Cine, Sociedad / 20 de octubre de 2017

Un actor de cine

Por Leonardo D’Espósito | Esta mañana de viernes falleció Federico Luppi. El gran actor tras personaje polémico de los últimos tiempos.

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La muerte de Federico Luppi es un problema. En realidad, hoy por hoy, escribir sobre alguien famoso en la Argentina es un problema. En su caso, hay demasiadas rispideces en su vida privada, demasiadas declaraciones horribles en los últimos años, demasiadas polémicas, y uno, que es crítico de cine, se ve en figurillas para separar las cosas. Pues bien: separemos las cosas. Murió una persona llamada Federico Luppi, con una vida de la que esta columna no va a ocuparse. Y murió el actor cinematográfico Federico Luppi, de quien sí. No es un acto de cobardía, sino de honestidad: se escribe de lo que se sabe.

Luppi fue uno de los pocos reales actores de cine -que es una profesión diferente de la de actor de teatro- que la Argentina tuvo en los últimos cuarenta años, paradójicamente surgido del televisivo y teatral Clan Stivel. Un arquetipo, como John Wayne o Cary Grant. No es exagerado mencionar a esos dos: Luppi actuaba, en sus mejores trabajos, como esos señores, sabía cómo lo miraba la cámara y se colocaba en consecuencia. No sobreactuaba el gesto, dominaba el plano y representaba al hombre duro, curtido, con calle, derrotado por las circunstancias. A diferencia de los héroes del cine americano, su personaje era constantemente abatido por el estado de las cosas. Podía levantarse y seguir (siempre con una puteada, era el mejor puteador del cine nacional) pero la derrota estaba esperando.

Eso se ve desde Este es el romance del Aniceto y la Francisca…, de Leonardo Favio. Incluso en esa película, su Aniceto ya muestra también los pliegues siniestros detrás de la aparente simpatía, otra de las constantes de los héroes -o antihéroes- nacionales. Algo similar sucede con su Facón Grande de La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera. Olivera lo dirigió bastante y también apeló a aquel arquetipo (vean, por ejemplo, No habrá más penas ni olvido). Pero quien mejor lo utilizó fue Adolfo Aristarain, alguien que admira a John Ford, Howard Hawks y Raoul Walsh; alguien que entiende que Hollywood no fue una máquina de hacer fantasías optimistas sino de disfrazar de eso miradas críticas y profundas. Desde Tiempo de revancha hasta Lugares comunes, la dupla Aristarain-Luppi creó un mosaico donde el héroe se terminaba disolviendo en la impotencia. El operario que intenta vencer a sus empleadores en Tiempo…, el asesino a sueldo entrampado en su propio juego de la extraordinaria Úlitmos días de la víctima, el utopista que incendia lo que le queda en Un lugar en el mundo, el forajido que sigue robando (ahora ayudado por la ley corrompida) al final de La ley de la frontera, el padre que no ha entendido qué influencia tiene su vida en la de los demás de Martín (hache), el jubilado que desea un último destino pacífico en Lugares comunes. En todos los casos, Luppi es la conciencia moral que choca de frente contra el mundo y el sistema, y lo hace con los ojos abiertos. Entendía ese personaje, y por eso esas películas son casi una biografía.

Hay mucho más en su carrera. Fue el piola estúpido y encarcelado de Plata Dulce, por ejemplo, o el padre totalmente errado y arrastrado por la ola de información deforme de Sin retorno (una película que merece verse, mucho mejor de lo que pareció en su estreno). Y fue, también, un descubrimiento para el mundo por parte de Guillermo del Toro en la fantástica fábula de tiempo y vampiros Cronos. Fue en el cine todas esas cosas, y siempre fue de modo convincente -lo único que justifica al actor de cine, ese tipo que debe ser antes una imagen que una palabra. Lo que haya sucedido fuera de la pantalla se disolverá con el tiempo y la partida de los testigos. Las películas van a estar ahí, y en todo caso son una radiografía mucho más potente de la persona: la cámara, dicen, roba el alma y se la queda.

 

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