Danza / 1 de julio de 2017

El lago de los cisnes, la magia faltó a la cita

Directora: Paloma Herrera. Últimas funciones: sábado 1 a las 20 y domingo 2 de julio a las 17. Teatro Colón.

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★★★ Consecuente con su crónica postura de levantar obras anunciadas sin dar explicaciones, este año el Teatro Colón reemplazó “La fierecilla domada” de John Cranko por “El lago de los cisnes” del argentino Mario Galizzi.

Revisitar “El lago…” no es cosa fácil. Galizzi presenta la obra en dos partes, intervalo mediante, con respeto a la genial creación de Marius Petipa y Lev Ivanov de 1895, y con los toques que Jack Carter le imprimió a la puesta que estrenó el Colón en 1963. Es un placer reencontrarse con decorados y vestuario pertenecientes a esta última versión, y con los diseños que el inglés recreó para los cisnes. Por lo demás, Galizzi acortó el primer acto y el tercero en aras de una mayor agilidad dramática.

Si bien es una versión diferente de la de Peter Wright, presentada por la compañía en 2013 y 2015, cabe preguntarse si la reiteración del título redunda a favor del elenco y del público, y si el Ballet Estable en la actualidad puede abordar semejante ultraclásico de la historia de la danza.

Más allá de la coreografía, un buen “Lago de los cisnes” requiere, ante todo, una protagonista que resuelva dificultades técnicas y tenga la suficiente solvencia escénica para encarnar a Odette y a Odile, el mal y el bien, sutileza y misterio, fragilidad y perfidia. Luego, pero a la par, es indispensable un disciplinado cuerpo de baile femenino con sólido estilo académico. Y por último, pero no menos importante, la compenetración de todo el elenco tanto en lo actoral como en lo técnico.

Poco y nada de esto se vio en la primera función del Ballet del Colón. Nadia Muzyca, primera bailarina que ha dado veladas mucho mejores, dejó pasar importantes oportunidades para crear la magia del papel. El estremecimiento de Odette ante la llegada del príncipe Sigfrido, miradas, gestos mínimos pero reveladores, el juego de seducción de Odile en el acto III; nada de eso tuvo la actuación de Muzyca, que mejoró sin embargo hacia el último acto. Desde lo técnico, cumplió adecuadamente, pero el rol exige mucho más.
Con las limitaciones impuestas por la versión, Juan Pablo Ledo bailó con corrección el papel de Sigfrido, aunque con alguna vacilación en su única variación. También cumplió debidamente Dalmiro Astesiano como el hechicero Von Rothbart, sin deslumbrar. Pero quien literalmente arrancó sostenidos aplausos fue Emanuel Abruzzo como el bufón, un virtuoso rol al que el bailarín le agregó simpatía. Destacamos la exactitud de los cuatro cisnes del acto II, y el ímpetu del folclórico séquito de Odile del acto III.

Si bien se avizora alguna mejoría en el cuerpo de baile, queda mucho trabajo por hacer para lograr alcanzar un nivel que haga honor a lo que se espera del Ballet del Colón.

Plegada a la medianía general, la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires desgranó sin ganas la magistral partitura de Chaikovski, que incluye dos magníficos solos de violín, escuchados en esta oportunidad con preocupantes vacilaciones.

Música: P. I. Chaikovski. Coreografía: Mario Galizzi. Intérpretes: Nadia Muzyca, Juan Pablo Ledo, Dalmiro Astesiano y Ballet Estable del Teatro Colón. Directora: Paloma Herrera. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Darío Domínguez Xodo. Últimas funciones: sábado 1 a las 20 y domingo 2 de julio a las 17. Teatro Colón.

 

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