Las + leídas, Política / 8 de Agosto de 2017

El minuto a minuto de la muerte de Kirchner

Cómo lo encontraron los médicos y qué le decía Cristina mientras iban al hospital. Fragmentos del libro “Salvo que me muera antes” (Sudamericana).

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La ambulancia estacionó frente a la puerta principal. El médico y el enfermero subieron las escaleras al trote y en un dormitorio del primer piso que les pareció amplísimo encontraron al ex presidente Néstor Carlos Kirchner tendido boca arriba en la cama matrimonial, vestido con un pijama azul. Parecía que dormía plácidamente, salvo por tres detalles: la sábana de la parte superior y la colcha habían sido retiradas y yacían descuidadas a un costado; además, Kirchner tenía un raspón en la frente, a la izquierda de su rostro.

El tercer detalle que completaba ese cuadro irregular era que Benito Alen González, uno de los médicos contratados para cuidar la salud de la familia presidencial, le hacía masajes cardíacos ayudado por un monitor portátil del tamaño de una tablet, que registraba la actividad eléctrica del corazón de la persona más poderosa de la Argentina.

Recién despertado, agitado, visiblemente nervioso, Alen González presionaba el pecho de Kirchner hasta que la voz impersonal del monitor le ordenaba: “¡Detenga maniobra!”.

El médico presidencial alzaba sus manos, fijaba la vista en la pantalla, pero nada: se iban las ondas y la línea volvía a estar recta; el corazón de Kirchner no latía por sí mismo, sin la ayuda de los masajes. Y Alen González continuaba con las maniobras de reanimación.

En contraste con el poderío y la riqueza del paciente, el cuidado de su gastado corazón era muy precario: Alen González no era cardiólogo sino especialista en cabeza y cuello, y ni siquiera contaba con un desfibrilador —un aparato portátil para revertir las arritmias cardíacas más comunes—, que en enero de 2017, cuando este capítulo estaba siendo escrito, costaba entre 24 mil y 60 mil pesos. Y era el único integrante de la Unidad Médica Presidencial que esa semana había viajado al sur con los Kirchner, primero a Río Gallegos y luego a El Calafate.

Tampoco era el titular del equipo médico de la Presidencia, formado por dieciséis profesionales; el jefe, Luis Buonomo, un cirujano amigo de Kirchner que tenía rango de secretario de Estado, se había quedado en Buenos Aires porque su esposa estaba enferma. Buonomo no andaba con buen timing en su trabajo: el mes anterior, cuando el ex presidente se había sentido mal en Buenos Aires, él estaba justo en Río Gallegos.

No sólo no habían montado una mínima estructura para cuidar la salud de una persona con gravísimos antecedentes ya que Kirchner había sido intervenido en septiembre, en el segundo episodio cardíaco en apenas siete meses. Tampoco se preocuparon por avisar a los médicos del hospital local que habían llegado ni —obviamente— cuántos días estarían allí y en qué condiciones.

“Creo que eso es lo que más me llamó la atención y lo que aún hoy llama la atención a todo el mundo: en la casa no tenían nada de nada; el monitor era sólo eso, un monitor para registrar si había o no actividad cardíaca. No tenían posibilidad de hacerle una desfibrilación o una cardioversión”, sostiene Cirille.

Cirille recuerda que Alen González le contó que Kirchner despertó con un fuerte dolor en el pecho y con signos de falta de aire; que intentó pararse al borde de la cama, pero se desvaneció y rozó con la frente el borde de la mesita de luz antes de caer pesadamente al suelo.

“En el barullo del momento —agrega Cirille— apenas nos presentamos. Para no interferir en lo que él estaba haciendo ni molestarlo, yo me fijé en las pupilas, que es el indicio más certero de si hay daño cerebral o no. Las pupilas ya estaban dilatadas. Estaban fijas. Es una señal muy determinante. Desde el punto de vista neurológico, aunque el corazón hubiera vuelto a funcionar, ya no había mucha alternativa”.

—Las pupilas; ya las tiene completamente dilatadas —le informó a su colega.
—Vamos a hacerle una adrenalina intracardíaca —ordenó Alen González.

A Cirille le llamó la atención. “Es algo que en muchos protocolos ya no se usa, pero es como dice el dicho: ‘Donde manda capitán…’”.
Corregidor —el enfermero— abrió su maletín y cargó la jeringa con adrenalina para que el médico presidencial la inyectara directamente en el corazón de su ilustre paciente.
Pero, con un gesto, Alen González le indicó a Cirille que se la aplicara él.

Así fue como Cirille alzó la jeringa y la clavó entre las costillas del ex presidente, al nivel del ventrículo izquierdo. Un momento crucial: los tres confiaban en que el monitor les informara que el corazón del hombre fuerte del país volvía a funcionar; “arrancaba”, en la jerga médica.

“Pero no hubo respuesta de ningún tipo, el monitor no registró nada”, cuenta Cirille.
—¡Vamos al hospital! —propuso el médico local.
Alen González estuvo de acuerdo.

La Presidenta se les unió en la puerta de entrada. “No hubo respuesta a ningún estímulo; su corazón nunca arrancó. Kirchner permanecía con los ojos cerrados; teníamos que abrirle los párpados, pero las pupilas nunca reaccionaron”, recuerda Cirille.
Cristina Kirchner hizo todo el viaje sentada en una butaca frente a su esposo; lo agarraba de los pies y le hablaba en un tono de voz no muy fuerte. Le escucharon repetir dos frases durante todo el corto trayecto: “¡Vamos, Néstor! ¡Fuerza!”, lo animaba. “No me dejes, por favor, no me dejes”, le rogaba.

En el hospital. En el schock room del hospital, bajo la batuta de Sabio, el equipo entró en acción. Durante cuarenta y cinco minutos no dejaron maniobra sin intentar. Con un desfibrilador azul aplicaron descargas eléctricas al sufrido corazón de Kirchner, que también fue objeto de miles de agotadores masajes por parte de varios médicos que se iban turnando en el esfuerzo.

Al principio probaron con ventilar al paciente a través de una mascarilla, como en la ambulancia pero conectada al grifo del oxígeno central del hospital. Luego, Sabio ordenó a la doctora Patricia Pérez que lo intubara para asegurarse de que todo el oxígeno le llegara directamente a los pulmones. Fue una orden no verbal, apenas una mirada, como habilitándola.

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