Costumbres / 30 de Junio de 2017

Mini “foodies” al poder: los chicos se adueñan de la cocina

El mundo gourmet de los adultos involucra cada vez más a los más chicos. La opinión de los expertos.

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No hay chico al que no le guste meter las manos en la masa. Embadurnarse, mezclar, lamer la espátula cuando queda llena de dulce de leche o crema. Cocinar suele ser una tarea que une a padres e hijos, pero cuando luego se trata de comer algo más serio que una torta, las cosas pueden ponerse difíciles. La clásica duda de “¿cómo hago para que coma verduras?” sigue vigente, y ahora se suma a la de aquellos con inclinaciones como el vegetarianismo o el veganismo, que quisieran que sus hijos compartan sus principios de alimentación. Los hábitos alimentarios cambian con los años y las modas, y lo que comen los chicos también. Pero así como algunos siguen sacándole la lengua al brócoli, hay muchos otros que encuentran en los alimentos una fuente de diversión y placer.

Interesados en platos sofisticados, asistentes fieles a la feria Masticar y hasta alumnos de escuelitas de cocina, los chicos “foodie” están entre nosotros. Y hay todo un mundo literario dedicado a continuar su educación.

Criar niños conscientes

Es el más nuevo de las librerías en este rubro. “Ñam Ñam” (Planeta), el último libro de Narda Lepes, se fue cocinando a la par del crecimiento de su hija Leia. Pero aunque esta nació en el 2011, el título recién vio la luz, porque es ahora cuando la chef puede constatar que sus enseñanzas fueron por el buen camino. “Ahora veo que ella decide bien. Cuando tiene una oferta y elige qué comer, y lo que elige está bueno”, ilustra, agregando que se refiere a que elige con variedad, y a que instintivamente y por gusto genuino se inclina, por ejemplo, a los vegetales. Ese camino de aprendizaje resultó en un libro muy completo, que abarca desde la lactancia y las primeras comidas hasta los cumpleaños y la lonchera del colegio. En el medio, se ofrecen recursos y herramientas para que los chicos puedan inscribirse en una dieta variada y saludable, que sí, muchas veces tiene que ver con recetas originales y sabrosas, pero otras tantas con poder explicar por qué hace bien comer tal o cual alimento. Esas explicaciones y modos de llevar la rutina diaria de la comida son un punto fuerte del libro, que seduce desde el diseño pero sobre todo desde la argumentación. “Lo que te digo es para un niño, pero sirve del mismo modo para toda la familia”, apunta Narda.

Apuntado a todos, este texto es un perfecto manual para criar niños “foodie”. Chicos interesados en la cocina, que adoran salir a comer y probar cosas nuevas, pero también cocinar ellos mismos. “Como yo”, aportará la pequeña Leia durante la charla, y como los muchos que Narda sostiene que se le acercan desde siempre en la calle. “Yo ya sabía que estaban ahí, a mí siempre me vinieron a hablar. Lo que pasa es que ahora se ve, y por eso mismo se contagia y expande”, opina. Pero aunque ellos solos puedan sintonizar los canales de cocina, lo cierto es que la mayoría de estos minifoodies existen gracias a padres que se han vuelto gourmet ellos mismos, y que disfrutan de compartir ese momento de placer culinario con sus hijos.

Flexibilizar las corrientes

Uno de los grandes cambios alimentarios que trajo este siglo fue la aparición de corrientes como el veganismo, la cocina “raw” (cruda) o la sin gluten, que se sumaron al ya instalado vegetarianismo. Y conforme esas generaciones que eligieron esos caminos fueron creciendo y teniendo sus propios hijos, las dudas de cómo alimentar a esos niños se instalaron.

Aunque hay muchas opiniones, ciertos libros abordan el tema con especial buen tino.

Es el caso de “Cómo como” (Sudamericana), de Natalia Kiako, que propone recetas en clave de estas tendencias, pero a la vez explica que todas pueden ser adaptadas a la cocina más tradicional, porque eso mismo aprendió en el crecimiento de su hija Julia. “Las guías disponibles para su nutrición parecieran ser solo dos: la convencional, alópata, que sugiere las mismas vainillas con leche para la merienda desde hace 50 años; y en la otra esquina del ring, dietas veganas a rajatabla que destierran una enorme cantidad de alimentos de la mesa”, describe. Frente a esa disyuntiva, con su marido eligieron tomar un poco de cada lado (aunque mejor si es orgánico). “Elegimos cereales integrales sin prohibir la harina, evitamos los productos empaquetados, usamos huevos de granja y postergamos los lácteos mientras tomara mucha teta”, ilustra Natalia. En ese mismo sentido fue escrito el libro, que incluye recetas de leche de almendras, bollitos de mijo, falafel raw de girasol, alfajores crocantes sin harina y dulce de leche natural.

En esa línea, el que será el próximo título más nuevo del rubro en las librerías es “Cocina sin gluten para chicos” (Grijalbo), de Dolly Walsh. A la venta desde julio, lidia con otro gran demonio de esta época: la celiaquía. Condición muy expandida pero descubierta hace no tanto, el cómo cocinar y dar de comer a niños celíacos aún es un dilema para muchos padres. “La imposibilidad a ingerir gluten no implica que deban renunciar a una dieta variada, sana, divertida y deliciosa, o a incorporar sabores y colores para formar paladares exquisitos”, apunta el libro, que seduce desde la tapa con una fotografía de donuts multicolores, y propone recetas como albondiguitas con timbal de arroz, bastones de pescado, palitos de pollo en milanesa y hasta masitas secas.

¿Decorar o no?

Una vez hecho todo el trabajo de preparar una comida sabrosa y nutritiva, entra en juego la variante de la presentación. Y si bien en todo libro de cocina es una pata vital, en los dedicados a niños se luce con opciones extra creativas y lúdicas. Incluso existen varias cuentas de Instagram dedicadas a mostrar este tipo de producción, como la noruega @idafrosk o la local @itbabyeat.

En casa, sin embargo, la clave es no volverse locos. “Si le ponés demasiada atención al asunto, tampoco se copan. Se dan cuenta de la presión”, sostiene Lepes. Tomar algunas ideas, compartir otras con ellos y hasta hacerlo entre ambos puede ser un buen camino. Porque aunque siempre les digamos que con la comida no se juega, puede ser la ruta a un niño foodie.

 

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