Ciencia / 1 de noviembre de 2017

Resistencia a los antibióticos: El acecho del peor asesino

Ya mata a 700 mil personas por año. En poco tiempo será peor que el cáncer y la diabetes.

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La afirmación suena como un latigazo: “Un total de 27 airbus se estrellan cada año en los Estados Unidos: la misma cantidad de personas que actualmente tienen resistencia a los antibióticos”. Quien la dice es Lilian Abbo, directora médica del programa de antimicrobianos de la UHealth, University of Miami Health System. De hecho, se calcula que entre el 30 por ciento y el 50 por ciento de los antibióticos que se usan en los hospitales son inapropiados, agrega la especialista de la división de enfermedades infecciosas.
Aunque alrededor del 22 por ciento de las muertes humanas están causadas por infecciones, lo cierto es que la Resistencia a los Antimicrobianos (RAM) crece en todo el mundo, a un ritmo vertiginoso pero sin que los expertos sepan cuál es su incidencia total.

“Se estima que la mitad de todos los antimicrobianos que se prescriben son innecesarios o se usan de manera inadecuada –advierten especialistas argentinos en un paper publicado recientemente en la Revista Panamericana de Salud Pública-. Las causas de esto son, entre otras, la indicación de antibióticos en infecciones que no lo requieren, la presión que ejercen el paciente o sus familiares por insuficiente comprensión de la utilidad de los antimicrobianos, la falta de pruebas apropiadas de diagnóstico y el uso creciente de antibióticos con fines no terapéuticos en la producción intensiva de animales destinados al consumo humano.”

El problema está creciendo a tal punto que los cálculos expertos sugieren que hacia el año 2050 los fallecimientos por resistencia a los antibióticos treparán a los 10 millones por año: más que las muertes que actualmente provocan el cáncer y la diabetes. En algún punto, el panorama es simple: los medicamentos para atacar a las bacterias se usan tanto, tan desproporcionadamente, durante tanto tiempo, que los microbios ya no son susceptibles a su acción. En este contexto, una neumonía o una tuberculosis pueden transcurrir sin que haya herramientas para ponerles un freno. Pero el problema es incluso mucho más amplio.

“Las consecuencias de una infección por gérmenes con resistencia a múltiples familias de antibióticos incluyen, entre otras, mayor duración de la infección, mayor mortalidad, internaciones más prolongadas, perdida de protección en el uso profiláctico en cirugías y otros procedimientos e incremento de los costos de la atención médica. Además, la prevalencia creciente de resistencia a los antimicrobianos en seres humanos y en animales amenaza con erosionar a la economía mundial por las pérdidas de productividad y el incremento de los costos de tratamiento”, explica Fernando Pasteran, microbiólogo, investigador principal del Laboratorio Nacional de Referencia en Antimicrobianos del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas del ANLIS Dr. Carlos G. Malbrán, y asesor del Laboratorio Regional de Referencia en Antimicrobianos para la Red Latinoamericana de Vigilancia de la Resistencia a los Antimicrobianos de la OPS/PAHO (OMS/WHO).

De acuerdo con los datos que obtuvieron especialistas que elaboraron el Review on Antimicrobial Resistence, que fue encargado por el ex Primer Ministro británico David Cameron, en promedio, unas 700.000 personas mueren cada año en todo el mundo como resultado de infecciones hospitalarias causadas por algunas de estas cinco bacterias resistentes: Escherichia coli (E. coli), Klebsiella pneumoniae (K. neumoniae), Enterococcus faecium, Pseudomonas aeruginosa y Staphylococcus aureus resistente a la methicillina (MRSA).

Caso de transmisión sexual. Una enfermedad como la gonorrea se está volviendo más incurable que en la década de 1920, cuando fueron descubiertas las primeras drogas para tratarla. Una investigación dada a conocer por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y hecha en 60 países indica que se han reportado casos de resistencia antimicrobiana. La Neisseria gonorrheae, que causa la enfermedad, está dando rienda suelta a su acción. “El mejor momento para tener esta enfermedad fueron los años ´80, cuando había varios fármacos para tratarla”, ironiza Ramanan Laxminarayan, director del Centro de Políticas, Economía y Dinámica de las Enfermedades, en Washington DC (Estados Unidos). Y aclara: “Ese ya no es el caso”.

La gonorrea está en aumento, y si no es tratada y combatida, puede aumentar el riesgo de una mujer de desarrollar una infección por HIV, infertilidad y embarazo ectópico, entre otras consecuencias. Cuando la OMS se asoció con la iniciativa para las Drogas contra las Enfermedades Olvidadas (DNDi, Drugs for Neglected Diseases, organización sin fines de lucro que está en Suiza) la gonorrea estaba en el top de la lista de las enfermedades resistentes a los antibióticos.

Un estudio publicado recientemente en la publicación científica PLOs Medicine muestra que los expertos hallaron una resistencia robusta a tres de los tipos más comunes de antibióticos precriptos para la gonorrea hoy día: el 97 por ciento de los casos de resistencia informados corresponden al antibiótico ciprofloxacina (el más barato y usado actualmente), el 81 por ciento de los casos no respondieron a la acción de la azitromycina y un 66% fueron inmunes a las cefalosporinas.

No son agua. Los síntomas por los cuales los médicos recetan más cantidad de antibióticos son los resfríos, la tos, las infecciones de garganta y las de oídos. Una investigación hecha en Gran Bretaña muestra que una de cada cinco personas espera que su médico les recete un antibiótico cuando lo visitan. De hecho, un tercio de las personas creen que un resfrío o la tos seca se curan con esos remedios, y así es como médicos de todo el mundo prescriben más por la presión que sienten que por la necesidad o el beneficio que ven en su indicación.
Se calcula que al menos la mitad de los pacientes que visitan a un médico con síntomas relacionados con estos trastornos se van del consultorio con una indicación de antibiótico. Que la mayor parte de las veces es innecesaria porque son muchos los virus que causan este tipo de infecciones y que, por ende, no son curables con un antibiótico.

A las prescripciones innecesarias se les suma el mal uso y la distribución sin control que hacen pacientes y farmacias: las dosis y los intervalos de toma son salteados, los antibióticos son auto-recetados o indicados entre amigos, familiares, compañeros de trabajo, y rara vez son consumidos durante el tiempo mínimo que deberían para garantizar su efecto aniquilador.

Sin embargo, a esto se le suman problemas vinculados con la naturaleza misma de los microbios: ellos se van adaptando, van cambiando su modo de vivir y sobrevivir. A medida que entran en contacto con el medicamento que los mata, van teniendo cambios en su estructura, lo que les permite esquivar la acción destructiva. Los mecanismos varían: algunas cepas bacterianas han aprendido cómo expulsar al antibiótico antes de que pueda dañarlas; otras pueden neutralizarlo cambiándolo, de modo tal que no es dañino para los microorganismos; en algunos casos las bacterias mutaron para poder modificar sus estructuras y entonces los antibióticos no pueden reconocerlas o pegarse a ellas. Como sea el mecanismo, los fármacos terminan siendo inútiles. Y ellas, salen fortalecidas.

Cuando un tratamiento con drogas es muy largo, esto ayuda a que la resistencia microbiana se fortalezca. Y es por eso que los expertos en enfermedades infecciosas creen que el camino para mitigar el problema es hallar un equilibrio entre la efectividad de los remedios y el tiempo que son ingeridos o aplicados para pelear contra la infección. Buscan el mayor efecto mortífero en el menor tiempo posible.

Radiografía industrial. El gran problema es que la industria farmacéutica está estancada, ya pasaron treinta años desde que una nueva clase de antibióticos fuera introducida al mercado. Solamente tres de los 41 antibióticos actualmente en desarrollo tienen el potencial de actuar en contra de la mayor parte de las bacterias resistentes.

Si la penicilina fue descubierta en 1928, las investigaciones muestran que las primeras cepas resistentes aparecieron en 1940. La generación de antibióticos lanzados en 1985 fue pronto tapada por cepas de bacterias resistentes tan solo ocho años más tarde.
Según datos de los Centros de Control de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC), se estima que cada año hay en ese país más de dos millones de enfermedades y al menos 23.000 muertes. Frente a esta realidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS), generó una lista de 12 bacterias junto con los respectivos antibióticos a los que ya son inmunes, con el fin de promover la investigación y desarrollo de nuevos fármacos que combatan la resistencia de microorganismos patógenos.

Para comprender y responder mejor a sus principales causas y recopilar información sobre la incidencia, la prevalencia y las tendencias del fenómeno, se puso en marcha el Sistema Mundial de Vigilancia de la Resistencia a los Antimicrobianos (GLASS). “La Argentina ha participado activamente en el desarrollo y consenso del sistema GLASS habida cuenta de que en nuestro país funciona desde 1989 un Sistema de Vigilancia de la Resistencia a los Antimicrobianos (Red WHONET-Argentina) bajo la coordinación del Instituto Malbrán, que reporta anualmente el estado de la resistencia a los antimicrobianos a la Agencia de la OMS para la Región de las Américas (PAHO). A través del GLASS se podrá obtener información sobre los patógenos resistentes que son las mayores amenazas para la salud mundial”, describe Pasteran.
En el caso de la gonorrea, los especialistas piden porque se continúen estudios que quedaron estancados debido a la “falta de viabilidad comercial”. Una de ellas, la zoliflodacina, se congeló en estudios de fase II en el año 2015, ahora los especialistas de a DNDi buscan lanzar ensayos de fase III en Sudáfrica, Estados Unidos y Tailandia para noviembre del 2018.

Con más drogas tampoco alcanzaría. Es necesario, además, tener herramientas diagnósticas rápidas para poder identificar en minutos las cepas de infección bacteriana presentes y los antibióticos a las cuales son susceptibles de ser resistentes. Las pruebas más frecuentes es el estudio de proteína C reactiva y los análisis de orina, que indican si hay una infección presente. Los tests de proteína C reactiva redujeron la prescripción de antibióticos para el tracto respiratorio en un 25 por ciento.

Rastreos genómicos. Hace muy poco, investigadores de la Universidad Saint Andrews en Escocia comprobaron que la resistencia antibiótica de la Staphylococcus aureus o MRSA (que puede causar infecciones en la sangre, neumonía e incluso la muerte) no empezó con el uso del antibiótico más nuevo (la meticilina) sino con la vieja y conocida penicilina.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores analizaron los genomas de cepas congeladas de bacterias MRSA de los años ´60 y ´80. “Hicimos una especie de arqueología genómica, analizando los genomas y comparando las variaciones, en función de reconstruir las historias evolutivas de las cepas bacterianas”, explica Matthew Holden, microbiólogo molecular. Lo que hallaron es que la bateria parece haber adquirido sus genes resistentes actuales ya a mediados de los años ´40, unos quince años antes de que la meticilina llegara al mercado. La respuesta: fue la penicilina la que disparó las mutaciones y es por eso que apenas fue lanzado el antibiótico en 1959 aparecieron las primeras resistencias a la droga.
Parte del desafío científico es, además de nuevos fármacos, mejores tests para identificar cepas resistentes y un cambio en el modo de uso de los antibióticos, empezar a hacer un monitoreo de la genética de las cepas bacterianas que circulan en la actualidad para encontrar qué cambios fueron los que les permiten a las bacterias dañinas enfrentar a los antibióticos apenas son desarrollados.

 

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