Cultura / 8 de octubre de 2017

La insospechada vida íntima de Juan Manuel de Rosas

La vida íntima del Restaurador fue escenario de otra lucha por el poder: la de sus relaciones afectivas. Roles y competencias.

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Juan Manuel de Rosas fue quien fue gracias a dos mujeres: su madre y su esposa. Asegurar esta idea puede parecer fruto de un voluntarismo frenético pero insisto con mi hipótesis. Si no hubiera sido por la tenacidad de Agustina López de Osornio, su madre, y de Encarnación Ezcurra, su esposa, el hombre que dividió el siglo XIX en dos habría mantenido su apellido –Ortiz de Rozas– y su lugar como estanciero poderoso en la provincia de Buenos Aires.

Doña Agustina López de Osornio demostró durante toda su vida que era la detentora de la ley, en su casa de la calle Biblioteca. Madre de diez hijos –Juan Manuel era el segundo–manejaba su residencia y los campos como si fuera un hombre. Ella se ocupaba de los pagos, disponía de la peonada en Rincón de López y daba las órdenes en el hogar.

Había quedado huérfana a los 14 años y obligada por las circunstancias devino en madre y padre de sus hermanos. Agustina manejó el dinero –que era mucho– que dejó don Clemente –su padre– y supo invertir bien. Hasta que se casó con León Ortiz de Rozas y armó su propia familia. Era mano larga con su prole, así se hacía respetar. Y con el marido podía ser amorosa hasta el paroxismo o humillarlo en público, como cuando gritaba a viva voz que ella era la refinada de la pareja y que si se descuidaba le demostraba que era descendiente de los reyes de Normandía.
Agustina no quería que su hijo fuera político. Lo había preparado para que se ocupara de los campos y los negocios familiares. Pero aquello no pudo ser. Juan Manuel quedó prendado por la esfera pública y allí se instaló hasta el 3 de febrero de 1852, cuando empezó su exilio. Sin embargo, no había sido la gobernación la responsable de la distancia entre madre e hijo.

La otra mujer

Para doña Agustina López de Osornio, la culpable de todos los males era su nuera. Encarnación Ezcurra había conocido al soltero más codiciado de Buenos Aires y cayó prendada en el acto. Diferente del resto, que hacían evidente su desvelo, la menor de los Ezcurra trabajó el vínculo con cautela y dedicación hasta que logró su cometido. Juan Manuel se enamoró pero sus padres se opusieron a esa junta. Agustina la acusaba de fea y poca cosa para su príncipe heredero. Pero no contaron con la astucia de la Ezcurra.

Encarnación no iba a dar el brazo a torcer y armó una argucia digna de culebrones incendiarios: inventó un embarazo, escribió una esquela anunciándoselo a su amado –todo en complicidad con el caballero en cuestión– y éste la depositó sobre su cama para que su madre tomara nota. Dicho y hecho, la furia poseyó el hogar de los Ortiz de Rozas. El deber ser hizo lo suyo y Encarnación pasó a formar parte de la familia.

La lucha entre suegra y nuera fue vox pópuli y poco faltó para que se fueran a las manos. Tal era la iracundia, que la recién casada conminó al esposo a abandonar la casa.

Los Rosas –Juan Manuel se había quitado el Ortiz de encima por una reyerta familiar– se armaron una vida por cuenta propia y Encarnación ocupó su lugar como una reina. Colaboró con la carrera política de su marido como ninguna, transformándose en su asesora más confiable. Cuando el hombre partió rumbo a la campaña al desierto, ella quedó al cuidado del territorio. Guardaba las armas en la casa y mantenía reuniones secretas con los primeros estertores de la Mazorca. Ella ordenaba, los hombres acataban. También le sugería a su marido en quiénes confiar y cuáles debían pasar a recibir un funesto pulgar para abajo. Cuando lo tenía lejos, lo obligaba a comer luego de que alguien probara la comida. El temor del asesinato sobrevoló siempre.

Fue la madre de los dos hijos de Rosas y crió a Pedro Pablo como propio, el hijo secreto de su hermana Pepa y Manuel Belgrano. Pero de instinto maternal, nada. Ante todo fue mujer, y de ese hombre y nada más.

Manuelita fue la hija dilecta y ocupó el sitio vacante que dejó Encarnación al morir. Una suerte de canciller sin funciones, la Niña –así la llamaba Rosas, incluso en su adultez –y su corte de amigas, recibían en Palermo a los caballeros con ansia de negocio, locales y extranjeros, como el primer paso antes de llegar al despacho del Gobernador. El vínculo entre ambos fue estrecho e intenso. Los enemigos de Rosas, instalados en Montevideo, acusaban al hombre de llevar a la cama a su propia hija.

Juan Manuel la había conminado a que quedara soltera para toda la vida y junto a él. A Manuelita no le resultó fácil contradecir aquella orden. Se casó grande y en el destierro. Eligió a Máximo Terrero, el hijo del amigo y socio de su padre en el saladero. Pero esto no logró calmar la furia de Rosas. Permitió la boda bajo dos reclamos: él no participaría de la celebración y la pareja no viviría con él en la casa. Manuela se casó, tuvo dos hijos y nunca olvidó a su padre.

Amantes

María Eugenia Castro y Juanita Sosa fueron dos de las amantes del Restaurador. La primera, la “mancebita”, así la llamaba Rosas, llegó a la casa a los 13 años. Cuidó a Encarnación en el lecho de muerte pero el patrón la metió en su cama. Eugenia tuvo cinco hijos de Rosas, fue la oficial pero escondida detrás de un biombo en la alcoba del Gobernador. Le fue leal hasta el fin de sus días. Tras la muerte de Rosas, la descendencia “bastarda” intentó iniciar un litigio para reclamar la herencia. Manuelita, que los había tratado como hermanos durante las mieles del poder, hizo caso omiso y señaló que sólo eran los hijos de una sirvienta de la casa. Juana Sosa, la “edecanita”, fue una de las amigas íntimas de Manuelita. De mucho menor linaje, vivió en Palermo con la familia. También visitó las habitaciones de Rosas, pero su alegría y voluptuosidad la colocaron en otro lugar. Disfrutó de las fiestas y la desmesura del poder. Sin embargo, caído el César, cayó su privilegio. Con Urquiza en el gobierno, fue internada en el Hospital de Mujeres Dementes. Juanita no estaba bien y no tuvieron alternativa. Murió en el hospicio, sola y en silencio.

*Periodista, escritora, su último libro es “La hora del destierro” (Planeta).

 

Comentarios de “La insospechada vida íntima de Juan Manuel de Rosas”

  1. Notable que otros pleonéxicos como este Rosas, hayan sido pedófilos. Me trajo a memoria a un tal perón, el marido de la mujer de López Rega.
    Los unió, el mismo grado de adhesión populista del Lumpenproletariat (Relleno Social de Marx).
    De hecho, creo que el verdadero inventor del peronism@ fue Rosas y que el otro, solo aportó su apellido.

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