Mundo / 16 de diciembre de 2017

Jerusalén en el centro del mundo

El anuncio de Trump disparó el conflicto entre israelíes y palestinos. Las hipótesis sobre una decisión polémica.

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Uno de los grandes aportes de Isaiah Berlin fue su Teoría de las Verdades Contradictorias. Dos argumentos totalmente contrapuestos pueden ser verdaderos; ergo, no hay una sola respuesta verdadera para cada problema humano y, hallada ésta, deben ser rechazadas como falsas todas las que se le contrapongan. Esta clave de interpretación de la realidad que aportó el filósofo británico es útil en la cuestión Jerusalén.

Ningún pueblo en el mundo tiene un vínculo tan antiguo y profundo con una ciudad, como el que tienen el judaísmo con Jerusalén. Basta ver la cantidad de veces que la urbe aparece mencionada en el Antiguo Testamento y las más de mil veces que la menciona el Talmud, para avizorar la ancestralidad y profundidad del vínculo. Sin embargo, la verdad de este vínculo no invalida la verdad del vínculo palestino ni resta veracidad a la posición de la ONU insistiendo en mantener las embajadas en Tel Aviv hasta que ambos pueblos completen la aplicación de la resolución del año 1947 y acuerden el estatus definitivo de Jerusalén.

Que ese estatus aún esté en un limbo para el derecho internacional no sólo es consecuencia de la intransigencia de Benjamin Netanyahu. Los primeros en no reconocer la resolución que creaba dos estados, impidiendo el nacimiento del Estado palestino, fueron los vecinos árabes que iniciaron la guerra de 1948, dejando la ciudad dividida entre Israel y Jordania.

También tuvo responsabilidad Yasser Arafat al rechazar en el Camp David II, en el año 2000, las propuestas que le hizo Ehud Barak concediendo una porción de la ciudad como capital de los palestinos.
Por cierto, Netanyahu congelando las negociaciones y plagando de asentamientos el lado oriental de la ciudad y buena parte de Cisjordania, acrecentó el aislamiento internacional de la posición israelí.

¿Sirve para revertir ese aislamiento la decisión anunciada por Donald Trump?

Revés

¿Fue un favor a Israel o fue un abrazo del oso?
A simple vista, el anuncio de Trump causó más riesgos y cuestionamientos que beneficios al Estado judío. Un presidente desprestigiado internamente y a nivel mundial, sólo consiguió que respalde públicamente su decisión un criminal impresentable, como el presidente filipino Rodrigo Duterte. Lo demás, fue críticas.
Desde la dirección de la OTAN y la ONU, hasta gobiernos aliados y conservadores como el británico, el alemán y el español, rechazaron la decisión de Trump. ¿Resultado? Se puso sobre el tapete un tema que Israel prefiere fuera de la agenda internacional.

De ese modo, como desde lo visible resulta difícil de entender el favor de Trump al país que pretendió beneficiar, es posible que la explicación de esta paradoja se encuentre en una dimensión no visible.

Dicho de otro modo, para dilucidar la lógica de trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, se puede plantear una hipótesis optimista y una hipótesis patética. La hipótesis optimista es que Netanyahu se dispone a relanzar la negociación de paz próximamente, anunciando una concesión importante a los palestinos. El anuncio sería bien recibido por la comunidad internacional y permitiría avanzar hacia un acuerdo final, que alumbre un Estado palestino.

Con vistas a esa gran concesión, Netanyahu buscó un blindaje a la soberanía israelí sobre la totalidad de Jerusalén, manteniéndola como capital “indivisible”.

Esta hipótesis es optimista porque presupone que el anuncio de Trump tiene una lógica dentro de la búsqueda de un acuerdo de paz, y que esa lógica implica una concesión que tendría importantes beneficios para los habitantes de Cisjordania y Gaza.

De ser ésta la lógica del sacudón causado al statu quo, se supone que los estados árabes con los que Israel tiene buenas relaciones (Jordania y Egipto) y la potencia sunita con la que ha tejido acuerdos para frenar la influencia iraní, Arabia Saudita, habían sido informadas con antelación de que Trump anunciaría la mudanza diplomática.

Los hechos dirán si esta teoría se acerca a lo correcto, o si la hipótesis más cercana a la verdad es la que resulta patética. La veracidad de esta segunda hipótesis deviene de la naturaleza comprobable de Trump, que no es precisamente la de un lúcido estratega, sino la de un pateador serial de tableros.

Promesa

Quienes lo apoyan, dicen que Trump no hizo más que cumplir con lo que él mismo prometió en la campaña electoral, que fue hacer efectivo lo resuelto por el Congreso en 1995 y nunca cumplieron sus antecesores. Al respecto, hay que aclarar que esa promesa en la campaña electoral fue para contrapesar las críticas que surgieron en la vasta comunidad judía norteamericana al trascender que el ideólogo de Trump era Steve Bannon, un notorio antisemita. Y que el Congreso resolvió reconocer a Jerusalén como capital de Israel, sin descartar que una parte de la ciudad sea también capital de los palestinos, en un escenario diametralmente opuesto al actual.
Los presidentes norteamericanos habían pospuesto efectivizar aquella decisión del Capitolio, llevando la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, hasta que la negociación palestina-israelí alcanzara un acuerdo que incluya la creación de un Estado palestino.

En 1995, cuando el Congreso votó la postura que alude Trump para justificar su decisión, se trataba de premiar el giro copernicano de Israel, bajo el liderazgo de Yitzhak Rabin, al admitir a la OLP y a Yasser Arafat como interlocutores y al realizar las negociaciones secretas de Oslo que desembocaron en la Conferencia de Madrid y el inicio de las tratativas de paz entre Israel y la ANP.

El momento que eligió Trump para “ayudar” a Netanyahu, está en las antípodas del optimismo mundial reinante en los noventa sobre la cuestión palestina-israelí. Por las radicalidad de algunas facciones palestinas, pero también por la dureza de Netanyahu y la continuidad de la fragmentación de Cisjordania debido a la construcción de asentamientos contra la voluntad internacional, el anuncio de Trump parece explicarse por una hipótesis patética: ayudar a un premier israelí jaqueado por denuncias de corrupción, a cambio de que influyentes lobbies en Estados Unidos obstruyan el impeachment que le pisa los talones a Trump.

 

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