Opinión / 21 de octubre de 2017

Marx: El centenario de una gran ilusión

El padre intelectual del comunismo jamás imaginó hasta dónde llegarían sus ideas en el siglo XX.

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Durante la mayor parte del siglo pasado, muchísimos intelectuales progresistas de países occidentales festejaban con entusiasmo los aniversarios de la llamada Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia que dio la suma del poder a los bolcheviques. La tomaban por uno de los hitos más gloriosos, y más esperanzadores, en la historia del género humano. Aseguraban que, a pesar de los “errores” que pudo haber cometido el régimen, los que andando el tiempo atribuirían a la perversidad de Stalin, no al sistema comunista como tal, la Unión Soviética era moralmente superior a los países esclavizados por el capitalismo.

Era, decían, el futuro. Se equivocaban, claro está. A cien años de aquel golpe de Estado bolchevique que puso fin a un intento desesperado de reemplazar el zarismo por una democracia parlamentaria, la URSS yace en el basural de la historia.

No es lo que preveían los muchos pensadores prestigiosos que estaban tan resueltos a encontrar lo que buscaban en Rusia que no se permitieron conmover por la hambruna ucraniana -el “holodomor” provocado por la colectivización forzosa en que murieron hasta diez millones de personas-, los campos de concentración del “archipiélago Gulag”, la censura omnipresente, las purgas, los juicios escenificados de veteranos de la revolución acusados de delitos inverosímiles. Tampoco se dejaron impresionar tales pelegrinos por la desaparición de escritores y otros que habían sido sus amigos; por algo será.

Desde el punto de vista de los creyentes que se sentían comprometidos con la Unión Soviética, se trataba de detalles acaso desafortunados, pero, insistían, habría que ubicarlos en el contexto de una lucha a muerte entre el bien bolchevique y el mal fascista, imperialista o capitalista. Algunos referentes intelectuales mentían por principio so pretexto de no querer dar armas a “la derecha”; Jean-Paul Sartre se opuso a la difusión del lapidario “informe secreto” de Nikita Kruschev en 1956 “para no desesperar a los obreros de la Renault”.

Aún habrá algunos izquierdistas que piensan así, pero será cuestión de una minoría de fanáticos que se aferran a los mitos que a su entender dan un sentido a su propia vida. Por cierto, el 25 del mes corriente pocos progresistas celebrarán con mucho fervor el centenario del nacimiento de la Unión Soviética; con escasas excepciones, se han resignado a que el fracaso de aquel “experimento” en ingeniería social difícilmente pudo haber sido más calamitoso. Por razones comprensibles, preferirían pasar lo que sucedió por alto; les es imposible negar que, para fabricar el “hombre nuevo” de sus fantasías, los comunistas sacrificaron con crueldad apenas concebible a decenas de millones de seres de carne y hueso.

Para colmo, todo fue en vano. La sociedad que lograron construir sobre una montaña de cadáveres aquellos revolucionarios cuyas hazañas colonizarían la imaginación de tantos intelectuales “burgueses” de países democráticos resultó ser tan mediocre que, en 1991, los líderes comunistas mismos optaron por liquidarla. Pero, como advertía Shakespeare, “El mal que hacen los hombres continúa vivo después de su muerte”. Rusia, Ucrania, Bielorrusia y los otros países sucesores fueron tan traumatizados por más de setenta años de “socialismo real” que sorprendería que alcanzaran a ver el siglo XXII. La caída precipitada de la tasa de natalidad, el alcoholismo rampante, la miseria en que viven quienes se han visto abandonados a su suerte, la corrupción endémica y otros males se han erigido en enemigos mortales.

Para muchos rusos, el poscomunismo ha sido tan terrible que sienten añoranza por la Unión Soviética. Los motivan no sólo el deseo de recuperar la sensación de seguridad que, suponen los más jóvenes, les brindaría vivir en un orden rígido sino también una buena dosis de nacionalismo. Recuerdan que la URSS había sido una superpotencia y Moscú el centro de un gran imperio, razón por la que coincidan con Vladimir Putin cuando opina que su desaparición fue “la mayor catástrofe geopolítica” del siglo pasado.

La angustia que se ha apoderado de rusos que, lo mismo que en los días de los zares, se enorgullecen de las dimensiones físicas de su país y quisieran que se agrandara todavía más es una cosa, otra es el pesar de aquellos occidentales que habían confiado en que, tarde o temprano, la URSS mostraría que la democracia liberal era una estafa siniestra. Es por tal motivo que el sueño revolucionario, la convicción latente de que una vanguardia ilustrada conformada por “idealistas” debería estar en condiciones de cambiar absolutamente todo, ha sobrevivido a las consecuencias atroces de totalitarismo bolchevique y otras versiones del mismo fenómeno, entre ellos las protagonizadas por Mao en China y Pol Pot en Camboya. Es tan fuerte la voluntad de creer en la existencia de alternativas radicales a la chata realidad cotidiana del mundo que nos ha tocado que, para llenar el vacío que ha dejado la virtual eliminación de la utopía comunista, muchas personas inteligentes aún se sienten tentadas a rebelarse contra el statu quo en nombre de alguno que otro culto mesiánico.

No es ninguna casualidad que el hundimiento del comunismo soviético y la transformación del chino en un extraño híbrido marxista-neoliberal haya coincidido con la reaparición de distintas variantes del nacionalismo en Europa y Estados Unidos, o con el resurgimiento del yihadismo en el mundo tradicionalmente musulmán y los enclaves islámicos que están consolidándose en tantas metrópolis occidentales.

Asimismo, si bien a esta altura a nadie ensus cabales se le ocurriría intentar aplicar recetas soviéticas para que la economía local funcionara mejor y muchos partidos antes comunistas han cambiado de nombre para adaptarse a los tiempos que corren, el marxismo sigue influyendo poderosamente en todos los ámbitos culturales.
Bien que mal, la crítica, o sea, la parte negativa del evangelio, ha conservado su vigencia. Según los alarmados por los éxitos anotados por quienes se proclaman decididos a modificar las costumbres y hasta los idiomas de los países occidentales, la “larga marcha a través de las instituciones” a fin de conquistar la hegemonía cultural que fue propuesta por el marxista italiano Antonio Gramsci sigue y está derribando todo cuando encuentra en su camino. Demás está decir que el desfase resultante ha servido para intensificar el malestar que afecta a todas las sociedades democráticas desarrolladas al contribuir a ampliar la brecha que separa a elites mayormente progresistas del grueso de sus compatriotas que, por lamentable que les parezca, suelen ser de mentalidad conservadora.

Hasta hace una treintena de años, los abanderados de la izquierda marxista juraban estar luchando a favor de los intereses de la clase obrera; en la actualidad sus palabras en tal sentido no convencen a nadie. Muchos ni siquiera procuran ocultar el desprecio que sienten por quienes a su juicio son racistas xenófobos ignorantes. Sus actitudes se asemejan a las que pronto adoptarían los bolcheviques rusos que, una vez en el poder, no vacilaron en emprender una guerra de exterminio contra el campesinado y en oprimir con brutalidad aleccionadora a los obreros cuando los sindicatos comenzaban a protestar contra medidas que, de tomarse en serio la retórica oficial, estaban destinadas a beneficiarlos.

Es merced a la propensión de los muchos que sienten cierta nostalgia por la ilusión comunista a juzgar a los bolcheviques no por lo que efectivamente hicieron sino por sus presuntas intenciones que a pocos les parece malo que alguien haya militado en lo que durante mucho tiempo era “el partido” por antonomasia. La revelación de que, en su juventud, un hombre público se adhirió al nazismo o fascismo es más que suficiente como para desacreditarlo para siempre. En cambio, el haber sido un comunista es considerado meramente anecdótico aun cuando el personaje haya sido culpable de crímenes plenamente comparables con los perpetuados por los nazis. También persiste la noción de que el comunismo y el nazismo sean polos opuestos, aunque, como se hizo evidente cuando Hitler y Stalin se aliaron brevemente a inicios de la Segunda Guerra Mundial en 1939, los dos totalitarismos tenían mucho en común que los diferenciaba de las democracias pluralistas.

De todos modos, si bien la hipotética alternativa comunista al capitalismo liberal fue en buena medida fraudulenta, un producto de los deseos de quienes se sentían frustrados por una realidad que les parecía gris, su desaparición planteó a las sociedades democráticas un desafío aún más grave, si cabe, de lo que había representado como un presunto rival. Para Estados Unidos, Europa Occidental y el Japón, derrotarlo en el terreno económico fue maravillosamente fácil; las estadísticas en viejos almanaques que mostraban que la Unión Soviética tenía una economía próspera eran claramente falsas; como dijo en una oportunidad el canciller alemán Helmut Schmidt, sólo era “Burkina Faso con cohetes”.

En cambio, a las democracias occidentales no les ha sido fácil en absoluto acostumbrarse a la ausencia de un rival ideológico serio, un papel que China no está dispuesta a desempeñar. Es como si, para mantenerse en forma, necesitaran contar con un adversario ideológico genuino y no, como ha sido el caso a partir del colapso de la URSS, víctima ella de sus muchas contradicciones internas, con nada más que la sombra de uno.

 

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