Mundo, Opinión / 24 de febrero de 2018

La ley de las masacres

El fundamentalismo detrás de la patología que recurrentemente sacude a Estados Unidos. Y una sociedad enamorada de sus armas.

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Con diecisiete tumbas recién cavadas en el cementerio de Parkland, se abría una feria de armas en Miami.

A una hora de distancia de la escuela donde un lunático acribilló alumnos y profesores, decenas de stands exponían y vendían fusiles, pistolas y municiones de todos los calibres. La vedete de la feria fue el AR-15, fusil semiautomático fabricado por Colt y usado por el autor de la masacre. Es la versión civil del M-16, el fusil que usan los marines en las guerras.

Una libido fría destellaba en los ojos de quienes miraban y acariciaban esas armas. A la misma hora, en Parkland y otros rincones de Florida, miles de jóvenes exigían el fin del statu quo que posibilita las masacres.

La semana cerró con una marcha estudiantil en Washington contra la legislación sobre la venta de armas. Por cierto, a esa altura los poderosos lobbies de las armas ya repetían como un mantra lo que invocan cada vez que se produce una masacre: la segunda enmienda de la Constitución.

Resulta increíble que, con tantas decenas de muertos en un puñado de décadas, todavía tenga efecto un argumento tan cuestionable por ser, en definitiva, absurdo como todo fundamentalismo.

El fundamentalismo religioso es el apego a los fundamentos de una creencia, aplicando literalmente lo señalado en los textos sagrados. Ergo, el fundamentalismo rechaza las interpretaciones actualizadas de esos textos redactados en tiempos remotos, que se expresan mediante parábolas y simbolismos. Por ese rechazo a la racionalidad de la interpretación en los distintos tiempos y circunstancias, el fundamentalismo conduce al fanatismo.

Del mismo modo actúa la interpretación literal del fundamento constitucional del derecho ciudadano a poseer armas en Estados Unidos.

En el pensamiento jurídico norteamericano, el fundamentalismo se encuadra dentro de la corriente “originalista”. El originalismo es la doctrina que considera que la Constitución tiene un sentido fijo e invariable. Una concepción estática que abraza principalmente el conservadurismo.

La segunda enmienda se incorpora, a través de la Carta de Derechos, en la Constitución que había entrado en vigencia pocos años antes. Se trata de un artículo redactado en 1791, una época en la que las armas existentes eran los mosquetes, los trabucos y los sables.
Para efectuar cada disparo, el tirador debía introducir la una munición por el extremo del calibre, empujarla con una varilla hasta la recamara, cargar pólvora en el detonador y recién entonces gatillar.

Casi medio siglo pasó hasta que Samuel Colt inventó el revólver que podía disparar seis balas con sólo gatillar, inspirándose durante un viaje en barco en el rodillo que recoge el ancla y en el timón de la nave. Smith & Wesson sumó diseños a las pistolas con tambor y, promediando la segunda mitad del siglo XIX, la Winchester Repeating Arms Company creó el primer fusil de repetición con recarga mediante la acción de una palanca.

La segunda enmienda que hoy defienden al pie de la letra la Asociación Nacional del Rifle (ANR) y otros grupos ultraconservadores, se refiere a armas y tiempos totalmente diferentes a estas armas y estos tiempos. Al incorporarse en la Constitución, había un Estado recién creado por la revolución contra la tiranía de un reino de ultramar, por eso daba al ciudadano el derecho a armarse para revelarse contra otro eventual tirano que usurpara el poder.

Desde fines del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX, ese Estado se expandió hacia el Oeste. Pero el proceso no fue como “la conquista del desierto” argentina, donde el ejército exterminó a los indios de la Pampa y la Patagonia, repartiendo luego las tierras entre los coroneles y generales que la conquistaron. En Estados Unidos, la conquista del Oeste Medio y el Lejano Oeste se realizó a través de colonos. Del Estado sólo recibían el derecho a poseer tierras que arrebataran a los nativos y defendieran de los intentos indígenas de reconquista.

A los pequeños pueblos que nacían en “the wild and far west”, el Gobierno apenas las proveía de un sheriff con pocos asistentes. Por eso en aquellas tierras desamparadas, el ciudadano tenía la necesidad de defenderse con sus propias armas.

Estados Unidos creció hasta el Pacífico con colonos que defendían sus haciendas con el Winchester en la montura y el Colt en la cintura. Por cierto, también proliferaron aventureros y forajidos de la peor calaña. De todos modos, está claro el tiempo, la realidad y el tipo de armamentos a los que se refiere esa segunda enmienda, tan esgrimida después de cada masacre.

Traerla a la actualidad como hacen los defensores del acceso irrestricto a las armas, resulta descabellado. Ciertamente, las recurrentes masacres revelan también la existencia de otras patologías norteamericanas que son del último medio siglo.
Cuando apareció la ametralladora Thompson, a las masacres no las cometían civiles con perturbaciones mentales, sino mafias que manejaban destilerías clandestinas y policías que las combatían.

Fue a partir de la guerra de Vietnam que comenzó el flagelo de las masacres porque sí. Lo que está claro, es que el acceso a las armas de guerra las posibilita y aumenta la frecuencia con que ocurren.
La cuestión no es el derecho a tener armas. La cuestión es el derecho a tener arsenales que incluyen fusiles con los que es fácil provocar masacres. La insólita interpretación “originalista” de una enmienda constitucional dieciochesca, sigue imponiéndose en el Congreso porque hay organizaciones que financian campañas electorales y compran de ese modo la obstrucción legislativa a las reformas que cambien el statu quo.

Trump es uno de los políticos que sirven al armamentismo civil. Por eso, en su mensaje sobre Parkland se limitó a dar condolencias y a señalar que el problema son las enfermedades mentales.
Poco antes, en su primer discurso sobre el Estado de la Unión, en el capítulo referido a la violencia en la sociedad, dedicó largos minutos a hablar de las maras. Días antes, un sicópata había disparado a mansalva sobre los asistentes a un festival musical en Las Vegas, dejando más de setenta muertos. Pero sobre esa masacre, el presidente no dijo nada.

 

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