Mundo / 30 de agosto de 2017

Tras el conflicto con Corea, Trump mira al Sudeste

El presidente estadounidense concentra su atención en Sudamérica: renegociación del Nafta y Venezuela.

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Un Estados Unidos que no se preocupa del mundo sino sólo de sí mismo no será un Estados Unidos grande”, declaró esta semana Angela Merkel tras la decisión del presidente estadounidense de dar marcha atrás con la retirada de sus tropas de Afganistán: Donald Trump anunció el lunes pasado una nueva estrategia para la región, que implica reforzar la lucha contra el terrorismo con un mayor compromiso de recursos.

La medida contradice la posición de Trump de dejar la OTAN, y el problema en manos de los europeos. Y como en otros frentes, muestra una clara reapertura de la política internacional estadounidense, influída claramente por el propio partido Republicano, y personificada muchas veces en Mike Pence, el vicepresidente que se proyecta como la voz de la cordura.

América

Tras llevar durante meses las negociaciones con aliados en el Sudeste Asiático (el vice se movió de acá para allá entre Corea del Sur, Japón y China), Pence desembarcó la semana pasada en el “sudeste” americano. Con el conflicto venezolano como prioridad en la agenda, y varios acuerdos comerciales por firmar, su gira arrancó en Colombia con Juan Manuel Santos, el vecino más opositor del “dictador Maduro”, como calificó Pence al presidente venezolano.

Precedido por las declaraciones de Trump, que había advertido un día antes que no descartaba una invasión a Venezuela, Pence se aprestó a bajar el tono cuando el colombiano le pidió “descartar una posible intervención militar”: “América es un continente de paz, mantengámoslo así”, dijo Santos fiel a su título de Premio Nobel.

La gira siguió por Argentina, donde Pence se cruzó con su par Gabriela Michetti en Casa Rosada, y con el presidente Mauricio Macri en Olivos. Algunas sitios web dieron cuenta tras la reunión de un supuesto “apriete” del estadounidense para que Argentina apoye la opción militar para derrocar a Nicolás Maduro. Pero la opción fue descartada públicamente por ambos presidentes tras la reunión, y a NOTICIAS por fuentes de la cancilería argentina y la Embajada de EE.UU: “No se habló de intervención militar, pero Pence si le marcó a Macri que la condena de la OEA y el Mercosur -donde Venezuela ya sufre la suspensión política- debe ser más enérgica”.

Sin embargo, el tema volvió a sonar en la siguiente escala de Pence en Chile. Michelle Bachelet dijo al término de la reunión: “Quiero ser muy clara, Chile hará todo lo posible por apoyar a los venezolanos a encontrar el camino pacífico para restablecer su democracia, pero Chile no apoyará ni golpes de Estado ni intervenciones militares”. Pence acusó el golpe: “El presidente Trump me envió con un mensaje que debe quedar claro en toda América Latina. Los Estados Unidos no se van a quedar con los brazos cruzados cuando Venezuela se está destruyendo.

El presidente Trump tiene muchas opciones a disposición, pero creemos que al incrementar la presión diplomática y económica sobre Maduro, no sólo en el continente sino en todo el mundo, vamos a lograr por medios pacíficos que regrese la democracia”, aseguró el vicepresidente estadounidense antes de partir a Panamá, donde cerró la gira latina en parte: el miércoles pasado, en Doral, una ciudad del condado de Miami donde en los últimos tiempos se ha ido concentrando la comunidad venezolana que escapa del hambre, Pence se reunió con líderes locales y funcionarios para transmitirles el apoyo de la Casa Blanca.

Acompañado por el gobernador de Florida, Rick Scott, Pence adelantó sanciones: la posibilidad de un embargo petrolero a Venezuela.

Sanciones

A la hora de mostrar fuerza, Estados Unidos tiene claro los pasos. La militar es el último recurso, y fallada la diplomacia la economía es el primero. En su discurso los conceptos de apoyo y abundancia estuvieron entrelazados: “Estados Unidos tiene muchas opciones para Venezuela”, pero “necesita apoyo”, decía. Y después prometía inversiones: “Visualizó un futuro brillante en América Latina”, sostuvo. “Estados Unidos quiere invertir más en América Latina”, agregó. “El presidente Donald Trump está tomando acciones para que continúe esa prosperidad”, marcó.

Pero el mantra de Trump de “Hacer a América grande de nuevo” es a través de la revisión y disolución de tratados que crean barreras comerciales. Y si no están los apoyos que reclaman, los acuerdos serán menos benévolos. Así, el largo acuerdo para que Argentina exporte sus limones a Estados Unidos, uno de los temas tratados en la reunión de Trump y Macri en Estados Unidos en abril, se resolvió en la visita de Pence con una condición: que nuestro país compre cerdo norteamericano.

El ministro de Agroindustria argentino, Ricardo Buryaile, y el secretario de Comercio, Miguel Braun, confirmaron que el acuerdo formó “parte de una negociación general”. Y los productores locales hicieron sentir su queja: “Pedimos condiciones comerciales similares y resguardo sanitario. Estados Unidos tarda dos años en abrir un mercado para Argentina, y acá antes de fin de año va a llegar el primer embarque de cerdo” declaró el presidente de la Asociación Argentina de Productores Porcinos, Juan Uccelli.

“El anuncio de hoy es una gran ganancia para los productores estadounidenses de cerdo y prueba que el presidente Trump está logrando resultados reales para los granjeros y ganaderos de Estados Unidos”, indicó Pence en un comunicado. Y unos días más tarde, Washington le pasaría otra factura al gobierno argentino, con un aumento del arancel al biocombustible de entre 50,29 y 64,17 por ciento.

“Estados Unidos valora sus relaciones con Argentina, pero incluso las naciones amigas deben cumplir las reglas”, dijo el secretario de Comercio estadounidense, Wilbur Ross. Hasta ahora el combustible argentino representaba el 25 por ciento del total de las ventas del país al mercado estadounidense, unos 1.200 millones de dólares.

Muros

Trump muestra pragmatismo cada vez que deja ajustar sus -delirantes- planes. Pero no desiste por completo en sus ideas. El caso México, y el famoso muro, son un ejemplo concreto y reciente.

Esta semana el presidente visitó por primera vez la frontera con su vecino del sur. Estuvo en Yuma, ciudad de Arizona que antes era una entrada diaria de inmigrantes sin papeles, y cuyos índices han caído significativamente en los últimos tiempos: un 82 por ciento, según funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional, comandado hasta hace pocas semanas por John Kelly, ahora jefe de gabinete de Trump.

Yuma es vista por la administración Trump como una de las experiencias de éxito en la lucha contra la inmigración ilegal. De ser una de las zonas más porosas de la frontera, ahora es una de las más aseguradas. Allí Trump prometió que pronto se empezará a edificar uno de los tramos del muro, que el Congreso estadounidense aprobó a finales de julio: será parte del presupuesto para el año fiscal 2018, con una partida de 1.600 millones de dólares.

En Yuma Trump marcó también que Estados Unidos emitiría al día siguiente la primera alerta de viaje a México, un golpe al turismo mexicano. “Los estados mexicanos con advertencia estadounidense por la actividad de organizaciones criminales son Baja California, Baja California Sur, Chiapas, Colima, Guerrero, Quintana Roo y Veracruz”, marcó el Departamento de Estado. Y la lista comprende conocidos lugares turísticos: Cancún, Cozumel, Playa del Carmen, la Riviera Maya y Tolum. “Yo esperaría que no impacte, pero claro que existe el riesgo”, dijo el ministro de Turismo de México, Enrique de la Madrid a la cadena Televisa.

“Personalmente, no creo que podamos llegar a un acuerdo con México porque han estado aprovechándose de nosotros demasiado tiempo”, manifestó en su visita a Phoenix un día más tarde.
“Creo que probablemente acabaremos poniendo fin a Nafta en algún momento”, dijo.

“Le está hablando a su base política”, retrucó el ministro de Exteriores mexicano Luis Videgaray, restando importancia a las palabras del magnate.

Trump estuvo a punto de poner fin al Nafta en abril. Sendas llamadas de Peña Nieto y del primer ministro canadiense, Justin Trudeay, lo convencieron entonces de no hacerlo. Analistas coinciden en que desativarlo llevaría como en el caso del Brexit, uno o dos años, y que tras la amenaza, lo que vendrá si, es la renegociación de la balanza comercial.

 

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