Mundo, Opinión / 26 de agosto de 2017

Terrorismo islámico: los soldados del odio

ISIS pierde terreno en Oriente, pero se hace sentir en Occidente. Y se vale de jóvenes para su guerra sucia contra la sociedad abierta.

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“El terrorismo es un deber; el asesinato una regla y todo joven musulmán debe convertirse en terrorista”, decía y escribía Mustafá Setmarian Nassar, uno de los ideólogos del jihadismo global.

El autor de “Llamada a la Resistencia Islámica Global” y de manuales sobre adiestramiento terrorista, fue un impulsor de la reconquista del “Al Andalús”, aquel vasto territorio ibérico que un ejército de árabes y bereberes arrebataron a los visigodos para incorporar al Califato Omeya en el año 711.

Masacrando comensales en un restaurante madrileño, Setmarian inició en 1985 la “guerra santa” para reconstruir el estado islámico que tuvo su corazón en Qurtuba (Córdoba). El sirio que se nacionalizó español y fue adiestrador y adoctrinador de Al Qaeda, instaló la idea de que Dios quiere que los musulmanes asesinen infieles, apóstatas y herejes. Es Alá quien lo ordena y el buen musulmán debe cumplir esa orden. Aunque sea de manera cobarde, abyecta y cruel, el designio debe ser ejecutado.

Ejército

Entre quienes atraviesan la edad de las crisis de identidad y la necesidad de convicciones absolutas, esta prédica siempre conseguirá adeptos. Con pescar un puñado en una multitud, alcanza para ensangrentar ciudades europeas. España, como Francia y Bélgica, está plagada de imanes que desde sus púlpitos predican doctrinas salafistas y, en contacto directo con adolescentes y jóvenes, adoctrinan sobre la “santidad” de masacrar civiles inermes, incluidos niños y ancianos, recurriendo a las maneras más cobardes y crueles de actuar.

La pregunta que se hace Europa, mientras recoge cadáveres en plazas, bares, estadios, paseos y teatros, es cómo levantar la guardia ante la santificación de la cobardía y la abyección como método de lucha. ¿Qué hacer frente a una fuerza que reivindica una guerra sin ningún límite moral y sin ninguna consideración humana? Una guerra en la que el coraje y la nobleza no importan, porque el combustible es el odio y el desvarío lunático del fanatismo religioso.

¿Cómo se enfrenta a gente convencida de que Dios bendice a los que, de manera repugnante, causan dolor y devastación a otros?
Los imanes salafistas mantienen vigente al inmisericorde dios del Antiguo Testamento. Aquel que ordenó a Abraham sacrificar a su hijo Isaac en el monte Moriáh. Los imanes y los ideólogos jihadistas logran que muchos jóvenes actúen con la terrible obediencia con que Abraham se encaminó hacia el lugar indicado por Jehová, para asesinar a su único y amado hijo. Los judíos de la antigüedad y los cristianos medievales cometieron brutalidades impiadosas en nombre de aquel dios que atormentaba a su creatura.

Los cruzados, la inquisición y las guerras entre católicos y protestantes, muestran al dios cruel gravitando en la cristiandad. También Mahoma, que acusaba a judíos y cristianos de alejarse de la fe de Abraham, reclamó a sus discípulos la aceptación incondicional y total de los designios de la deidad de los semitas. Islam significa, precisamente, sumisión. Pero el avance de la razón sobre la creencia fue alejando a los pueblos monoteístas de aquel dios inmisericorde, sólo preservado en las vertientes coránicas más retrógradas.

Ideólogos

El egipcio Sayyid Qutb, el saudita Osama bin Laden y el sirio-español Setmarian Nassar, hicieron de esas corrientes teológicas la ideología que impulsa la guerra global contra los infieles, contra la secularidad y contra las ramas del Islam que consideran heréticas.

No golpean sólo en Europa. Bamaco y Uagadugú, las capitales de Mali y Burkina Faso, son dos de las tantas ciudades africanas golpeadas por el jihadismo, igual que las urbes paquistaníes, iraníes y de otros países centroasiáticos y de Oriente. Pero en Europa, lo que quiere demoler el jihadismo son sus rasgos más valiosos: la sociedad abierta y el multiculturalismo.

Cada golpe ejecutado con la saña demencial que caracteriza al fanatismo, va sembrando la duda sobre la apertura y la diversidad que la democracia liberal gestó en Europa.

Las izquierdas antiliberales y las ultraderechas naufragan de distinto modo frente al desafío que plantea el jihadismo global. Las izquierdas llevan medio siglo mostrando cobardía ante el fascismo religioso. Hicieron del multiculturalismo una justificación a su falta de coraje para defender el laicismo y la sociedad abierta.

A esta altura, es evidente que los islamistas se valen del multiculturalismo, la sociedad abierta y el Estado de derecho, precisamente para destruir esos tres rasgos esencias de la democracia liberal.

Las ultraderechas también desprecian el multiculturalismo y proponen homogeneizar a Europa racial y culturalmente. La Europa blanca y cristiana que propugnan es contraria a la esencia liberal que la distingue como baluarte de la cultura occidental. Porque el multiculturalismo, la sociedad abierta y el Estado de derecho son la mejor consecuencia de la cultura occidental.

De tal modo, por genuflexión ante las culturas autoritarias, hay izquierdas que tienden a dejarse avasallar por el fascismo islamista; mientras que las ultraderechas son funcionales al ultraislamismo, porque también son enemigas del multiculturalismo y de la cultura liberal.

Esos dos flancos que ofrece Europa, alientan al jihadismo en su guerra contra la secularidad abierta y diversa que produce la cultura liberal. ¿Cuántas masacres más puede soportar la sociedad moldeada por Locke, Voltaire, Spinoza y Montesquieu, sin alejarse de su espíritu liberal?

El jihadismo intenta ahogar en sangre los valores defendidos por Isaiah Berlin y Karl Popper. ¿Cuánto más pueden resistir sin que la izquierda antiliberal los entregue al fascismo islamista y sin que la ultraderecha, mediante deportaciones en masa, los reemplace por la medieval hegemonía blanca y cristiana?

La salvación del multiculturalismo depende de tres grandes desafíos: aislar a los emiratos del Golfo que financian con petrodólares la lucha por imponer lo que Oriana Fallaci llamaba “Eurabia”; impedir que haya imanes predicando odio a la cultura occidental y convirtiendo las mezquitas en centros de adoctrinamiento y de reclutamiento de jóvenes. Y finalmente, que las comunidades musulmanas libren en su interior la batalla cultural que las limpie de la contaminación ultrislamista.

Si se atreve a exorcizarse la lacra oscurantista que la expone a la sospecha y la marginación, podrá asimilarse con el mismo éxito con que lo hicieron las corrientes migratorias musulmanas que llegaron a Occidente antes de la segunda mitad del siglo XX.

 

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