Mundo, Opinión / 9 de diciembre de 2017

Trump desquiciado: el Presidente norteamericano alimenta las dudas sobre su aptitud para el cargo

Mientras el Rusiagate avanza, Donald Trump alimenta el fantasma.

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En la larga lista de estropicios causados por dichos y gestos de Donald Trump, uno de los más reveladores es el choque con el gobierno británico que provocó al retuitear un mensaje islamófobo.
¿Revelador de qué? De la gravitación que un grupo extremista y racista ejerce sobre el magnate inmobiliario que preside el gobierno norteamericano.

Desde las diferencias entre Churchill y Franklin Roosevelt sobre las tratativas con Stalin, siempre hubo situaciones de altísima complejidad afectando la relación entre los gobernantes de Estados Unidos y Gran Bretaña. Desacuerdos entre los estrategas de la CIA y el MI-6, y diferentes posicionamientos frente a los numerosos conflictos que se daban en el marco de la Guerra Fría, perturbaron decenas de veces el vínculo entre la Casa Blanca y el 10 de Downing Street.

Historia

Uno de los ejemplos más traumáticos fue la guerra de 1956 en Egipto, sacudiendo la relación entre Anthony Eden y Dwight Eisenhower. Para el primer ministro británico, se justificaban las acciones bélicas contra la nacionalización del Canal de Suez dispuesta por Nasser; pero el presidente norteamericano lo obligó, igual que a De Gaulle, al cese inmediato de la ofensiva que Gran Bretaña y Francia habían emprendido contra Egipto sin consultar con Estados Unidos.

Lo que jamás había ocurrido es una crisis en la relación de los mandatarios provocada por una banalidad que, por un lado, revela una pavorosa desubicación del jefe de la Casa Blanca, mientras que, por otro lado, expone la influencia que ejerce sobre su mente una organización absolutamente despreciable.

Igual que Eden, Theresa May encabeza un gobierno conservador. La diferencia es que su choque contra un presidente norteamericano fue causado por una razón desopilante: Trump se hizo eco de los mensajes segregacionistas de un grupo que ha inspirado crímenes raciales y políticos en Gran Bretaña. El presidente norteamericano retuiteó mensajes de “Britain First” (Gran Bretaña primero), la agrupación ultraderechista que se opone a la inmigración, promueves deportaciones en masa para depurar racialmente al Reino Unido y promovió el voto por el Brexit.

“Britain first” fue, precisamente, lo que gritó el lunático que acribilló a balazos a la joven legisladora laborista Jo Cox, matándola porque ella hacía campaña por la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea.

Enredado. Además del fuerte cortocircuito con Londres, el retuit de Trump evidenció la fuente que inspiró la consigna principal de su gobierno: “America primero”.

Trump sigue dando razones a quienes, en algún momento, podrían impulsar su destitución por incapacidad mental para ejercer la presidencia. La cantidad de razones que abalarían esa moción es tan grande, o más, que las razones para promover un juicio político por colusión con el Kremlin para vencer a Hillary Clinton. Y eso que la “trama rusa” sigue avanzando y carcomiendo esa legitimidad que también carcomen las constantes exhibiciones de mediocridad, de negligencia y de indigencia moral.

La confesión de Michael Flynn tiene aspecto de recta final hacia el impeachment. El ex consejero de Seguridad Nacional ya admitió al Fiscal Especial del caso, haber mentido al FBI y al vicepresidente Mike Pence sobre la verdadera naturaleza de sus encuentros con el embajador ruso Sergey Kislyak. También dijo que lo hizo respondiendo a la orden de “entablar contacto directo” con el Kremlin y que esa orden provino del círculo más íntimo del entonces candidato republicano. Puntualmente, de Jared Kushner, el yerno y mano derecha de Trump.

Con semejante confesión y con un incorruptible como Robert Mueller a cargo de la investigación, es posible imaginar que el caso ruso puede dejar afuera de la Casa Blanca al primer presidente norteamericano que también es susceptible de ser destituido por acumulación de conductas inadecuadas para ejercer el cargo.
Hasta el momento, la forma de subsanar la incapacidad de Trump en un tablero internacional plagado de encrucijadas, ha sido encapsularlo, dejando que a la política exterior la decida el propio secretario de Estado, consultando con el Congreso.

Es posible inferir que Rex Tillerson llegó al gobierno debido a la influencia de Vladimir Putin sobre Trump. Estuvo años dirigiendo la filial de Exxon en Rusia y fue condecorado por el jefe del Kremlin con la “Orden de la Amistad”. Pero también es posible que, precisamente por su tan evidente relación personal con Putin, Tillerson haya decidido sobreactuar independencia respecto a Moscú.