Mundo, Opinión / 10 de febrero de 2018

El mundo y un 2018 al límite

Peligro de guerra nuclear en el este asiático, y el riesgo de un choque en Oriente Medio.

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Tengo miedo…Estamos al límite”, fueron las palabras de Francisco. El Papa se refería a una guerra nuclear y se expresaba de este modo ante los periodistas, en el avión que lo llevaba a Chile. No fue extraño lo que dijo, sino como lo dijo. Había repartido unas fotos de Nagasaki, por lo tanto hubo premeditación en un pronunciamiento más acorde a un documento del Vaticano convocando, por caso, a los líderes de todas las religiones a reclamar la destrucción de las armas nucleares.

No obstante, es más importante “lo” que dijo que “como” lo dijo. Y lo que Francisco dijo, hablando como un parroquiano a sus amigos en una mesa de café, es lo que un jefe de la iglesia dice sólo si cuenta con elementos que lo avalan. El Vaticano es un buen punto observación político. A su cúspide llega información clave. Por lo tanto, seguramente el peligro al que se refirió el pontífice es de una inmensa gravedad.

La escalada de tensión en la península coreana es lo que más arrastró al mundo hasta el borde del abismo nuclear. Kim Jong-un probó en el último año que posee decenas de bombas atómicas, incluida la termonuclear. También demostró poseer misiles intercontinentales, a los que sólo les falta calibrar el reingreso en la atmósfera sin desintegrarse. Pero sobre todo, demostró que está dispuesto a que Corea del Norte sea aceptada como súper-potencia nuclear, por ende no negociará, como hicieron sus antecesores, el arsenal norcoreano a cambio de prebendas y ayudas económicas.
Este rasgo del hombre fuerte de Pyongyang hace temer que no habrá un acuerdo como el negociado por su abuelo, Kim Il-sung, con el presidente surcoreano Roh Tae-woo, por el cual el régimen norcoreano suspendió su programa nuclear y los Estados Unidos retiraron sus ojivas atómicas de Corea del Sur al comenzar la década del noventa.

Herencia

El fundador del hermético régimen que impera al norte del Paralelo 38, está embalsamado en el mausoleo de Kumsusan, mientras su nieto eleva la tensión hasta niveles similares a los que hicieron estallar, en 1950, la guerra de Corea.

La diferencia es que, en las actuales circunstancias, una nueva guerra no sería como la que libraron el general MacArthur y Kim Il-sung. Será una guerra nuclear. Y la posibilidad de que se produzca no sólo está dada por el lunatismo del actual líder norcoreano. También lo potencia el hecho de que en la Casa Blanca no haya un estadista, sino un personaje como Trump; mientras que en el gobierno de Japón (país al que sobrevolaron varios misiles norcoreanos) está Shinzo Abe, un nacionalista que quiere reconstruir el poderío militar nipón, dotarlo de bombas atómicas y responder con la fuerza al régimen de Pyongyang.

Sin embargo, cuando la tensión alcanzaba niveles escalofriantes, Kim Jong-un sorprendió con una jugada inesperada. Dejando en evidencia la mediocridad de Trump, que respondió a un mensaje suyo en el que aludía a un “botón rojo” diciendo que él tenía “un botón rojo más grande y poderoso”, el líder norcoreano entreabría una puerta al diálogo directo con Seúl. Esta fue la parte del mensaje de Kim que supo leer el presidente surcoreano, Moon Jae-in, organizando en tiempo récord las negociaciones que acordaron la participación norcoreana en los Juegos Olímpicos de Invierno. Más allá del fuerte contenido simbólico del aspecto deportivo, dejó planteada una futura negociación sobre cuestiones militares.

Por cierto, el régimen de Pyongyang no avanzó tanto en su programa nuclear para terminar negociándolo tan alegremente. Más lógico es pensar que la estrategia de Kim es ganar tiempo, dividiendo el frente de potencias enemigas que integran Estados Unidos, Japón y Corea del Sur. Aún siendo así, haber salido de esa espiral de tensión ha sido una buena noticia para la región y el mundo.

Oriente

Una guerra nuclear no sólo exterminaría cientos de miles de personas. También generaría un trauma mundial de inconcebibles consecuencias. Pero no es el único peligro de guerra en gran escala. Siria parece deslizarse desde un conflicto catastrófico, a otro diferente y potencialmente más devastador. Y el 2018 comenzó con una señal muy clara de ese riesgo: la “Operación Rama de Olivo”. Así llamó Turquía a los bombardeos y la incursión de su ejército contra las fuerzas kurdas de Afrín, en el norte de Siria. Los combatientes kurdos habían cumplido un rol clave en la lucha contra ISIS, tanto en Siria como en Irak. Rusia se había entendido con ellos y, junto con el régimen de Damasco, adoptó una actitud muy cautelosa para negociar. Moscú y Damasco intentarían evitar una escisión de Siria para que nazca un Kurdistán en el norte, pero concediendo un nivel autonomía significativo.

Eso es lo que no acepta Turquía. No quiere otra autonomía kurda (ya existe la de los kurdos del norte iraquí) en sus fronteras. Y el presidente Recep Tayyip Erdogán sorprendió a Vladimir Putin aventurándose en una acción militar no acordada.

Turquía no sólo creó tensión con Rusia y su protegido sirio: el régimen de Bashar al Asad. También quedó enfrentado a Estados Unidos, la potencia que los kurdos tienen como principal aliada.Siria en particular y el Oriente Medio en general son escenario de una superposición de conflictos. El conflicto regional tiene como principales protagonistas a Irán y Arabia Saudita. Pero hay un segundo círculo donde merodean rusos y norteamericanos, con aliados diferentes. Aunque la incursión turca en el norte sirio es un doble desafío. Por un lado, Erdogán desafía al Kremlin, pero es más peligroso aún su desafío a Washington. Los kurdos fueron los grandes aliados de Estados Unidos en el conflicto contra ISIS. Atacarlos, como decidió hacerlo Turquía, implica la tensión más grave entre dos socios de la OTAN.El paso que dio Erdogán en Siria parece el primer paso de Turquía para abandonar la alianza atlántica.

 

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