Televisión / 19 de agosto de 2017

PH. Podemos hablar: sábado cool

Andy Kusnetzoff pilotea un gran programa que mezcla invitados de ambos lados de la grieta y pregunta de todo.

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La señora se enojó porque “la copian” pero no es para tanto, Mirtha. La tele no es precisamente rigurosa en derechos de autor y en medio siglo de comer con invitados no hay creatividad que aguante. Es entendible (competencia directa de dos programas de la misma productora, Endemol) pero empatemos que hay auspicios para todos: “PH. Podemos hablar” es nieto de las #Mesazas, hijo de “Sábado Bus”, de Nico Repetto, y primo hermano de “#DeboDecir”, de Luis Novaresio. Pero ¿a quién le importan los parientes? Sobre todo si no se parece a ninguno, como es el caso de Andy Kusnetzoff, conductor con ADN cuatrocabezas, apego a las siglas y cosecha propia.

No importa serlo pero sí parecerlo. Y “PH” luce flamante gracias a la escenografía de Alberto Negrín, clara, minimalista, neta, como un tablero donde las piezas se mueven. No hay pantallas ni chirimbolos ensuciando el aire. Conductor y los seis invitados visten de negro (casi todos) o de algún color contrastante. Los vemos juntos, interactuando entre sí, como ratones de laboratorio adentro de una caja. Hasta que Andy, ya un cuarentón asentado, propone el juego de las coincidencias.

Alcoyana, alcoyana, en “PH” se hacen diez preguntas muy variadas (¿sufrió bullying? ¿tuvo sexo esta semana?) y los que responden afirmativo deben acercarse a un círculo central donde amplían información. La curiosidad de esta “prenda” no es el premio sino que personajes que nunca irían al mismo cumpleaños puedan coincidir en las encrucijadas de la vida. Por ejemplo, María Eugenia Vidal y Andrea Rincón, o Margarita Stolbizer y Guillermo Moreno. Gran mérito de la producción al reunir fauna diversa y especialmente, de ideologías opuestas. Porque grietatis grietandis todos podemos hablar, ¿no?

Por supuesto, pasemos a la mesa. Cada uno agarra su copa y cubiertos como en una casa amiga. La comida proviene de un canje con un restaurante o delivery emergente, un detalle divino. Mientras, Andy habla a solas (en el baño, por ejemplo) con un solo comensal, como si necesitara una lupa aparte. Reunidos todos, el conductor tira temas fuera de agenda, tono picante soft y, no puede evitarlo, de actualidad. Y es ahí en que la premisa inicial cae porque el político hablará de su campaña y el actor venderá su obra de teatro. Si la idea era correrse de los lugares comunes, no se estaría cumpliendo cada vez que la pregunta apunta al terreno rastrillado. Cuando, en cambio, se sale de esos cuadrados, el aire se torna fresco.

El final, copa de vino en mano, es un regreso al comienzo pero esta vez el hielo ya está roto. Esa despedida sobreactúa lo bien que la pasamos juntos y da un poquín hipócrita. Pero ¿quién dijo que se trataba de verdad? Es televisión y “PH” es un gran programa porque entretiene ver cómo las peras y las manzanas comparten un rato de buena onda, coucheados por un conductor apenitas sádico.

 

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