Cultura / 26 de octubre de 2017

Beatriz Sarlo, Martín Bauer y Margarita Fernández celebran los tiempos de la revolución rusa

Las canciones recrean el clima de época, el apogeo de las vanguardias y la ideología como motor casi por encima de las formas artísticas.

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La gran fuerza que tiene el arte es que en realidad nadie puede desarticularlo, y menos de antemano. No lo vas a encontrar exactamente “desensamblando” unas notas musicales, estudiando unas palabras, decapando unos subtextos. Además, es como querer aprenderse el truco del mago: no tiene gracia. Es mucho más interesante sentarse cómodamente en la butaca y dejar que el hecho artístico haga lo suyo, es decir, golpee los sentidos.

Algo que, sin duda, ocurrirá con suma contundencia una vez que suenen los acordes del ciclo de “lieder”(canciones alemanas), que conmemora el centenario de la revolución rusa, a través de guiños a las vanguardias culturales de la época, con textos escritos por Beatriz Sarlo, música compuesta por Martín Bauer (actual director del Teatro Argentino de La Plata), y un cameo de Margarita Fernández, la notable pianista argentina y vanguardia pura ella misma: un recorrido escénico portando una réplica del famoso mingitorio que Marcel Duchamp presentó en 1917 en la Exposición de los Independientes, en Nueva York, para escándalo de los propios artistas, quienes se proponían desafiar al establishment. Todo esto, hay que agregar, tamizado por una mirada que Sarlo ubica entre lo épico-paródico y lo irónico-épico.

Ante la observación sobre el calibre del impacto que habrá que esperar de esa dinámica polisémica y sofisticada que pusieron en juego –todo ese cruce de simbologías, resignificaciones, ecos, de los mundos de la literatura, la historia política, las artes plásticas y escénicas–, a estos tres pesos pesados no se les mueve un pelo. “Ah, sí, por supuesto, es que el espectáculo es para eso”, dice Fernández con naturalidad. Siempre se abren múltiples niveles de percepción en el hecho artístico, claro. Pero a veces se abren más que otras.

Un programa por aquí

El “lied” (en plural, “lieder”) es una suerte de engarce de un poema en una canción lírica breve, clásicamente para solista y piano. Una forma musical que alcanzó su apogeo de la mano de la poesía del Romanticismo alemán, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, con el austríaco Franz Schubert. “Este ciclo es de cierta forma un reflejo de sus ciclos históricos como ’Winterreise’ (Viaje de invierno)”, explica Bauer. “Tiene algo más de instrumentación, porque es para piano, percusión, viola y clarinete; hay un barítono, y está armado con el arco que suelen tener los ciclos, en parte porque la primera idea, que todavía está dentro, digamos, aunque no tan protagonista, era hablar de los viajeros, de la gente que había llegado a Rusia en esos años, un tema que a Beatriz le interesaba mucho. Por supuesto, hay un hilo, un poco a partir del texto, un poco a partir de la música. Son canciones hiladas, si querés”.

En términos básicos, no se trata de canto lírico aunque sí es cercano a eso. “La música, lo mismo”, agrega Bauer.“Tiene el grado de abstracción de la música que yo suelo hacer, pero al ser canciones necesariamente hay una articulación con un texto y una línea que permita que ese texto se entienda y se pueda escuchar. Es un equilibrio. No es el género a rajatabla, pero te diré que es un lied moderno”.

Huellas del ojo y del oído

Desde un principio habían acordado que la revolución rusa iba a estar unida a las vanguardias artísticas que estallaron por toda Europa en forma paralela a las reformas sociales radicales, un fenómeno extraordinario al que, si se mira cualquier hecho histórico del primer tercio del siglo XX, no se le puede dejar de prestar atención. “El primer texto que escribí es uno que mezcla todos los idiomas de la revolución, con palabras en alemán, en francés, inglés, en lo que sea”, cuenta Sarlo. Aquel texto inaugural surgió completo en un ómnibus, volviendo de Rosario, de un homenaje a Juan José Saer. El resto fluyó como un torrente en los diez días que siguieron, en total unos 300 versos, entre las 16 canciones.“Traté de que siempre tuvieran alguna forma de la rima evocada, puede ser a mitad de verso, puede ser al final, y de que fueran métricamente regulares”, explica Sarlo. “O sea, que la música y el músico pudieran tener una base sólida sobre la cual trabajar, aun cuando luego quizás necesitaran alterar los ritmos. Me parecía que eso era más atractivo que musicalizar prosa, y me obligaba a mí a pensar mejor cómo resolver los textos”.

Porque la primera imagen tenía que ver con la épica, una que hoy resulta un tanto ingenua o anacrónica, pero además estaba atravesada por la alegoría romántica; ylas vanguardias contemporáneas a la revolución, por su parte, no siempre se centraron sólo en la innovación de las formas, sino en la potencia social y política de los contenidos. “Y ahí estaba la cuestión”, aclara Sarlo, “ya que tanto Martín como yo tenemos una visión que puede ser llamada trágica de la revolución rusa. No íbamos a hacer una obra conmemorativa con esa visión. Ahí es donde surgen los caminos irónicos o paródicos, que están básicamente dedicados a los artistas”.

Entre todas esas capas de significación, la participación de Margarita Fernández cobra un protagonismo especial. “Yo llevaré en travesía escénica el mingitorio de Duchamp. Lo haré con un sentido de performance, dentro de la dinámica de la obra”, adelanta ella. “Será un honor llevar ese objeto”. Que, como Bauer acota, no cualquiera podría llevar. “Tiene una gran carga, un carácter cuya gravitación excede todo. En realidad no sé si voy a estar a la altura de la misión”, agrega Fernández, en tono cómplice. “Ay, por favor, Margarita”, le responde Bauer, sonriendo. “Lo que quisiera saber es de qué sublime material va a estar hecho”, desliza ella, más sonriente aún. “De un material liviano. De loza no va a ser”, le asegura él. Sigue un instante de silencio y después, carcajada general.

El vanguardismo

Hay algo que Fernández define como“el bastión de la no comprensión”, la clave en el pacto que se establece entre el espectador y toda expresión artística. “Siempre existe algo que no se comprende; y es justamente ahí donde sucede el milagro”, dice. “Siempre hay algún agujero negro que queda sin definir. Hasta para el propio autor, que es el primero que no entiende un montón de cosas”. Por eso Fernández está en contra del subtitulado en las óperas, no porque sea políglota –como la acusan Sarlo y Bauer–, sino porque cuando uno está pendiente de la lógica pierde la conexión con lo que sucede visual y auditivamente; con el impacto del hecho estético como un todo. “No se va a la ópera para entender un argumento, se va para algo más. Y después está la posibilidad de comprender a través de otros medios. La música es irreemplazable para eso”, agrega Fernández.

“Lo que dice Margarita para mí es una ley”, coincide Sarlo. “Recuerdo que yo tendría diez años, estaba con mi familia de La Plata y en el bosque hacían una obra. Fui con mi prima de 20, nos sentamos, y ninguna de las dos entendió nada. Nada, realmente. Era una obra de Stravinski. Me enteré mucho después. Ahora, no haber entendido nada me partió literalmente la cabeza. Ese fue mi contrato para siempre con la música”.

Un territorio inesperado, algo nunca visto ni escuchado, el montaje más fuerte, el que más impacta. Lo contrario a organizarte la mirada. Esa es la especialidad de la vanguardia, en todas las épocas. ¿Cuál es la gracia de tratar de decodificarla, y menos de antemano? Lo único sensato en estos casos es sentarse cómodamente en la butaca, y abrir bien todos los sentidos.

 

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