Teatro / 14 de septiembre de 2017

“El pequeño poni”, las ausencias emocionales

De P. Bezerra. Con Alejandro Awada y Melina Petriella. Dirección: N. Valente. Picadero, Pje. Discépolo 1857.

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★★★★ “Si la gente cree, la magia existe”, sostiene Jaime, el sencillo taxista que debe enfrentar, con los insuperables recursos del cariño y la comprensión, la discriminación que sufre su hijo Miguel. Ese ser sensible, cuya única herejía fue llevar, a la escuela a la que asiste, una mochila estampada con las imágenes de los dibujos animados de “Mi pequeño poni”, recibe agresiones sistemáticas, tanto físicas como verbales. En medio de ellos, Irene, la madre, está atemorizada y sólo atina a impedir que el chico continúe trasladando el elemento perturbador para evitar cualquier futuro embate. El padre defiende la libre elección y se desatan entonces una serie de discrepancias que enfrentan a ambos progenitores, no sólo entre sí, sino también contra las autoridades del establecimiento educativo.

La pieza, escrita por el español Paco Bezerra, es mucho más que una radiografía de un caso de bullying. Resulta una reflexión acerca del miedo y la libertad, inspirada en un caso real ocurrido en Estados Unidos, durante 2014. Su interesante planteo representa una gran metáfora de las elecciones que enfrentamos durante la infancia y que, en el fondo, ponen atención sobre nuestra futura identidad al revelar atisbos de la compleja vida como adulto. De alguna manera, ese pequeño de diez años, personifica el arquetipo de los niños que crea esta sociedad en la que las ausencias emocionales son cada vez más notorias.

El joven director Nelson Valente se muestra seguro en el manejo de este campo de batalla, un verdadero duelo dialéctico, en el que brillan dos actores que se sacan chispas sobre el escenario minimalista, casi despojado, muy bien iluminado por Marcelo Cuervo. Alejandro Awada, como cabeza de familia, recorre con sutileza un camino que lo lleva desde la desesperación inicial, al borde del desasosiego, hasta un final inspirador en el que la esperanza se insinúa. Melina Petriella demuestra sus quilates de actriz dramática y conmueve con su labor admirable, meticulosa y plena de matices en una obra en la que no hay buenos ni malos, sólo seres humanos.

 

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