Economía / 1 de febrero de 2018

Estado de bienestar: Cómo volver a crecer

El camino del desarrollo en el siglo XXI exige revisar los diagnósticos que la economía tradicional planteó sobre la riqueza y su reparto.

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La gente suele tener ideas demasiado simples acerca de fenómenos complejos. Tomemos por caso lo que se piensa acerca de qué está compuesta  la riqueza y de cómo se crea. Se me ocurre que una gran cantidad de personas dirán “de dinero”.   En cambio muy pocas pensarán en la riqueza como un agregado de ladrillos, cemento, acero, zapatos, bienes y servicios recreativos, servicios públicos y privados, alimentos, fármacos, productos químicos, mobiliario, flujos de transporte, automóviles, aviones, satélites, puentes, celulares, computadoras, redes y otros bienes y/o servicios.

En economía es usual pensar que si el mercado de ladrillos deja de ser rentable a causa de que nadie ya los demanda, los inversores buscarán otros bienes donde resguardar o crear valor. Para la mayor parte, ello se resuelve en el mercado y éste terminará ajustando las ofertas y las demandas de distintos bienes a través de precios y procesos adaptativos e innovativos. Cuando ello no ocurre se producen las crisis. Éstas pueden ser cortas o largas. Las explicaciones dominantes son básicamente tres: a) los precios de algún bien no bajan lo suficiente (el ejemplo típico es el salario cuando existe desempleo según el enfoque neoclásico); b) los inversores presienten que no recuperaran su dinero, ergo no invierten y hacen caer la demanda agregada de bienes y servicios, lo que requiere de intervención estatal a través de la expansión del gasto público (enfoque keynesiano) y c) las crisis son intrínsecas al capitalismo y algún día entrará en su crisis final (enfoque marxista).

Por supuesto, estas frases son exageradas simplificaciones de un acervo de literatura muy compleja. Cada corriente provee recetas: una aboga por menos intervención del Estado; la otra por una intervención oportuna para evitar ciclos que conllevan desempleo y sufrimiento humano; la tercera luchar contra el capitalismo y construir el socialismo (aunque el propio Marx difícilmente adheriría a tal simplismo). En todo caso, repito, la gente suele tener ideas muy simples acerca de fenómenos extremadamente complejos. Un caso típico al respecto lo es el de la pobreza. Para unos depende de la falta de esfuerzo y mérito individual; para otros es producto del capitalismo y punto. Para algunos más, hasta un aspecto inevitable de la condición humana, desigual por razones biológicas, culturales, históricas, políticas y sociales.

Enfoque alternativo

El propósito del libro que he escrito (“Cómo lograr el Estado de bienestar en el siglo XXI. Pensamiento económico, desarrollo sustentable y economía mundial (1950-2014)”) es precisamente intentar lidiar con estas cuestiones desde otra perspectiva. Mi hipótesis central, desarrollada ya a mediados de los noventa,  se basa en los vínculos interactivos, evolutivos  y dinámicos entre urbanización, crecimiento económico y cambio tecnológico.

En primer lugar se pone de manifiesto que la riqueza, sea como acervo (o riqueza acumulada en el tiempo), sea como flujo temporal (por ejemplo, medida mediante el indicador de producto interno bruto o PIB) es una variable mutante. Esto hace que casi todo análisis de los equilibrios de mercados o de las relaciones típicas que se establecen en la ciencia económica, tales como  relaciones capital producto; productividad del trabajo y otras, se refieran a cosas distintas cualitativa y cuantitativamente a lo largo de períodos de tiempo que pueden ser más bien cortos o de mediano plazo y no necesariamente “históricos” o de muy largo plazo. Así las suposiciones de que si cae la demanda de ladrillos, el flujo anual de riqueza anual por ellos creados será reemplazado por la creación de riqueza proveniente de cualquier otro tipo de bien o servicio, debe dar cuenta también de que las personas involucradas en la producción de ladrillos y todas sus tecnologías asociadas, deban y puedan ser reconvertidas para producir estos otros bienes o servicios. Caso contrario quedan fuera de uso, fuera del mercado.

Pero el tiempo en que dicha reconversión ocurre es clave para explicar las crisis económicas y la pobreza; crisis que no son finalmente sino la interrupción del constante proceso de creación anual de riqueza y por ende de un determinado flujo de empleos y trabajos a realizar.  Ahora bien, mientras que a nadie parece preocuparle demasiado esto, habiéndose naturalizado como parte intrínseca del progreso material y tecnológico propio de la modernidad capitalista o aún socialista, pareciera ser que nadie tampoco  ha tomado cuenta de la magnitud del problema cuando en vez de considerar un bien como los ladrillos, pensamos al proceso de creación de ciudades como un bien altamente complejo, de gran peso dentro de la creación total de riqueza y cuya demanda se estanca o bien tiende a decaer de modo inevitable.

Por este motivo en el libro se examinan estas cuestiones mostrando que las dinámicas de urbanización ocurridas entre 1950 y la actualidad pueden contribuir a explicar tanto los grandes ciclos de bonanza, como aquellos otros de débil crecimiento y falta de convergencia entre el producto generado por los países desarrollados y todo el resto del mundo. El énfasis es puesto, en particular, en lo que ha significado la urbanización de Asia, en particular la de China,  convirtiéndose en “la gran fábrica del mundo”.

Fenómeno que logró hacer converger a las economías en desarrollo como nunca había ocurrido tras el estancamiento de la otra gran fase urbanizadora ocurrida tras la finalización de la segunda guerra mundial y que duró -en su fase dinámica- hasta finales de los setenta. A modo de ilustración se muestra, por ejemplo, cómo la demanda de ciertos materiales como el acero, o de bienes de capital que los países desarrollados vendían a China (mientras se constituía en dicha “gigantesca fábrica”), se fue desacelerando a medida que el proceso de urbanización de dicho país también lo hacía, explicando así el estancamiento productivo en los países desarrollados aún antes de que estallara la crisis financiera global de 2008. Crisis que, por otra parte, he anticipado en dos obras anteriores escritas en el año 2000 una y en 2003 la otra, cuando aún siquiera el fenómeno del ingreso de China a la Organización Mundial del  Comercio había ocurrido o bien  mostrado sus posteriores impactos.

Así el trabajo muestra también que mientras que el diseño de nuevos productos e innovaciones se fue concentrando en los países desarrollados en unas cien ciudades que representan una ínfima parte de la población urbana mundial, los bienes allí concebidos y diseñados se producen en los grandes centros urbanos a lo largo y ancho del planeta y son consumidos por el conjunto de la población urbana mundial (y aún parte de la población rural a escala global).

Las asimetrías en los gastos de investigación y desarrollo son tales, que es muy difícil pensar en que la mera innovación y el emprendedurismo, logren, en los países no plenamente desarrollados, crear corrientes de riqueza semejantes a las que cada nación logró crear en el pasado justamente porque parte de la creación de dicha riqueza estuvo vinculada al crecimiento urbano- el mismo compuesto por el uso de materiales, mano de obra y tecnologías vinculadas a la propia creación de ciudades-. Es decir la novedad del enfoque reside en mostrar que los procesos de urbanización ellos mismos- y al margen de las razones primarias que los han originado-, han sido una importante parte integral de la creación de riqueza global, tal como la medimos desde 1950 a la fecha.

Empezar de nuevo

Es que cuando la creación de riqueza alcanza niveles aceptables y las perspectivas de que estos flujos pueden ser sostenidos en el tiempo no están en duda, una parte de ella puede ser distribuida hacia bienes públicos sin tantas dificultades. Es precisamente el consenso social de que tal redistribución es beneficiosa, lo que ha permitido crear las instituciones propias del Estado de Bienestar y establecerse como un contrato social intermedio entre una plena igualdad en el plano material y una desigualdad extrema que surgiría del sólo actuar de voluntades individuales maximizadoras de beneficios. Bien lo saben las naciones desarrolladas en las cuales el nivel del gasto público constituye una media del 45% y llega en su máximo  hasta un 57 % de su PIB.

Y he aquí que el libro propone precisamente que una de las formas de recuperar el Estado del Bienestar en el Siglo XXI a nivel global y para las naciones que presentan dificultades para sostener la creación de sus flujos de riqueza por razones ajenas a su falta de capacidad creativa o dotación de recursos, podría consistir en un proceso de reurbanización sustentable, donde el bien común referido a bienes, servicios y a seres humanos de carne y hueso vuelvan a jugar un rol central.

Así la propuesta nace del propio diagnóstico, uno en el cual se muestra, entre otras cosas,  que la pobreza estructural en áreas urbanas es una lógica consecuencia del propio proceso de urbanización, en tanto entre las cosas que los habitantes rurales vinieron a hacer a la ciudad fue precisamente construirlas. Sus hijos y nietos sin embargo, nacieron en esos ámbitos y en ellos jamás pudieron gozar de la igualdad de oportunidades, pues éstas requerían de un umbral previo de hábitos y conocimientos que sus padres ni necesitaron, ni tuvieron y a pesar de ello pudieron progresar. Nuestras instituciones ignoraron esas diferencias. Al no brindar una educación apropiada a tal desigualdad, la profundizaron.

El aprendizaje en el trabajo siquiera fue posible. La presente propuesta reside en lograr que la sociedad ofrezca trabajos adecuados a lo que esta gente hoy marginada sabe y puede hacer, integrándose en cadenas de valor vinculadas a una gran diversidad de actividades que las ciudades, si desean ser sustentables, deberían poder ofrecer.

*Economista y vicerrector de la Universidad Nacional de Río Negro.

 

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