Mundo, Opinión / 25 de noviembre de 2017

Elecciones: otro sismo en Chile

Dejando un ballotage con final abierto, el comicio del domingo pasado preanuncia el posible final del duopolio y el centrismo.

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Justo cuando Podemos parece declinar en España, en las urnas chilenas da la gran sorpresa un movimiento inspirado en la fuerza anti-sistema surgida en las plazas tomadas por los “indignados” ibéricos. Y nada menos que en Chile, un país de vocación centrista y obsesión por el equilibrio, al golpe electoral de la primera vuelta lo dio una alianza que reivindica a Pablo Iglesias y ese partido juvenil que, tras su fulgurante irrupción, empezó a retroceder por alabar al chavismo, entre otros desvaríos.

Sorpresa

En las urnas chilenas, la sorpresa no fue que saliera primero Sebastián Piñera y que Alejandro Guillier obtuviera el pasaje al ballotage. Quien sacudió el tablero político fue Beatriz Sánchez, logrando más del doble de lo que vaticinaban todas las encuestas y pisando los talones del candidato de Michelle Bachelet.

La fiebre anti-sistema que recorre el mundo, alteró también el moderado paisaje político de Chile. El movimiento contestatario que se originó en las protestas estudiantiles del 2011 y que lideran el Movimiento Autonomista, de Gabriel Boric, y Revolución Democrática, de Giorgio Jackson, se propone terminar con el duopolio vigente desde el fin de la dictadura, y también reemplazar el modelo económico que delineó Hernán Büchi durante el régimen de Pinochet y que sólo ha recibido tenues retoques. De todos modos, Boric, Jackson y la candidata Beatriz Sánchez son merecedores de un gran respeto social. Además, al movimiento lo bautizaron Frente Amplio, pensando más en la centroizquierda que lleva años gobernando Uruguay, que en los muchachos españoles de Podemos. Ergo, el anti-sistema en Chile no tiene nada que ver con el anti-sistema ultraderechista europeo, ni desvaría como el partido que formó Pablo Iglesias en España.

Aún así, no le será fácil al candidato de la centroizquierda absorber el grueso de los votos frenteamplistas para ganarle a Sebastián Piñera en la segunda vuelta.

Ninguno de los dos la tendrá fácil. Los votos dejaron en las urnas una cuadratura de círculo. Tanto Piñera como Gillier quedaron obligados a una suma que parece imposible: recoger sufragios de extremos y del centro al mismo tiempo.

Piñera quedó obligado a conquistar ese siete por ciento del electorado que acompañó al ultraconservador José Antonio Kast. Apoyado por agrupaciones religiosas como Schoenstatt, ese ex miembro de la Unión Demócrata Independiente (UDI) levanta banderas ultra-católicas al mismo tiempo que reivindica la dictadura de Pinochet. Por eso, para Piñera lanzar su discurso a la pesca de los votos de Kast podría espantar los cardúmenes centristas que necesita en su red para ganar el ballotage.

En jaque

El ex presidente quedó obligado a un movimiento difícil: buscar votos en la derecha extrema y en el centro, dos espacios incompatibles. La misma disyuntiva le toca a Guillier. El candidato de Nueva Mayoría debe absorber los pocos votos democristianos que obtuvo Carolina Goic; retener los que lo acompañaron a él y también lograr que vuelvan a la centroizquierda los sufragios que en la primera vuelta se fueron con el candidato de la centroderecha. El problema es que, al mismo tiempo, Guillier necesita conquistar la casi totalidad de ese 20% de votantes que optaron por Beatriz Sánchez.

El gran cambio producido en la política chilena está resquebrajando el monocorde tablero político que mantuvieron durante casi tres décadas las alianzas derechistas de la UDI y Renovación Nacional (RN), por un lado, y por el otro el centrista Partido Demócrata Cristiano (PDC) y el Partido Socialista.

El duopolio fue la consecuencia de la fuerte gravitación del centro. Pues bien, la irrupción de protagonistas más extremos está poniendo en jaque al centrismo de Chile.

¿Cómo seducir a los que quieren patear tableros, sin sacar los pies del centro? Esa es la cuadratura de círculo que Piñera y Guillier deben resolver. El que lo logre, ocupará el despacho principal de La Moneda.

El sismo político que resquebraja el duopolio de la estabilidad, derribó una sensación que estaba instalada en Chile y la región: la idea de que el segundo gobierno de Bachelet fracasó por intentar un abrupto giro a la izquierda.

Esa idea del fracaso surge de comparar su deslucido final, con una aprobación social inferior al 30%, con el rutilante final de su primer gobierno, con una popularidad que merodeaba el 80%. Pero lo claramente erróneo es la idea del abrupto giro a la izquierda, en referencia al ambicioso programa de reformas que impulsó y que logró imponer sólo parcialmente.

El error no fueron las reformas, sino haber impulsado demasiadas en muy poco tiempo, produciendo un atragantamiento institucional y una imagen de caso gubernamental. Y no constituyeron un giro abrupto hacia la izquierda, sino el intento de dar los pasos que separan a Chile del desarrollo económico.

Agenda

La gratuidad en la educación universitaria y la reforma tributaria tendiente a generar más equidad, así como las reformas destinadas a la ampliación de derechos en individuos y grupos sociales, implican tomar una dirección que no acerca Chile a los totalitarismos comunistas ni a los autoritarismos populistas, sino a las democracias desarrolladas del norte occidental.

Desigualdad y amplias franjas de trabajadores mal remunerados es lo que motoriza economías como la china y la vietnamita, lideradas por partidos comunistas. Las reformas de Bachelet estaban inspiradas en Canadá, Nueva Zelanda y Europa, no en Cuba o el chavismo.

Chile es el país latinoamericano que más se aproximó al desarrollo. Los pasos que aún lo separan de ese estadio, son los que no se habían intentado en las valiosas décadas de gobiernos centroizquierdistas, incluyendo el interregno continuista de Piñera, y que en su segunda presidencia Bachelet intentó con acotado éxito.
Si su plan de reformas hubiera sido un giro ideológico, no hubiese irrumpido con tanto vigor una fuerza anti-sistema a la izquierda de la coalición que lidera la presidenta. Ni siquiera el díscolo Partido Comunista, aun habiendo sido incluido en la coalición de gobierno, cesó sus protestas ni dejó de correr por izquierda a la médica socialista.

Si hubo un giro a la izquierda, los izquierdistas no se dieron cuenta. Por eso terminó tan débil un gobierno de intención tan genuinamente progresista.

*Profesor y mentor de Ciencia Política, Universidad
Empresarial Siglo 21.

 

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