Economía / 2 de agosto de 2017

Políticas de empleo: las cinco Argentinas

El diagnóstico serio para enfrentar el problema de la desocupación exige desagregar el panorama laboral en escenarios específicos.

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El Presidente Macri con su ministro de Trabajo, Jorge Triaca, que tiene uno de los grandes desafíos del Gobierno.

Diseñar políticas públicas para dar respuestas a los desafíos del país en un mundo cada vez más exigente para agregar valor a la producción y generar empleo formal, requiere un exhaustivo conocimiento de la estructura económica y su correlato con el mercado de trabajo.

Las deficiencias de empleo, en particular la informalidad laboral, no se pueden explicar por características individuales de los trabajadores, ni tampoco por aspectos estrictamente institucionales. Esta problemática tiene su origen en la heterogénea estructura productiva propia de los países en desarrollo.

En América Latina existe un amplio segmento de establecimientos productivos, tanto de bienes como de servicios, que conforman el sector informal de la economía: predominan las unidades de menor tamaño y cuyas actividades presentan una baja productividad y escala. Sin embargo, un abordaje basado en dos sectores (uno moderno y otro informal) invisibiliza las diferencias relevantes para el diseño de una política de desarrollo. En un trabajo que realizamos en 2010 se identificó la convivencia de cinco estratos económicos con especificidades propias, tanto en lo que hace a la generación de excedentes como al tipo y condición de inserción ocupacional. Son las cinco Argentinas. Las mismas cinco Argentinas que no lograron ser resueltas en contextos de crecimiento y que se agudizan en entornos más adversos.

La Argentina que está en mejores condiciones presenta un segmento de producción social de bienes y servicios en torno a la frontera internacional. Abarca grandes empresas que operan a niveles elevados de productividad y escala, con proveedores especializados, servicios profesionales y sociales de alta calificación, medianas empresas insertas en las cadenas globales de valor, y una pequeña fracción de unidades de menor tamaño relativo, pero con ciertas actividades de innovación e inversión en I&D.

Un segundo conjunto agrupa a establecimientos con niveles de media y alta calificación. Si bien presenta un elevado grado de formalidad, también arrastra problemas de competitividad: brechas de eficiencia y menor escala que sus competidores internacionales, afectados por los mayores costos internos y la falta de competitividad sistémica del país (logística, energética, tributaria, entre ostros temas). Esto es resultado de factores estructurales (tamaño de mercado, problemas de infraestructura, financiamiento, entre otros) y de estrategias empresariales cautelosas, enmarcadas en el contexto de crisis recurrentes que sufrió nuestro país durante las últimas décadas.

En la tercera Argentina tienen un fuerte predominio las actividades informales: estratos de capital de baja productividad con escasa o nula capacidad de generar excedentes, cuya utilización de mano de obra se asocia a microestablecimientos y no asalariados (cuentapropistas), con ocupaciones de baja calificación y precariedad laboral.

En un cuarto grupo aparece una franja de la población asociada al núcleo duro del desempleo, al cual se suman además aquellas personas inactivas que, dada la situación socioeconómica que enfrentan, esconden en realidad una condición de lo que se denomina “activo desalentado”. Esta franja de la población afronta serias dificultades para reinsertarse de modo funcional al aparato productivo, ya que al haber sufrido una exclusión persistente y los mayores impactos durante las crisis, tiende a verse imposibilitada para adecuarse a los requerimientos del mercado.

Una quinta categoría se asocia a las actividades ilícitas, en la que coexisten desde tramas productivas de carácter ilegal hasta otras más complejas ligadas a la producción y venta de estupefacientes, entre otras modalidades delictivas. Este estrato está totalmente separado del anterior, ya que ambos son gobernados por distintas leyes y dinámicas, lo que invalida toda posibilidad de establecer alguna relación de causalidad entre ambos.

El debate sobre las cinco Argentinas se complejiza en un contexto de menor crecimiento y mayor incertidumbre a nivel mundial. Mientras Argentina no logró crear suficiente empleo de calidad para absorber su población activa, los países más desarrollados que sí lo consiguieron hoy debaten cómo combatir el desempleo tecnológico ante las transformaciones en los procesos productivos y las implicancias que tendría la creciente incorporación de tecnología en la producción.

Hoy, aquí. La generación de empleo de calidad es uno de los mayores desafíos pendientes en materia productiva. Actualmente hay 21,3 millones de personas que conforman la población económicamente activa: aproximadamente 6,5 millones tienen puestos asalariados formales, 2,3 millones empleos independientes registrados y 3,9 millones en el sector público. Estos tres conjuntos, con importantes heterogeneidades en su interior, representan las dos primeras argentinas descriptas antes. La industria es uno de los grandes motores de estos segmentos ya que aporta 1,25 millón de empleos registrados que cuentan con salarios mayores al del promedio de la economía más de 2 puestos de trabajadores en forma indirecta (servicios asociados).

Los tres segmentos restantes explican la existencia de 4,47 millones de asalariados informales en el sector privado, 2,45 trabajadores independientes informales y 1,7 millón de desocupados. Por lo cual, el desafío es tan grande, que consiste en crear empleos calificados para ir reduciendo los casi 9 millones de puestos de trabajo de baja calidad.

Resulta difícil pensar en la posibilidad de expandir sustantivamente la generación de empleos de calidad sin potenciar la capacidad productiva. Como mencionamos, las cinco Argentinas están cruzadas por fuertes diferenciales entre sectores, segmentos de las cadenas de valor e incluso empresas, y ellos se asocian, a su vez, a marcadas diferencias en los ingresos medios. En suma, estructura ocupacional y estructura productiva son, en buena medida, dos caras de una misma moneda y deben ser abordadas en su conjunto.

¿Qué hacer? Esta realidad requiere comprender la profunda heterogeneidad para cortar con estos círculos viciosos que anclan a los sectores más desfavorecidos a los tres últimos estratos. Es necesario coordinar una agenda que complemente una política macroeconómica que fomente la producción y la agregación de valor, con una agenda microeconómica que apunte a resolver los desafíos que presentan cada uno de los rubros. El desafío consiste en mejorar la coordinación entre una diversidad de instituciones, tanto públicas como privadas, en conjunto con todos los actores relevantes de la sociedad civil. Ni el Estado ni el sector privado pueden estar ausentes de estos debates ni en el diseño de políticas que permitan transformar la estructura laboral y productiva. En un mundo con el comercio global relativamente estancado, y con China asumiendo un rol cada vez más relevante a nivel mundial que le genera presiones adicionales a múltiples sectores productivos nacionales porque enfrentan una competencia desleal, la política comercial debe darse de manera inteligente.

La integración al mundo no tiene que convertirse en una carrera de 100 metros para ascender en el ranking y que el país se convierta en el corto plazo en una de las naciones más aperturistas del mundo, sino que es necesario entender que el país compite en un Triatlón: esta carrera incorpora múltiples disciplinas y que el país requiere adoptar distintas estrategias en cada uno de las fases para alcanzar el desarrollo. Insertarse en forma inteligente es integrarse de una mejor manera en las cadenas globales de valor, desarrollando tecnología y generando más y mejor empleo.

En el debate actual acerca de cuáles son las políticas públicas adecuadas para combatir la pobreza, ya sea universales, focalizas o de aquellas con énfasis en el empleo, deben tenerse en cuenta estas cinco categorías. Esto implica estudiar las problemática PyME sectorial y regional, sus vínculos con los trabajadores no asalariados y las posibilidades de incorporación de aquellas personas que se encuentren en el núcleo duro de desempleo. Se trata de articular un programa integral que atienda las especificidades de los sectores y eslabones que integran el proceso productivo. Son cinco Argentinas complejas que requieren políticas de estado ágiles, inteligentes y adaptadas a los desafíos del presente, pero sobre todo futuros.

*Director Ejecutivo – Economista Jefe UIA.
Profesor de Estructura Económica UBA – UCES.

 

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