Teatro / 1 de septiembre de 2017

El avaro, soplo de aire fresco para Molière

Con Antonio Grimau, Nelson Rueda, Silvina Bosco y elenco. Versión y dirección: Corina Fiorillo. Regio, Av. Córdoba 6056.

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**** “No sé si no es mejor trabajar en rectificar y suavizar las pasiones humanas que pretender eliminarlas.”, afirmó Jean-Baptiste Poquelín (1622-1673), conocido en la historia teatral del mundo como Molière.

Su principal objetivo fue hacer reír y reflexionar al señalar, de manera cuasi caricaturesca, los defectos de la pedantería y las ambiciones desmedidas e injustificadas de la burguesía. Al ridiculizarla con maestría e ironía exquisitas, transformó comedias de costumbre en clásicos que superan el tiempo y la distancia en que fueron escritas. Los personajes extraídos de la realidad son universales y siempre poseen algún rasgo exagerado que es la raíz de la comicidad.

Para “El avaro”, se inspiró en “Aulularia” o “La comedia de la olla”, una pieza de Plauto, escrita siglos antes de su existencia, en la que Euclión, un viejo avaro vive con el constante terror de que le roben. Al ser la trama de la creación del dramaturgo francés tan conocida, nos limitaremos a recordar que su protagonista, el tacaño Harpagón (Antonio Grimau), tiene una necesidad enfermiza de acumular riqueza y desdeña la felicidad de sus hijos, Cleanto (Nelson Rueda) y Elisa (Iride Mockert).

Dentro del numeroso elenco de notable calidad, sería injusto no destacar tres actuaciones impecables: Grimau, por una creación antológica en la que desfigura la voz y encorva su cuerpo para transformarse en una especie de gárgola extremadamente humana que sitúa el dinero como el fin último de su vida; Rueda, en su sostenido crecimiento expresivo y artístico, como el enamorado batallador capaz de llegar a enfrentar al padre por conseguir el amor de la muchacha que desea; y Bosco, una auténtica comediante y actriz todoterreno que encandila con la desmesura verbal de una Frosina para el recuerdo.

Son impecables e imaginativos el vestuario y el dispositivo escenográfico de Gonzalo Córdoba Estévez. La prodigiosa iluminación de Ricardo Sica crea un clima sugerente y Rony Keselman acompaña muy bien el ritmo de la representación con su contagiosa música original. Todos, bajo la batuta de la directora Corina Fiorillo, traen un soplo de aire fresco a este Moliére imperdible.

 

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