Teatro / 6 de Julio de 2017

“Relojero”, admirable clásico nacional

De Armando Discépolo. Con Osmar Núñez y elenco. Dirección: Analía Fedra García. Regio, Av. Córdoba 6056.

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★★★★ Sin duda, es un clásico nacional pero capaz de resonar en la dramaturgia universal, porque el teatro de Armando Discépolo (1887-1971) resiste el paso del tiempo y genera en el espectador inquietudes perennes. Sus obras se caracterizan por un marcado pesimismo, un clima denso que, como en un retrato al vitriolo, muestra en carne viva, seres inmersos en una realidad social asfixiante. Su estilo, definido como grotesco criollo, iluminó argumentos como los de “El organito”, “Mateo” y “Stéfano”, entre otras creaciones indispensables.

¿Y qué es el grotesco criollo? El cruel reflejo de una decepción colectiva, capaz de reírse de sí mismo mientras es sometido al martirio, para erigirse como una tragedia antigua. En el género, comprometido con las circunstancias de su época para denunciar un mundo desquiciado, los personajes son víctimas de un sistema perverso.

Discépolo asistió, con rabiosa amargura, al paulatino crepúsculo del gran sueño argentino de progreso ilimitado y riqueza para todos. Pero por una de esas paradojas que dan a sus tramas una vigencia notable, su pintura del fracaso no redime la culpa que en él tiene su protagonista.

Estrenada en plena crisis económica del ‘30, “Relojero” (1934), el último texto discepoliano, que se ofrece en el Regio, aborda el conflicto generacional de una familia donde cada integrante escoge diferentes posturas éticas ante la crudeza de la vida. La inteligente y firme dirección de Analía Fedra García opta por un montaje visualmente abigarrado e hiperrealista, pero que permite el homogéneo lucimiento interpretativo. Desde la conmovedora y visceral entrega de Osmar Núñez como el protagonista; la magistral composición de Martín Urbaneja, en la piel del primogénito débil y amoroso, ahogado en alcohol; el intenso compromiso de Stella Galazzi, la sufrida esposa y madre; la estatura escénica de Horario Roca, su hermano; hasta el proverbial oficio de Fernando Salles y los promisorios recursos de Laura Grandinetti, encarnando a los otros hijos. Finalmente, resulta evidente y necesario que el Complejo oficial porteño debería programar más seguido otros títulos de este inmenso autor.

 

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