Costumbres / 29 de octubre de 2017

Hollywood: un siglo de abusos sexuales

La leyenda negra de la Meca del cine dice que la cama es peaje obligado para tener una carrera. El escándalo “Weinstein”. Poder y complicidad.

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En una tierra donde el divorcio es moneda corriente, Hollywood y el escándalo son el matrimonio más duradero. En las últimas semanas, uno de los tipos más poderosos de la Meca del Cine, el nada honorable Harvey Weinstein, cayó de la cima al abismo por las reiteradas denuncias de acoso sexual y violación lisa y llana que más de cuarenta actrices lanzaron en su contra.

La información está en casi todos los casos bien chequeada y Weinstein, que se comportó de esta manera desde los años ochenta -poco antes de fundar su primera compañía exitosa, Miramax, luego comprada por Disney- pagó durante mucho tiempo cifras enormes para “arreglar” las acusaciones fuera de los juzgados. Pero Asia Argento hizo público todo un cuento de horror en el que se vio obligada a mantener una relación con el magnate durante cinco años. Siguieron Rose McGowan, Angelina Jolie, Ashley Judd, Gwyneth Paltrow, Lena Headey, Mira Sorvino o Rossana Arquette, y la lista continúa. Las cosas se terminan con Weinsten expulsado del sindicato de productores y de la Academia de Hollywood.

Es cierto, Weinstein es un monstruo y fue apañado -por miedo o por indiferencia- por sus propios empleados. Es cierto que su hermano Bob lo sabía. Peor: es cierto que casi todo Hollywood lo sabía. En 2005, Courtney Love lo expresó con algo de humor: “Si Harvey Weinstein las invita a una reunión de trabajo, no vayan”. Muchas carreras se vieron arruinadas y muchas actrices simplemente se desvanecieron sin más por la acción de un tipo que ganaba Oscars a mansalva (produjo “En busca del destino”, “La vida es bella”, “Shakespeare apasionado”, “El paciente inglés” o “El artista”, para mencionar algunas entre las más ganadoras). A Weinstein se lo temía mucho más de lo que se lo quería. Por eso es que la marejada de denuncias en su contra parece una sobreactuación: todo el mundo lo quería fuera de juego.

El pasado. Esta sobreactuación tiene su historia y su razón de ser. Siempre Hollywood fue visto con enorme desconfianza por las almas morales de los Estados Unidos. Una colonia llena de actores y actrices, regenteada por inmigrantes (la mayoría de los directores y productores, para horror de la “América cristiana”, judíos), que apelaba a los bajos instintos de las masas, como lo escribían en sus críticas, publicaciones “morales” como el semanario de izquierda “The Nation”. El viejo naranjal californiano se convirtió, desde el principio, en la fuente de toda depravación. El mito nació con la Meca: allí reina el sexo y con el sexo se trepa. Chivo expiatorio, en realidad, porque era más visible que cualquier otro negocio.

En el principio, el primer gran escándalo fue el de Roscoe “Fatty” Arbuckle. Era un cómico del período mudo, fue quien le dio su primera oportunidad a Buster Keaton y su humor era más bien pueril y escatológico. Una noche de 1921, Arbuckle rentó dos pisos en un hotel y tuvo una fiesta salvaje llena de alcohol ilegal y chicas. Una de ellas, Virgina Rappe, terminó lastimada y murió un día después de peritonitis. Primero se dijo que Roscoe la violó y la lastimó con su peso de 150 kg y su enorme sexo. Luego, que le introdujo un pedazo de hielo. Luego, el hielo mutó a botella de gaseosa, y más tarde de champagne. Lo último apareció en los diarios. Lo vieron al actor frotando el vientre de la joven con hielo para calmarle dolores, pero eso es todo. Tuvo varios juicios pero resultó absuelto y con la carrera arruinada. Y eso volvió aún más feroces a los guardianes de la decencia.

Después fue con Chaplin, que tenía debilidad por las adolescentes. Lo casaron con una chica de 16 años llamada Lita Grey y se “comió” un juicio enorme del que hicieron pasto los medios acusándolo de perverso, antiamericano, explotador. La historia completa lo muestra más como víctima (la cuenta Kenneth Anger en “Hollywood Babilonia”), pero no hay dudas de que Chaplin usaba su poder para conquistar señoritas muy chicas.

A la inversa, Marilyn Monroe fue abusada y empujada por su madre a ser lo que fue. Pero siempre fue tratada como una cosa, no como una persona, y más que “trepar” con el sexo fue una víctima del abuso emocional de esa colonia. También se plantó sindicalmente contra sus jefes de la Fox exigiendo mejor paga y libertad de contrato, lo que le valió ser todavía peor tratada como una mujer “difícil”. Hollywood destrozó así a muchas mujeres acusándolas de usar el sexo como arma de perdición. Pero seamos justos: no más que en cualquier otro campo laboral.

Presente. Hoy las cosas son mucho más sensibles. Un poco por obra y gracia de ese arma de doble filo que es la corrección política. Otro, porque la empatía por la víctima es mayor. Vean si no lo que pasó con ese icono del entretenimiento familiar llamado Bill Cosby, que terminó acusado de abuso por una cincuentena de mujeres. Es cierto que el juicio quedó nulo e indecidible, pero en un contexto donde las minorías -y las mujeres siguen siéndolo- aparecen amenazadas, incluso desde el poder (Donald Trump no podría representar voluntariamente mejor su rol de villano brutal, carente de empatía e ignorante), la opinión pública termina siendo lapidaria.

El caso Weinstein muestra tres cosas. La primera, que en el poder (el poder en el campo que sea), el monstruo se siente impune. La segunda, que las sociedades toleran al monstruo mientras puedan sacar alguna ventaja de él. La tercera, que cuando el monstruo cae, todos quieren estar del lado de quienes le clavaron la espada.

*Crítico de cine de NOTICIAS

 

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