Opinión, Política / 13 de agosto de 2017

Macri y el humor social: Esquivos espíritus animales

El presidente confía en que los brotes verdes llegarán justo a tiempo para ganar en octubre.

Por

Mauricio Macri por Pablo Temes.

Como subrayaba en su libro más célebre John Maynard Keynes, “gran parte de nuestras actividades positivas dependen más del optimismo espontáneo que de una expectativa matemática”, o sea, que la marcha de una economía determinada dependerá en buena medida de lo que llamó los “espíritus animales” de empresarios, inversionistas y consumidores. Pocos discreparían con la opinión del gurú económico más influyente de los últimos cien años. Entre los convencidos de que lo que más cuenta es el humor social están conservadores, socialistas y, desde luego, populistas, de ahí la decisión de Néstor Kirchner de apoderarse del INDEC para que lo ayudara a propagar el relato optimista que su viuda radicalizaría.

Pues bien: para un gobierno sin mayoría parlamentaria en un país en que duran largos meses las temporadas electorales, prologadas aquí por la megaencuesta obligatoria de las PASO –que de primarias tienen muy poco–, mantener la confianza necesaria para que la economía ande bien sin echar mano a datos falsos no es fácil en absoluto, ya que con escasísimas excepciones los políticos opositores, tanto los moderados como los más implacables, se sentirán constreñidos a tratar de hacer pensar que su gestión ha resultado ser un fracaso rotundo. No es una cuestión de irresponsabilidad congénita; creen no tener más alternativa que la de exagerar lo negativo con la esperanza de arañar algunos votos más a costillas del oficialismo.

En vísperas de las PASO, Mauricio Macri, Nicolás Dujovne, Marcos Peña y los demás miembros del gobierno recibieron del INDEC una serie de noticias muy promisorias que les aseguraron que, luego de años de estancamiento, están creciendo con vigor imprevisto la construcción y varios sectores industriales importantes. Puede que la información que los reanimó haya llegado demasiado tarde como para incidir mucho en la encuesta del domingo, pero es de suponer que, siempre y cuando la recuperación que acaba de detectar el INDEC se consolide y la inflación se dé un respiro, en la segunda mitad de octubre el clima social sería menos deprimente de lo que es en la actualidad.

Al resistirse durante más de un año la economía a salir del coma en que cayó bien antes de la llegada al poder de Macri, sus partidarios procuraron hacer girar los debates políticos en torno a la corrupción pero, desgraciadamente para ellos, el tema no figura entre las prioridades de los más pobres que, en el conurbano bonaerense, están en condiciones de determinar los resultados electorales y por lo tanto el rumbo de la economía del país. Desde su punto de vista, lo de Carlos Menem, Julio De Vido, Amado Boudou y otros prohombres que están cumpliendo papeles estelares en los noticieros, es sólo anecdótico; dan por descontado que en el fondo todos los políticos son iguales, de suerte que no se les ocurre discriminar entre ellos.

Sin embargo, de difundirse la sensación de que, por fin, la economía va viento en popa, creando nuevas fuentes de trabajo y estimulando el consumo de bienes prescindibles en los distritos más carenciados del país, en los dos meses próximos los oficialistas podrían basar su mensaje proselitista no sólo en las fechorías perpetradas por los pesos pesados de ciertas facciones opositoras sino también en su propia capacidad para manejar la economía con eficiencia y sensibilidad, lo que plantearía un problema difícil a aquellos adversarios que, hasta ahora, se han concentrado en atacar al gobierno macrista en lo que saben es su flanco más débil, el de la gestión económica.

Aunque todavía hay políticos y, es innecesario decirlo, intelectuales progresistas que juran creer que, andando el tiempo, la mayoría se beneficiaría si la Argentina rompiera por completo con el capitalismo liberal para probar suerte con un esquema afín a los que, como los venezolanos se han encargado de recordarnos, han fracasado desastrosamente en todas partes, los opositores menos frontales reconocen que, dadas las circunstancias, a esta altura no serviría para mucho que el país intentara algo espectacularmente nuevo. Tratan a los macristas como tecnócratas neoliberales despiadados, eso sí, pero no les piden el cambio “de 180 grados” tradicional. Tampoco los critican por su presunta adhesión a teorías a su juicio perimidas. Antes bien, les imputan “ineptitud” o “impericia”, a sabiendas de que tales acusaciones los herirán mucho más que las claramente ideológicas por suponerse que el ingeniero Macri, además de todos aquellos CEO que lo acompañan, deberían destacarse por su insólita capacidad administrativa.

Parecería, pues, que aquí el grueso de la clase política, siguiendo los pasos de sus equivalentes en el resto del mundo, se ha reconciliado, aunque fuera a regañadientes, con el capitalismo moderno. Así y todo, la mayor parte sigue siendo reacia a pensar en lo que sería necesario hacer para que la variante local funcionara mejor. Acaso por entender que en los distritos que manejan ellos o sus compañeros la eficiencia siempre ha sido lo de menos, no les gusta para nada la idea de que en adelante se juzgue el desempeño no sólo del gobierno nacional sino también aquel de todos los demás, hasta los municipales, conforme a los criterios propios de una época post-ideológica que están empleando con miras a desprestigiar a los macristas.

A muchos les habrá caído muy mal el que, en un alarde de realismo, la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal haya reclamado un “violento ajuste”, de al menos un treinta por ciento, en los cargos políticos. Puede entenderse la indignación que sienten; para muchos dirigentes, la posibilidad de repartir cargos bien remunerados entre familiares, amigos y militantes es lo que da sentido a la búsqueda de poder.

Con todo, convendría que los preocupados por el futuro del país tomaran en cuenta el costo absurdamente sobredimensionado de la política o, como dirían los conformes con el statu quo, de la democracia. Casi un par de décadas atrás, se informó que la legislatura del Estado de Baviera, el más rico de Alemania, gastaba un treinta por ciento menos que la de Formosa a pesar de contar con un producto bruto que era 154 veces mayor, mientras que en Cataluña, la región más opulenta de España, el poder legislativo costaba llamativamente menos que el chaqueño. Aun cuando algunas cosas hayan cambiado desde entonces, sorprendería que una investigación nueva no arrojara resultados igualmente grotescos. Para una gran cantidad de personas, la pujante industria política sigue siendo una fuente generosa de ingresos, lo que, huelga decirlo, distorsiona virtualmente todo porque quienes ocupan cargos propenden a subordinar el bien común a sus propios intereses materiales o sociales.

El consenso implícito acerca del “modelo” económico, que puede atribuirse no a sus méritos intrínsecos sino a la inutilidad evidente de las hipotéticas alternativas, aún no ha sido asumido por todos los políticos. Puesto que ya se han ido los días en que los candidatos se identificaban con programas radicalmente diferentes; hoy en día privilegian sus presuntas cualidades personales, lo que ha llevado a la proliferación de asesores de imagen que les dicen cómo congraciarse con el electorado sin perder el tiempo hablando en detalle de asuntos aburridos o –como suele ser el caso cuando se trata de la economía– antipáticos.

Mal que les pese a muchos, en los tiempos que corren las rimbombantes declaraciones demagógicas ocasionan más extrañeza que entusiasmo. Por primera vez en muchos años, parecería que casi todos los involucrados en la campaña entienden que no hay propuestas concretas claramente diferenciadas en conflicto sino personalidades, algunas más bondadosas, más entrañables que otras, cuando no más sinceras u honestas, de ahí la aparición para algunos sorprendente de una Cristina herbívora.

Macri y sus estrategas entienden que, además de hacerles la vida terriblemente difícil, una eventual derrota en las elecciones de octubre tendría un impacto nada feliz en la reputación internacional del país. Para muchos escépticos en el exterior, confirmaría que a la Argentina no le será dado liberarse del populismo que tanto la ha depauperado y que por lo tanto les convendría poner su dinero en un lugar más confiable. ¿Exageran los macristas? Un poco, tal vez, ya que hay motivos para suponer que los cambios que está experimentando el país no son tan superficiales como algunos quisieran creer.

Con todo, aunque hay señales de que en los años últimos el centro de gravedad de la política nacional se ha deslizado hacia un lugar cercano al ocupado actualmente por Cambiemos, la inquietud que sienten los simpatizantes con el oficialismo puede entenderse. Al entrar el mundo en una fase que amenaza con ser muy pero muy problemático, ningún país que aspira a prosperar puede darse el lujo de aferrarse ciegamente al facilismo cortoplacista que ha caracterizado la política nacional desde inicios del siglo pasado. Por cierto, sería difícil negar que si la Argentina sufriera una nueva recaída en el populismo de resultas de la frustración que sienten millones que viven al margen de la economía formal, recuperar el terreno así perdido le supondría una tarea muchísimo más ardua que la emprendida por Macri y los integrantes de su equipo.

 

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