Cultura / 15 de noviembre de 2017

Viajeros en Rusia

Los primeros testigos de la revolución escribieron textos, hoy clásicos, sobre el cambio de régimen. Aquí, Beatriz Sarlo analiza esos relatos.

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Ser viajero implica una mezcla de ideología y deseos, puntos ciegos y descubrimientos inesperados. Los viajeros ocupan varios lugares al mismo tiempo porque nunca pueden estar del todo seguros de que la perspectiva elegida es la mejor ni la que, finalmente, permitirá la visión más significativa. Dependen del azar. El buen viajero es tan sistemático como improvisador. Tiene que gobernar un conjunto de contradicciones: no perder objetividad, pero tampoco obedecer sin más la prohibición de comprometerse con lo que está viendo; concentrarse en los hechos, sin que eso signifique que los detalles o las grandes líneas de otros acontecimientos se borren de su campo. El viajero tiene que saber moverse frente a lo que ignora o no domina del todo (comenzando por la lengua extranjera).

Optimismo

Imagínense estos requisitos en el escenario turbulento de una revolución en marcha. John Reed, autor de la más famosa crónica sobre 1917, es un arquetipo que ha perdurado hasta hoy: el periodista viajero y comprometido. Con su compañera Louise Bryant, llegó a Petrogrado después de la abdicación del zar. Reed había cubierto la guerra europea, huelgas en Estados Unidos e insurrecciones campesinas en México. Sabía por lo tanto manejarse en situaciones abiertas y complejas. Tenía poco más de treinta años y había conocido el éxito. Formado en la urgencia juvenil del periodismo americano y de la gran crónica con opinión, Petrogrado fue un destino ideal.

Escribía, por supuesto, en primera persona, algo que sólo se acepta de los consagrados o de los periodistas viajeros. En las circunstancias de la guerra, el periodista viajero es un aventurero que traza las primeras líneas de lo que será Hemingway.
John Reed es el narrador “en vivo” de la revolución de octubre. Por eso, fue enterrado junto a la pared del Kremlin y honrado como un héroe. Es el primero de un estilo ideológico-periodístico, que durará décadas. Es un estilo particularmente norteamericano, de los liberales y los progresistas de Estados Unidos. No recusa ni oculta las bases ideológicas de su viaje ni la dimensión política de su crónica.

Por esa razón, “Díez días que estremecieron al mundo” parece tan marcado por el anacronismo. Reed quizá lo supo: “Voy a contar una historia intensificada”, afirma, y, poco más adelante, “probablemente no haya en el mundo un pueblo tan conocedor de la Teoría Socialista y su aplicación práctica”. La hipérbole es necesaria para subrayar la novedad de un paisaje social en erupción, como si el caos que Reed describe en Petrogrado no fuera suficiente argumento de la novedad de su relato. Reed se comporta como el americano progresista, conmovido por el color local del acontecimiento. Vive en estado de experiencia límite.

No sabe ruso. Pero acumula pruebas que son periodísticas notas de color: una muchacha burguesa que regresa indignada a su hogar porque la conductora de un transporte la había llamado “camarada”; la decisión de los mozos de restaurante de rechazar las propinas; los soldados de trinchera que, a la llegada de un desconocido, lo primero que preguntan es si trajo periódicos; la espera, todas las noches, por las noticias y proclamas impresas que llegaban a las esquinas. Reed subraya más el hambre de periódicos que la de quienes hacían filas interminables para obtener media libra de pan o de azúcar.

Un año después, Bertrand Russell opina lo contrario. Es posible que, en esos doce meses, las guerras civiles y el hambre hayan afectado el florecimiento de la prensa. También es posible que Russell fuera un testigo más reflexivo y realista. Como sea, Russell a firma: “Los periódicos están apilados en los lugares públicos, y los que pasan los miran de tanto en tanto. Hay muy poco para leer a causa de la escasez de papel; pocos libros y tampoco hay plata para comprarlos. No se ve gente leyendo”.

Realismo

Emma Goldman, la intelectual y militante anarquista norteamericana, no fue arrastrada por la pasión optimista de Reed. Su viaje a Rusia (deportada desde Estados Unidos) tiene un prefacio donde, a la cabeza del tercer párrafo, como si fuera una indicación a los lectores para que sigan leyendo o abandonen allí mismo, afirma: “Encontré grotesca la realidad rusa, completamente diferente del gran ideal que me había sostenido en la cresta de una gran ola de esperanza”. Emma Goldman llegó a comienzos de enero de 1920 y abandonó Rusia en diciembre de 1921, con la impresión de haber pasado por una experiencia terrible. Los bolcheviques “habían descartado sus falsas plumas” y “a los trabajadores se les había quitado el poder y colocado bajo el yugo del estado bolchevique”.
La diferencia entre el progresista americano y la anarquista intelectual reside en que John Reed no tenía un programa para la revolución, a la que miraba con los ojos de un testigo entusiasmado, pero ignorante. Desconocía las tradiciones políticas. Para él, la revolución era lo que decía ser. Goldman, en cambio, llegaba después de muchas batallas y un ilustrado debate de ideas entre el marxismo y el anarquismo. Sus trayectorias explican la distinta temperatura de sus reacciones.

Por otra parte, “Diez días que estremecieron al mundo” se ocupa de las primeras semanas de la Revolución. Después de ese breve primer período, como todo periodista viajero, John Reed volvió a su país para escribir la crónica que lo hizo célebre. Emma Goldman no había decidido viajar a Rusia, sino que la embarcaron deportada. Reed describe la destrucción de un orden aristocrático, el momento fáustico de la revolución. Emma Goldman llegó un año después cuando el paisaje ya era otro: “Encontré Petrogrado casi en ruinas, como si un huracán lo hubiera barrido. Las casas y calles, desiertas y sucias, sin vida. La población de Petrogrado antes de la guerra alcanzaba los dos millones; en 1920 había disminuido a quinientos mil. La gente se movía como cadáveres vivos; la gran escasez de comida y de combustible desangraba la ciudad; una muerte melancólica había anidado en su corazón”.

La deportada anarquista, en los primeros meses, ni siquiera pudo encontrar a sus camaradas. Son políticos bolcheviques quienes le informan sobre la insurrección del anarco-campesino Makhno en Ucrania. Goldman desconfía de las noticias que recibe sobre esa sangrienta insurrección. A diferencia de John Reed, no es una viajera entusiasta, sino reflexiva. Décadas de conflictos entre marxistas y anarquistas son un fundamento inexpugnable de su cultura. Cada uno viaja con su equipaje de creencias.

Goldman no sólo registra lo que puede entusiasmarla. También menciona a las desdichadas prostitutas de Petrogrado, “un grupo de mujeres amontonadas para protegerse del frio…Se vendían por una libra de pan, un pedazo de jabón o de chocolate. Los soldados eran los únicos que podían pagar este precio porque tenían raciones suplementarias”. Aunque no experimenta una hostilidad sectaria frente a la revolución, atiende particularmente a los escenarios de escasez y de desigualdad. Ve la miseria en las colas del abastecimiento y conoce los privilegios de que gozan algunos de los altos funcionarios: el departamento oscuro del viejo Gorki y el lujoso de Radek, donde se sirve una “cena magnífica que parece extraña en Rusia”. Esos contrastes le indican la temprana construcción de una burocracia. En Moscú, sus visitas a Lunacharsky le confirman que la burocracia soviética ya estaba en condiciones de llevar al fracaso sus mejores proyectos. Los apparatchiki son “un puño de hierro, una máquina”.

Cruces y diferencias

Los viajeros se cruzaban. Es inevitable, porque casi todos ellos eran huéspedes e interlocutores de funcionarios o se desplazaban en delegación. En 1920, Goldman se encontró con John Reed, cuando este regresó a Rusia, convencido de que sólo había que apoyar la revolución que él había contribuido a difundir en Occidente. Goldman reseña también un encuentro con Bertrand Russell quien “rápidamente mostró su independencia y su decisión de investigar con libertad y aprender la realidad de primera mano”. Una pregunta clave indica la profundidad de la experiencia de Goldman: “Esos comunistas con los que hablaba diariamente durante seis meses, gente sacrificada, concentrada en su trabajo, hombres y mujeres que profesaban un alto ideal ¿eran capaces de la traición y los horrores que se les atribuía? Zinoviev, Radek, Zorin, Ravitch y tantos otros que conocí ¿eran capaces, en nombre de un ideal, de mentir, difamar, torturar y matar?”. La cuestión no tardó en evidenciarse incluso para quienes llegaron a Rusia con alguna esperanza. Frente a esta disyuntiva, dos posiciones posibles: la de Reed, que es el oficialismo disciplinado por la teoría de la necesidad; y la de Goldman o Russell, cuyas expectativas se midieron contra aquello que se ponía ante sus ojos.

Bertrand Russell, que había llegado como comunista, sobre el final de su visita, concluye: “De todo esto se ha construido un sistema dolorosamente parecido al gobierno del Zar, un sistema que es asiático en su burocracia centralizada, su servicio secreto y su atmósfera de misterio oficial y de terror. En muchos sentidos se parece a nuestro gobierno en la India. Como ese gobierno, pretende representar la civilización, la educación, la salud pública y las ideas occidentales de progreso”. Algunos principios fundamentales, por los que lucharon también comunistas y obreros, son en Rusia considerados obsoletos o desplazados hacia un futuro lejano. Lenin se lo explicó con fría claridad a Emma Goldman: “La libertad de expresión es, por supuesto, una noción burguesa. No puede haber libertad de expresión en un período revolucionario”.

Hay dos Rusias: la de la promesa y la del pesado imperio de la práctica revolucionaria, las represiones y los fusilamientos; la de la cultura violenta y la del horizonte utopista que predice que la revolución se extenderá hacia Occidente, ese espacio que, según la teoría, debió ser su verdadera cuna.

 

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