Ciencia / 24 de febrero de 2018

Psicología y neurociencia: la felicidad se construye

Según estudios, está influida por los genes, el medio ambiente y la calidad de la interacción social. El factor dinero.

Por

¿Es inevitable terminar el período de vacaciones arrastrando los pies, como quien camina por el patio de una prisión? ¿Con ese cierto bajón anímico que prologa al comienzo de las actividades cotidianas de un nuevo año por delante? Según ciertos estudios científicos sí, y todo se debe a la acción del hipotálamo. Es en esa región del cerebro donde se procesa la gratificación instantánea, como por ejemplo la alegría encapsulada que una apersona siente cuando escapa de la rutina, frente al mar, la montaña, la selva o una ciudad turística. No es la felicidad duradera, sentimiento que se deriva de un grupo diferente de neuronas.

Los descubrimientos sobre esta geografía cerebral forman parte de diversas investigaciones científicas que analizan, a la luz de la neurociencia y de la psicología, la manera en la cual el organismo y el medio social, juntos, predisponen a las personas a ser felices. O no.
Hay algo que quienes se dedican a hacer estas investigaciones aseguran: que la mitad de la propensión de una persona a sentirse feliz viene determinada por la genética. Es a través de los genes que se heredan las tendencias a desarrollar trastornos mentales y ciertos rasgos de personalidad, como la agresividad o la sociabilidad, que influyen sobre el bienestar y la satisfacción personal. Pero la genética no es destino. Hay al menos un 50 por ciento de felicidad que depende o que deriva de factores externos.

La rusa Sonja Lyubomirsky, profesora de Psicología en la Universidad de California (y una de las mayores autoridades mundiales en estos estudios) divide así esa mitad influida por el medio ambiente: de un 8 por ciento a un 15 por ciento de la sensación de felicidad dependen de aspectos sobre los cuales las personas no pueden tener un control total, como por ejemplo el casamiento, los hijos, el trabajo y el dinero. El resto está relacionado con la forma en cómo cada individuo encara los acontecimientos que se le presentan en la vida.

Es decir que las personas pueden, al menos en parte, conducir su existencia en la dirección de aquello que las hace felices.
¿Pero qué hace feliz a cada quien?

Uno no es igual a muchos

La felicidad individual, esa que los científicos están concentrados en estudiar, no es la que aparece durante la celebración del fin de una guerra, ni en la conquista de un campeonato mundial de fútbol. Esa felicidad precisa ser construida y cultivada sobre una base que mezcla instinto y racionalidad. Su secreto aún no ha sido develado (probablemente nunca lo sea) pero grupos de científicos tratan de decodificar sus bases a través de una investigación que la Universidad de Harvard (Estados Unidos) lleva adelante desde hace casi ochenta años. El estudio acompaña la vida de trecientas personas y de sus descendientes, y lo que ha encontrado hasta ahora es que el factor en común entre los individuos felices es la calidad de sus relaciones, sean familiares, amorosas o de amistad. “Aquellos que se nutren de relaciones satisfactorias presentan niveles más bajos de estrés”, explica el director del estudio, Robert Waldinger.

Si parte del enigma de la felicidad está en las buenas compañías, alcanzarla no es algo simple. Las relaciones satisfactorias y placenteras exigen dedicación. También es esencial una buena dosis de sutileza, como la identificación de límites, por parte de ambas partes, y el reconocimiento de las demostraciones de sentimientos.
El estadounidense Martin Seligman, considerado el padre de la psicología positiva, que estudia la felicidad, dice que “las personas más felices son extremadamente sociables y, en su mayoría, casadas”. Pero todo depende de la calidad del matrimonio, porque pocas relaciones tienen un carácter tan multifactorial como el casamiento. Es una sociedad sexual, financiera, romántica, familiar. Si no produce satisfacción, nadie será feliz.

Las investigaciones también muestran que tener un propósito en la vida es un componente fundamental de la felicidad. La lógica es cristalina: cuando las personas tienen un objetivo, más sencillo les resulta sobrevivir al tedio y a las situaciones desagradables de la vida cotidiana.

En ese punto, quien tiene fe lleva una buena ventaja. “La religión une las necesidades humanas de propósito y de socialización. Además de eso, la mayoría de las doctrinas estimulan los sentimientos positivos, recurso poderoso para concentrar la mente en las cosas buenas del presente”, argumenta la especialista Flora Victoria, desde la Universidad de Pensilvania. Y advierte: “Pero, como el matrimonio, la religión es un elemento de circunstancia, una especie de facilitador. Es perfectamente posible construir buenas relaciones y encontrar significado a la vida, fuera de ella”.

Subidas y bajadas

El interés de la ciencia en la felicidad es reciente. Hasta hace poco tiempo era la tristeza lo que los científicos buscaban develar, y eso derivó en un conocimiento más profundo sobre la depresión, la neurosis y las paranoias. La voluntad de ser feliz permanecía en un nivel abstracto, tema de los filósofos, de la literatura, de cierta música.

Hace 24 siglos, Aristóteles decía: “Es difícil saber si la felicidad es una cosa que se puede aprender, o si se adquiere por hábito o algún otro ejercicio, o nos llega por algún favor divino”.

Con la difusión del cristianismo, ganó fuerza la doctrina de que la alegría duradera no pertenece a este mundo. Lo más cercano que el tema estuvo de la ciencia fue a través de las observaciones de Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, que en la década de 1930 consideraba que la felicidad era un estado huidizo, inalcanzable plenamente debido al conflicto entre los deseos del ser humano y las imposiciones de la sociedad.

Solo a comienzos de este siglo XXI la psicología positiva se consolidó y la felicidad entró en el radar de los científicos. Es muy difícil para la neurología definir un concepto tan subjetivo. Pero los especialistas aseguran estar en condiciones de afirmar cuáles son las áreas del cerebro involucradas en el proceso y, además, qué estímulos provocan sensaciones de bienestar más duraderas.

En el hipotálamo actúa la dopamina, neurotransmisor ligado al sistema de recompensa: una persona come chocolate y se siente en el séptimo cielo. Esa sensación, pasajera, es muchas veces seguida de un malestar, como sucede con las drogas psicoestimulantes. Martin Seligman compara: “Es como tomar un helado de vainilla. El primer bocado será maravilloso. El sexto, ya no tendrá gracia”.

Por más que esas experiencias sensoriales (incluyendo estar muy apasionado o apasionada por alguien) provoquen euforia, las investigaciones demuestran que la felicidad de verdad requiere una satisfacción general con la vida, un sentimiento que la mente procesa de un modo totalmente diferente.

Situado en el centro de la mitad inferior del cerebro, el hipotálamo almacena los recuerdos visuales. La amígdala, su vecina, les da valor sentimental. Uniendo las dos funciones, definimos si una experiencia es buena o mala. Falta traer eso para el presente, y ahí es donde entra en escena el lóbulo frontal, la estructura en la cual se procesan el discernimiento y la razón.

Es así como, por ejemplo, que las memorias felices de un niño en vacaciones junto a la playa con sus padres (y las sensaciones de libertad, alegría, seguridad) se adaptarán a otras situaciones a lo largo de la vida, promoviendo la ambicionada felicidad duradera. Las personas de mayor edad tienen mayor facilidad para elaborar las experiencias de forma positiva. La felicidad es, primero, un producto de la razón.

Otra tendencia típica en la búsqueda de la felicidad que la neurología descubrió tiene un efecto nulo es condicionarla a acontecimientos futuros, y por ejemplo creer que alguien será feliz si llega a tener una casa en la playa, o a vivir en Mónaco, o a ganar doscientos mil pesos por mes.

Extremos

El psicólogo estadounidense Dan Gilbert, de Harvard, comparó el cerebro de personas parapléjicas con el de otras que habían ganado la lotería. Y descubrió que, pasados dos años de la paraplejia o de haber ganado el dinero, el nivel de satisfacción personal era exactamente el mismo: la tragedia había suavizado sus contornos y la euforia había disminuido.

“Sabemos que el 75 por ciento de las personas vuelven a ser felices hasta dos años después de haber sufrido grandes traumas. Es como si la mente tuviese un sistema inmunológico”, afirma Gilbert.
En la misma órbita circula la relación entre el dinero y la felicidad: una vez cubiertas las necesidades comunes, tener más o menos en la cuenta bancaria no hará diferencia.

El premio Nobel de Economía Daniel Kahneman cuantificó esa conclusión. Según sus conclusiones, a partir de una renta anual de sesenta mil dólares (mediana, en los patrones de los Estados Unidos), los bienes materiales dejan de influir en la felicidad.

Pero lo que falta decir en este caso es que la sensación de felicidad de individuos que viven dentro de una sociedad será mayor o menor según el medio ambiente en el que viva. ¿Es posible que tener ingresos menos abultados sea menos determinante, según se hable de una comunidad con mayor bienestar general o de otra cuya comunidad carece de redes de sostén?

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *