Opinión, Sociedad / 10 de marzo de 2018

Eduardo Feinmann y las “Feminazis”

Este término despectivo, aparte de frivolizar los episodios más espeluznantes del siglo XX, nada tiene de nuevo ni de autóctono.

Por

Fotografía de Mario De Fina.

En las horas previas a la imponente marcha del 8M, ciertas versiones del ultrafeminismo se hicieron notar en las redes sociales proponiendo que no asistieran varones o que, si lo hacían, lo hicieran calladitos la boca o bien ateniéndose a rajatabla a las consignas establecidas. Dichos grupos (por suerte minoritarios pero muy activos, provocadores y ruidosos hasta el punto de la acción directa) suelen escudarse en supuestas purezas ideológicas que, en realidad, no expresarían otra cosa que un sectarismo revanchista ante todo lo que huela a masculino, noción que mete en la misma bolsa, incluso, a mujeres de pensamientos menos extremos. Más que el enemigo, confunden el problema. Se transforman en el espejo de lo que juran combatir. Lenin les podría haber diagnosticado la “enfermedad infantil del feminismo”. Eduardo Feinmann las popularizó mediáticamente como “feminazis”.

Empecemos por aclarar que el término despectivo “feminazis”, aparte de frivolizar los episodios más espeluznantes del siglo XX, nada tiene de nuevo ni de autóctono. Lo “inventó” en 1992 el locutor estadounidense Rush Limbaugh, de reconocida formación conservadora-republicana, para desacreditar a las abortistas radicalizadas de su país. Fiel a su personaje radial-televisivo, el amigo Feinmann tomó prestada la expresión y sectores del feminismo racional cayeron en la trampa de demonizarlo, simplificando hasta el absurdo la complejidad de un debate global con aristas históricas, culturales, económicas, políticas, sociales, sanitarias, psicológicas y, en sus contornos más dramáticos, policiales y judiciales. Quienes ven en Eduardo Feinmann el rostro macabro del enemigo pierden de vista que su audiencia forma parte de una sociedad diversa cruza-da por prejuicios, creencias, miedos y tabúes para la cual las soluciones drásticas, vehementes, verborrágicas y ni qué hablar violentas suelen generar un naturalizado rechazo a los cambios sin red.

Ciertos extremismos pueden terminar adquiriendo un valor histórico. Pensemos en los comuneros franceses, los ludistas ingleses, los chisperos criollos. Tal vez sin ellos la democracia, los derechos sociales y nuestra independencia no hubiesen existido. O hubieran tomado otros caminos. Fueron cuña. Abrieron paso. Despabilaron. Eso sí: también metieron miedo en su concreto aquí y ahora. Claro que adjudicarse un lugar destacado en la Historia sólo por volar puentes con quienes debe tendérselos, suena más bien a monumental disparate.

Es hora de ser democráticamente honestos. Estamos abriendo esta etapa de las discusiones de género no sólo con el beneplácito sino con el impulso del Presidente menos pensado al respecto. La rebelión de las mujeres viene tutelada. Hay que saber aprovecharlo. Se trata de consolidar y ganar derechos.

 

*Jefe de Redacción de NOTICIAS.