Mundo / 11 de agosto de 2017

La era de la no selfie en Berlín

En los clubes nocturnos de la capital alemana se prohibe tomar fotografías. ¿Marketing o salud mental?

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Existen muchísimas teorías sobre la era digital y nuestra manera de relacionarnos. Fotografías, videos, ilustraciones e historias que muestran como las personas no interactúan entre si pero lo hacen con el exterior. Instagram, Facebook, Twitter, Pinterest y Snapchat son las más utilizadas; selfies tomando registro de donde estamos, con quienes y que estamos haciendo en ese momento son ejemplos de lo invasivo que puede ser un teléfono móvil.

Si algo distingue a Berlín culturalmente es la fiesta, sus distintos clubs y el secretismo que los envuelve. Entrar en una discoteca en la capital alemana no es tarea fácil. Ciertas reglas de estética se volvieron parte de la jerga popular respetada. Los mejores sitios de la ciudad son poco accesibles y son los más deseados, rodeados de misterio y donde nadie sabe las razones por las que esa noche puede ser el elegido para ingresar. Solo sabemos lo básico: hay que ir de negro, hablar alemán, ir en soledad, tener una actitud en la que se muestre que sabes donde te estás metiendo y, claro, nunca sacar una fotografía dentro una vez que se ingresa.

Berlín es la primer ciudad en la que vivo donde noté que ese aparato se deja de lado. El acto de compartir contenido a través de estos medios puede considerarse otra forma de autoexpresión de los sujetos, en la medida en que desean ser asociados por sus contactos con tales contenidos. Sin embargo, en Berlín, lo último que las personas pretenden es que se los asocie con las locuras que pueden llegar a suceder dentro de estos sitios.

La prohibición de sacar fotos es una característica común. La locura no debe ser compartida, ni registrada, ni observada. Quizás ahí dentro seas otra persona y no quieras que se sepa, seguramente hagas cosas que no quieras que se vean, entonces la privacidad individual es sobre todo respetada. Una ciudad que considera que te encuentras en un estado que no querrás mostrar, ni ver, ni que lo vea nadie más.

Pregunté a mis amigos alemanes por esta cuestión porque trabajo con la imagen, tengo mala memoria y quién no querría sacarle una foto a ese mural pintando perfectamente dentro de un club nocturno. Pero no, inmediatamente me dijeron que no podía hacerlo y que si lo hacía me echarían del sitio. “Si tomas una foto y, sin querer, yo aparezco detrás haciendo algo que no quiero mostrar, ¿Qué pasa? ¿Qué pasa con mi imagen?” Otro me dijo que hace cosas porque sabe que “solo quedan en ese espacio, si todo el mundo estuviese con una cámara en la mano quizás no las haría”.

Un hombre vestido de mujer, semidesnudo baila en medio de la pista y me cuenta que durante la semana es médico, pero que los domingos es mujer. Se libera y no sabe lo que es el wi-fi en su vida “porque la gente tiene que hablar face to face, y no estar pendiente de lo que pasa a su al rededor”. ¿Qué me llamó la atención de esta situación? Que nadie lo miraba, a nadie le sorprendía y sobre todo, no era juzgado.

Son clubes nocturnos, centros sociales, encuentros de cultura y arte donde está terminantemente prohibido utilizar el teléfono móvil como cámara fotográfica. Lugares donde te colocan una pegatina delante y otra detrás de tu cámara al momento de entrar, sectores donde no hay espejos, áreas donde la imagen no importa. ¿Por qué no hay espejos? “Porque tampoco querés verte en ese estado” me dijeron. Asusta.

Este tipo de ideal cultural existe en Berlín desde que existe el smartphone. Desde allí se promulgó la idea de ponderar los espacios y sobre todo a la persona. Esta cultura supone que cualquier sujeto de fiesta no está preocupado por mostrarle al mundo donde está realmente. El sector elegido debe convertirse en un espacio increíble que sólo puedas describir con tus palabras sin tener la opción de googlear sobre él antes de asistir. Se convierte también en una estrategia espectacular de marketing ya que no hay información en Internet: no hay imágenes, ni videos, ni selfies de turistas emocionados por haber logrado estar ahí. Lo único que hay es un boca a boca que genera la expectativa de querer participar como sea, de querer verlo con tus propios ojos. Ni siquiera lo que te cuenten tus amigos se asemeja a lo que personalmente vivirás ahí dentro.

La interacción entre las personas sin el obstáculo de los aparatos electrónicos se ha convertido en un mito de la modernidad actual. Bares de café donde especifican que no existe el wifi para que la gente hable entre si, miradas que crucifican al ver como millones de turistas llevan consigo un palo selfie o una cámara de fotos dentro de un museo. Esta generación dentro de Berlín intenta todo lo contrario: registrar a la vieja escuela, con la memoria. Después de todo, siempre habrá en la web una imagen mejor que la que podamos tomar de ciertos espacios. Siempre existirán videos con mejor calidad de sonido que el que puedas grabar de un concierto.

Comenzamos a creer que no nos tomamos fotografías a nosotros mismos para que los demás nos vean o para que sepan quiénes somos, sino para crear, a través de la recurrencia, la imagen de nosotros mismos. Entonces después de algunos años de abundancia ya no queremos seguir inventando una vida espectacular, sino ser reales y estar despiertos.

(*) Especial desde Berlín.

 

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