablamos de ella en todas partes, todo el tiempo. El Gobierno y los opositores. Los periodistas y cualquiera, en las redes sociales, los bares, las oficinas, la mesa larga del domingo. Los mercados opinan. Con obsesión. Con fobia. Con histeria. Ansiosos o angustiados. Apasionados, de una u otra manera, hasta superar los límites del fanatismo. Cholulos, por qué no. Estresa. Moviliza, la Señora.

La última muestra de cuánto afecta nuestras emociones el Factor Cristina es muy reciente. En mayo, apenas pareció que CFK se bajaba de la competencia electoral, tras un seudo-reportaje en el canal kirchnerista C5N, la Consultora González y Valladares registró datos significativos:

• El 30,6% se declaró “alegre” y el 20,1%, “aliviado”.
• “Triste”, respondió el 23,5%. Un 6,3% manifestó “decepción”.
• Sólo un 13,1% expresó “indiferencia” y el 6,1% no supo qué decir o prefirió callar.

Más que la razón del “de acuerdo” o “en desacuerdo” (¿debería presuponerse que la lucha por el poder implica sobre todo confrontación de ideas?), primó la sensación anímica inmediata frente a una decisión que, a lo sumo, estaba siquiera insinuada. El recorte de los alegres+aliviados (50,7%) y los tristes+decepcionados (29,8%) coincide con las encuestas de intención de voto, las cuales marcarían un techo imperforable para el kirchnerismo puro. Sin embargo, la sublimación de las pasiones de un lado y el otro explicaría la centralidad política que la ex mandataria sigue manteniendo. Incluso el Gobierno, atrapado por la lógica de la grieta que tantos beneficios le otorgó, se dejó llevar hasta último momento por el juego de intrigas en torno a las candidaturas K para definir las propias.

La “Cristinosis” está entre nosotros. En nosotros. Nos cruza sin mirar a quién. Nos altera. Y nos define.

Estado emocional. Aristóteles llegó primero a enumerar las emociones humanas: “apetito, ira, temor, confianza, envidia, gozo, amor, odio, vergüenza y todos los sentimientos que acompañan al placer y al dolor”. Las asimilaba a las pasiones y creía que, al escoger entre la virtud y el vicio, los humanos podían controlarlas a voluntad. Fue Descartes quien, en “Las pasiones del alma”, redujo la vida emocional a seis estados básicos: admiración, amor, odio, deseo, gozo y tristeza. Pero hubo que llegar hasta fines del siglo XIX para que, Darwin mediante, los científicos neoyorquinos John Harlow y Henry Bigelow descubrieran que la regulación de las emociones, lejos de la espiritualidad, radica en el cerebro. Hoy, se ha llegado a considerar que las neurociencias tienden a ocupar el lugar de la filosofía. Así, las emociones son consideradas una respuesta neuronal instantánea a ciertos estímulos, mientras que los sentimientos vendrían a ser su traducción razonada. Así, la emotividad sería el estado primitivo de la idea.

“Hay evidencias de que la tensión que sentimos entre la pasión y la razón, entre la intuición y la deliberación, se basa en una lucha entre sistemas que compiten en el cerebro”, escribió el neurólogo argentino Facundo Manes.

Las emociones dependerían del llamado “sistema límbico”, una zona indefinida del encéfalo en torno al hipotálamo y de gran influencia sobre las glándulas. En síntesis, lo que aquí definimos periodísticamente como “Cristinosis” (expresiones de amor, odio, alegría, tristeza y demás) podría tener un origen más hormonal que ideológico.

Un destacado especialista argentino-estadounidense que prefirió dar su testimonio en off the record para no entrometerse en asuntos políticos, se refirió a un concepto neurocientífico, el del “sesgo de confirmación”, para tratar de entender el fenómeno. “Cuando alguien tiene una ideología, lo que escucha del otro viene a confirmar lo que ya cree. El ‘sesgo de confirmación’ es propio de la religión: es común en un terreno donde todo depende de la fe. Lo extraño es que, en la Argentina, con este concepto se puede explicar la política. Acá todo el mundo habla de política, lo que no sucede en otras partes del mundo. Es decir que escucharla a CFK hablando no hace más que confirmar lo que uno ya cree de ella. Está probado con estudios que si se le muestra a una persona que un político robó, igual confirma su ideología. Y si está de acuerdo con el político que robó o no robó, confiará de la misma manera en él y buscará la explicación por otro lado, evitando el problema”.

El filósofo Marcos Novaro apunta su visión de la emotividad como ingrediente político-social. “Cristina –dice– es una de las pocas líderes políticas que llegó al corazón de la gente. Del último tiempo nombraría a Alfonsín y a Menem, ni siquiera a Néstor. La diferencia con ella es que tiene una tragedia afectiva intensa, marcada por la muerte. Nació a la política grande como una incomprendida y, víctima de esa incomprensión, buena parte de la sociedad se enamoró con culpa. Macri, en cambio, no mueve ninguna fibra y apuesta al cálculo. Cristina siempre genera algo en todos, hasta en quienes no la quieren. Ese amor-odio que genera es suficiente para mantener vínculos políticos. Y sabe usar eso: es una gran actriz, es pasional. La Argentina ha pasado a ser un cúmulo de tribus donde nadie confía en nadie. En ese contexto, es razonable que necesitemos líderes con este nivel de preponderancia. Acá necesitamos más de lo irracional que los alemanes, por ejemplo”.

Política y teatralidad son inseparables. El inolvidable crítico de NOTICIAS, Ernesto Schoo, escribió alguna vez: “En todos los tiempos, los que ejercen el poder lo han escenificado como medio infalible de atracción y ostentación. La teatralidad está en los genes de la especie. El gorila macho, jefe del clan, se golpea el pecho con sus manazas ante sus inferiores admirados y espantados, en celebración de alguna hazaña”.

En la era de la telepolítica, la teatralidad es audiovisual. Y genera una tele-ciudadanía que ejerce su opinión y sus derechos desde una posición de espectadora. En horas de cadenas nacionales, CFK llegó a desarrollar un estilo de diva televisiva como actriz casi única del llamado “relato”. Asumió como propia la dinámica mediática de generar audiencias forzadas a aceptarla o rechazarla como únicas opciones. Tras casi una década y media en el candelero, debería considerarse que al menos una parte del “público” la vea en la pantalla como quien observa las performances de una celebrity.

En septiembre del 2005, más de cien académicos de la psicología social se reunieron en Ayr, Escocia, para intercambiar ideas acerca del culto a las celebridades. Entre otras conclusiones, arribaron a que “estamos aburridos y vivir a través de la vida de una estrella alivia el aburrimiento”. También supusieron que la fama ajena “ayuda a construir identidad propia, sobre todo en públicos más jóvenes”. Pusieron el foco, además, en la fragmentación social: “mientras los valores de la familia y la comunidad fueron destrozados por el individualismo y el show permanente de los medios, las relaciones de fantasía pueden tornarse más accesibles que las reales”.

¿En cuántas casas o lugares de trabajo se habla de Cristina como de algo que se da por hecho conocer, al punto de quererla o detestarla como se quiere o se detesta a un personaje fuerte de ficción?
El martes 20, en Sarandí, CFK fue dura con Macri en términos de política dura y modelo económico, pero se refirió a María Eugenia Vidal sin nombrarla y como si supiera que la gobernadora le compite en términos dramáticos: “Podés tener coaching y carita de buena, pero esta es la realidad”.

A diferencia del actual ocupante de la Casa Rosada, Cristina genera pasiones juveniles. El psicólogo social Alfredo Moffat tiene una nieta en La Cámpora y trata de explicarse su propio desconcierto. “Los jóvenes necesitan un proyecto, un estilo que induzca a la esperanza. El estilo humanizado y visceral de CFK da cierta sensación de futuro para quienes recién entran en su vida adulta y no se sienten representados. De algún modo, se trata de añorar lo viejo desconocido porque lo nuevo conocido no es lo que se imaginó ni lo que se desea. Con sus defectos, con sus problemas, extrañan aquello en lo que se sentían contenidos y representados”, analiza.

Entre muchos de esos jóvenes, pero también en la vereda de enfrente, la “Cristinosis” se expresa en fanatismos desembozados sobre su figura. El estonio Tönu Lehtsaar, experto en psicología de la religión, ha definido al fanatismo como “la defensa extrema de una creencia o una persona con una fe ciega que va más allá de lo racional y hasta de la realidad”.

Claro que el fanatismo supera lo religioso. Pensemos en el estado catártico y ensimismado de quienes palpitan un Boca-River. O en los amontonamientos que definen la “cultura ricotera”. O, ya que estamos, en los resabios históricos de la dicotomía peronismo-antiperonismo, una dimensión donde siempre las tensiones del pasado se tornan presente. Alejandro Cattaruzza es profesor titular de Historia de la Historiografía en la UBA y autor del libro “Los usos del pasado: la historia y la política argentina en discusión”. Dice: “Cristina y el kirchnerismo no ocultan el pasado, más bien proponen una interpretación distinta sobre él que la de sus adversarios. El marcrismo hace otro tanto: ofrece una interpretación distinta que ellos de la experiencia K. En cada lucha del presente, el pasado se transforma en uno de los escenarios. Pasó en el 55, pasó a la salida de la dictadura, pasó luego del 2001. Todos los actores importantes de la lucha política apelan, entre otras herramientas, a interpretaciones del pasado lejano o reciente. Es un fenómeno extendidísimo en Occidente, que arranca antes de la política de masas, diría que con la mismísima Revolución Francesa. Trump lo hace, Putin también, los laboristas ingleses, los del PP español y sus rivales más frescos de Podemos… Que funcione dicha apelación no depende tanto de la veracidad de la interpretación sino, más bien, de otros factores: cuánto influyen los medios, la fuerza política presente de cada contendiente, la situación económica”.

Pasado, presente… Mientras veía por TV cómo miles de militantes llegaban al estadio de Arsenal para ver a su “jefa”, el martes 20, el presidente Macri sintió el hoy momentáneo vacío.

Si hubiese leído a Antonio Gramsci, se habría sentido “entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer”, ese incómodo interregno donde “se verifican los fenómenos morbosos más diversos”. Los mercados reaccionaron con histeria, podría suponerse que a su favor en un brote de “Cristinosis” financiera, pero complicando las cosas: el Morgan Stanley descalificó a la Argentina, las acciones de YPF se hundieron 5,2% en Wall Street y se adivinaba un desbarranco de la Bolsa porteña, que terminó siendo de -4,8%. CFK también resiste una versión espectral.

El morbo le salvó las papas a Don Mauricio. Horas después de las malas nuevas económicas, la detención del capo de La Salada, Jorge Castillo, vino a revivir en el imaginario anti K los golpazos que significaron para Cristina las videos de los Báez en “La Rosadita” y los bolsos de José López volando sobre la tapia del convento de General Rodríguez. En el ultramacrismo hay hambre de ver a la ex presidenta tras las rejas cuanto antes. Macri continuaría prefiriendo que sufra pero que no caiga. Sea como fuere, el “Relato M” se edita en Tribunales y, ahora, en las entretelas de la Bonaerense, con imágenes de corrupción explícita. En tiempos de campaña, “las mafias” son un modo eufemístico de decir peronismo. El delito
Mientras tanto, el país casi entero asistía también al espectáculo de Cristina comiéndose a Florencio Randazzo parte a parte, como un pollo con la mano. Es el síntoma más primitivo de la “Cristinosis”. De tan pasionales, terminamos festejando la antropofagia.

*Jefe de redacción de NOTICIAS.

 

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