Mundo, Opinión / 14 de octubre de 2017

El siamo fuori catalán que descoloca a Europa

Los soberanistas preparan la aplicación de la ley de ruptura mientras empresas y bancos ya dan el portazo a separatistas.

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rebelde. Los opositores aseguran que Puigdemont “puede terminar como Companys” (cuando Franco implantó su dictadura lo fusilaron).
rebelde. Los opositores aseguran que Puigdemont “puede terminar como Companys” (cuando Franco implantó su dictadura lo fusilaron).

Sus anteojos tan clásicos y sus rigurosas corbatas le dan un aspecto de gerente de banco. A lo que menos se parece Artur Mas es al líder temerario que, más por oportunista que por estadista, avanzó hacia el independentismo. Como a Trotsky y tantos revolucionarios que terminaron devorados por sus propias revoluciones, a el ex jefe de la Generalitat lo devoró el separatismo que él mismo había alentado. Para los muchachos izquierdistas de la CUP, resulta demasiado “liberal” con aspecto de empresario. Por eso le bajaron el pulgar y lo dejaron afuera de la gesta independentista.

Con el rencor del desplazado y la objetividad del que mira desde afuera, Artur Mas le dijo al Govern separatista algo que está al alcance del sentido común, pero no de los fanatismos: una cosa es preparar la declaración de independencia y otra cosa es construir un país independiente. Empujados por sus propios ideologismos y por el anti-sistema que representa la CUP, cuya ideología se reduce al deseo de patear tableros, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras trabajaron arduamente para declarar la independencia, pero no para construirla y hacerla sustentable.

Recién se percataron al estallar la diáspora de grandes empresas, ni bien los empresarios comprobaron que Puigdemont y Junqueras intentan, de verdad, sacar a Cataluña de España. La posibilidad de una estampida empresarial evidenció que, concretada la independencia, habrá que pagar aranceles para exportar productos a España y al resto de Europa, y también habrá que tener pasaportes para viajar por la Península Ibérica y por el continente porque quedarán afuera del Acuerdo de Schengen (sobre libre circulación) ya que la Unión Europea le negará la suscripción que le otorgó a países ajenos a la UE como Liechtenstein, Suiza, Islandia y Noruega.
Quedando fuera de la eurozona, además de tener que contar con moneda propia, Cataluña perderá las financiaciones del Banco Central Europeo (BCE). En síntesis, la salida no es un paseo para recuperar la riqueza “saqueada por España”, sino un camino arduo del que el Govern habló muy poco.

Chau, chau, adiós

La reacción inicial de la UE ante la secesión catalana será el aislamiento, para no alentar un efecto Big Bang. Si Bruselas facilitara el ingreso rápido de Cataluña en la UE, en el norte de Italia renacería el separatismo lombardo y véneto con que Umberto Bossi había querido partir la Península y crear un país al norte del río Po. También los flamencos podrían tentarse con separarse de los valones, abandonando Bélgica, y varios mapas mas se resquebrajarían en Europa.

Cataluña no tendría la recepción que tuvo la República Checa cuando se divorció de los eslovacos. Al fin de cuentas, Checoslovaquia fue creada tras la Primera Guerra Mundial por un filósofo, Tomás Masaryk, motivado por haber nacido en la frontera de ambas naciones, de una madre checa y un padre eslovaco.

Tampoco fue difícil recibir en Europa a las escisiones que desmantelaron Yugoslavia. La Federación comunista con que el mariscal Tito recreó lo que décadas antes había sido el efímero Reino de los Croatas, Serbios y Eslovenos, era un régimen autoritario que concentraba el poder en Serbia. Desde la secesión de Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina, hasta la partición de Serbia con la independencia de Kosovo, la disolución de Yugoslavia se hizo al costo de brutales guerras.

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-“España no tiene paz”
-“Puigdemont al borde de la traición a la causa de la independencia”
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Es difícil imaginar una guerra de secesión en España. Pero también es difícil imaginar que Madrid deje partir mansamente a los catalanes. España nació con Barcelona en su interior. Incluso la II República impidió por la fuerza un intento de separación. Lo lideró en 1934 el fundador de Esquerra Republicana, Lluis Companys, y fue aplastado desde Madrid por el gobierno republicano.

Un torpe dirigente del PP dijo que Puigdemont “puede terminar como Companys”, sin aclarar si se refería al encarcelamiento que le impuso la República, o a lo ocurrido cuando Franco implantó su dictadura: lo fusilaron. Lo que está claro es que lo que no permitió la II República, no lo permitirá el actual Estado español.

Y pega la vuelta

El mundo que aceptó la partición de Sudán y que Timor Oriental se escindiera de Indonesia, no será igual de receptivo con Cataluña. La división de España alentaría movimientos secesionistas desde Tailandia y Filipinas, hasta Puerto Rico, que después de padecer la devastación del huracán María, padeció la humillación proferida por Trump en su inútil paso por la isla.

Tampoco a China le gustan los independentismos: los aplastó en el Tíbet y en Xinjiang, mientras mantiene la presión para que Taiwán no sea reconocido como Estado independiente, sino como “provincia china en rebeldía”.

Posiblemente, a la larga, la UE aceptará a Cataluña. El tema es atravesar el desierto. De eso no habló el liderazgo separatista. Estaba concentrado en llegar a la declaración, y no en realizar la construcción de la independencia. Aún así, tampoco le salió muy prolija que digamos.

Por la Ley de Referéndum con que concretó unilateralmente la desconexión jurídica de España, el Parlament y el Govern habilitaron una votación que no establecía un piso de votantes acorde con la dimensión de lo que se decidía. Tampoco se logró un escrutinio creíble y un resultado verificable. En rigor, el domingo de la votación sólo le aportó al independentismo las imágenes de una represión exagerada y negligente, que fue usada por los líderes separatistas para mostrar a la Guardia Civil como una fuerza de ocupación. Y ni Rajoy ni el rey tuvieron la lucidez de pedir perdón por el exceso policial.

Era importante que lo hicieran. Rajoy, por el desdén de su gobierno hacia los reclamos catalanes desde que el Tribunal Constitucional anuló 14 artículos del Estatut, y por pertenecer a un partido con ancestros falangistas. Y Felipe VI, por ser un Borbón, la estirpe impuesta por Castilla a la parte de la Península Ibérica que más encono tiene con el castellanismo y con los borbones.
Ese fue el aporte incomprensible de Madrid a la demagogia separatista, que intenta lanzarse al cruce del desierto sin el agua ni las provisiones necesarias para no desfallecer durante la travesía. Un arduo trayecto que continuará dividiendo y enfrentando entre sí a los catalanes.

El centralismo castellanista y negligente de Rajoy lleva seis años dando argumentos a los independentistas. Pero más allá de la legítima defensa de una rica identidad cultural e histórica y de la justa aspiración a un control de la propia economía como el que tiene el País Vasco, los separatistas han generado un fanatismo que acosa e intimida a quienes quieren seguir siendo parte del reino español. Y también a los que piensan, como el republicano catalanista Josep Tarradellas, que Cataluña debe preservar su identidad y tener autonomía, pero dentro de España. 

 

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