Ciencia, Salud / 12 de noviembre de 2017

Últimos estudios sobre la longevidad y los genes: claves para envejecer bien

La expectativa de vida límite es de 115 años. Hábitos que alargan o acortan esta ventana.

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La expectativa de vida es un fenómeno estadístico. Así y todo, usted puede ser atropellado por un ómnibus mañana mismo. O en unas horas”. Es lo que suele decir el estadounidense Ray Kurzweill, científico de la computación, inventor y futurista, que es como se les dice ahora a quienes se especializan en prever cómo viviremos de aquí a algunos años, e incluso siglos. Uno de los ejes de los estudios de Kurzweil, financiado por empresas como Google, es mostrar de qué modo las innovaciones en materia de manipulación genética pueden ayudar a extender la vida humana.

Para él, el progreso tecnológico, dentro de unas pocas décadas, llevará a la siguiente situación: morir será difícil, aunque inexorable. ¿Pero cuán difícil? Si la expectativa de vida es un fenómeno estadístico, ¿qué datos deben ser considerados para calcular el tiempo de vida promedio de los seres humanos? En los últimos veinte años, los avances en las investigaciones genéticas llevaron a conclusiones precisas sobre cuál sería la predisposición de cada individuo para vivir más, o menos.

El trabajo más reciente al respecto acaba de ser dado a conocer por la Universidad de Edimburgo (Escocia), y muestra un posible camino para obtener una respuesta más objetiva sobre este tema. Basado en informaciones genéticas de 600 mil personas, el estudio demuestra, por ejemplo, una alteración que potencia el efecto negativo de alimentos que contienen colesterol malo, como las frituras.

Quien heredó tal configuración puede experimentar una reducción de ocho meses, en promedio, en su expectativa de vida. Eso no implica que esa predisposición en el ADN sea siempre la responsable de disparar o de impedir los malos hábitos en la alimentación.
Otra variación genética, ligada a mejoras en el sistema inmune, produce lo opuesto: un aumento de seis meses en el tiempo de permanencia de una persona en el mundo de los vivos.

La investigación también ratifica el grado de peligrosidad de hábitos como el tabaquismo: el cigarrillo es responsable del 25 por ciento de las muertes por dolencias cardíacas, del 30 por ciento de los fallecimientos por cáncer de boca y del 90 por ciento de los decesos debido a cáncer de pulmón. De acuerdo con el estudio escocés, e independientemente de los trastornos que se originan y desarrollan como consecuencia de la nicotina, cualquier persona que fuma un atado de cigarrillos por día tendrá siete años menos de vida.

“Es fundamental recalcar que a pesar de ser imposible cambiar nuestra herencia genética, no somos esclavos de ella. Podemos resistir los impulsos diseñados en nuestro ADN”, enfatiza el genetista escocés Peter Joshi, a cargo del grupo que hizo el trabajo.
Para contextualizar, Joshi sugiere: “Imagine un hombre con tendencia a consumir más azúcar y practicar muy poco ejercicio, lo que resulta en que tenga menos meses de vida, según lo que indican sus genes. Si no cediese a la tentación, si dejase de comer dulces y empezara a frecuentar un gimnasio con regularidad, ese hombre estaría en condiciones de vencer el supuesto déficit impuesto por sus genes. Y además no podemos dejar de considerar en este cálculo el rol que juega el factor suerte”. Aclara: “Siempre hay excepciones, como aquellos individuos que tienen un estilo de vida nada saludable y aún así llegan a una edad avanzada, y viceversa”.

Para los que no se fían de la fortuna, la investigación ofrece algunos datos sugestivos. Los escoceses descubrieron una serie de variantes que llevan a hábitos saludables, capaces de prolongar la existencia. La predisposición a seguir una dieta con menor cantidad de azúcar y colesterol malo aporta al menos ocho meses más de vida.
Continuar estudiando después de haber pasado la escuela secundaria (aunque suene exótico, la inclinación a estudiar es un hábito que se hereda en un 20 por ciento de los padres), representaría un año extra.

“Al fin de cuentas, lo que más colabora con la longevidad es una buena educación, porque ella ayuda a tener una mayor conciencia de sí y por ende una mayor motivación para vivir mejor”, asegura Joshi.

Techo de cristal

El 4 de agosto de 1997 Jeanne Calment murió en un asilo en Francia. Tenía 122 años y estableció un récord para la longevidad humana, que a partir de entonces generó una duda persistente: si es posible que otras personas superen esa frontera. “Parece muy probable que hayamos alcanzado nuestro límite -asegura Jan Vijg, experto en envejecimiento de la Escuela de Medicina Albert Einstein (Nueva York, Estados Unidos)-. Los seres humanos jamás podremos sobrepasar los 115 años de vida”.

Para hacer una afirmación tan tajante, Vijg y dos estudiantes de posgrado, Xiao Dong y Brandon Milholland, hicieron un estudio cuyos resultados fueron publicados en la revista científica Nature en el 2016 y que despertó un intenso debate entre especialistas. Sin embargo, acaba de ser confirmado por otra investigación, holandesa.

En la actualidad la esperanza de vida en el Japón, país donde aumentó más que en ningún otro lugar del mundo, está establecida en torno de los 83 años. Pero Vijg y sus colaboradores hicieron una revisión vinculada con la sobrevivencia y la mortalidad.

Los científicos diseñaron un mapa referido a cuántas personas de distintas edades estaban vivas en un determinado año. Después, compararon esas cantidades año por año, para calcular cuán rápido crecía la población en cada edad. Y hallaron que la de los ancianos es la porción de la sociedad que más velozmente está creciendo.

En la Francia de la década de 1920, por ejemplo, el grupo de mujeres que aumentó a mayor velocidad fue la de 85 años. Mientras subía la expectativa de vida, esta cifra máxima también cambió. Para la década de 1990, el grupo de mujeres francesas que se incrementaba más rápido era el de las de 102 años. Si esa tendencia hubiera continuado, el grupo con un aumento más fugaz debería haber sido, hoy por hoy, el de las personas de 110 años.

Sin embargo los aumentos se desaceleraron y parecieron haberse detenido. Cuando Vijg y sus estudiantes revisaron la información de 40 países, encontraron la misma tendencia.

El freno

Este cambio en el crecimiento en poblaciones que envejecen de manera constante comenzó a desacelerarse en la década de los ´80 y los científicos calculan que se detuvo hace una década. Esto pudo haber ocurrido, según Vijg, porque los seres humanos finalmente alcanzaron su límite máximo de longevidad.

Para estudiar esta posibilidad en particular, los investigadores analizaron la Base de Datos Internacional de Longevidad, que contiene informes detallados sobre 534 personas que llegaron a vivir una edad extremadamente avanzada. Con precisión, los científicos marcaron el año en que murió cada una de las personas que figuraba en la base de datos, y trazaron la edad máxima que cada quien había alcanzado en cada año desde los sesenta.

Así descubrieron que la edad máxima alcanzada en 1968 fueron los 111 años. Para los noventa, la cifra había aumentado hasta llegar aproximadamente a 115 años. Y allí se detuvo el crecimiento. A pesar de excepciones como Calment, nadie hasta ahora vivió más allá de los 115 años. El estancamiento se da no solo entre quienes más vivieron: “Cuando observas a la segunda persona más anciana, y a la tercera y a la cuarta y a la quinta… la tendencia siempre es la misma”, explica Jan Vijg.

Así fue como la francesa Calment fue calificada como un caso atípico. Según Vijg, la probabilidad de que algún ser humano viva más que ella es inexistente. “Necesitarías 10.000 mundos como el nuestro para tener la posibilidad de encontrar un ser humano que cumpliera 125 años”, asegura. Milholland es igual de tajante: “Esperamos que la persona más anciana tendrá alrededor de 115 años en el futuro previsible”.

El colapso, el destino

La expectativa de vida de los seres humanos fue aumentando a grandes saltos a lo largo del siglo XX, sin embargo, hay científicos que creen que esto no es un movimiento indefinido. Porque, dicen, las mejoras que permiten llegar cada vez más cerca del máximo posible no han logrado detener el proceso biológico que subyace al envejecimiento. Hay un daño que van experimentando el ADN y otras moléculas del organismo, y que se va acumulando. Si un cuerpo es fuerte y saludable podrá ir reparando ese daño pero llega un momento en que es demasiado y la persona colapsa. Ahí es donde entra la máxima aspiración: “Hay una buena probabilidad de mejorar la duración de la salud –dice Vijg-. Eso es lo más importante”.

Desde Holanda, expertos en estadística de las universidades de Tilburg y Róterdam le acaban de dar la razón a este investigador. “Analizamos los datos de las últimas tres décadas sobre una muestra de unos 75.000 holandeses cuya edad de muerte había quedado fehacientemente registrada”, explica John Einmahl, uno de los tres científicos que dirigió el estudio. “En la actualidad vivimos más tiempo, pero los seres humanos más añosos de hoy día no han envejecido más en los últimos 30 años”, asegura.

“La esperanza de vida aumentó y eso se ve en la cantidad de personas que llegaron a cumplir 95 años en Holanda, que casi se ha triplicado. “Sin embargo, el techo en sí mismo no ha cambiado”, advierte, y lo mantiene en el mismo límite que Vijg: 114 años para los hombres y 115 años para las mujeres.

 

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