Cultura, Música, Teatro / 28 de marzo de 2018

Nacha, la dueña del café concert

Nacha Guevara es una artista completa que volvió a La Trastienda para cantar las viejas canciones y evocar el café concert.

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El Instituto Di Tella duró apenas 12 años, entre 1958 y el cierre abrupto por el gobierno militar de Onganía en el ’70. Impulsado por una empresa privada, se convirtió en un espacio de vanguardia, por momentos elitista, por momentos naif, que marcó una época y que permitió la experimentación en música y artes visuales, la mezcla de estilos, la convivencia entre la canción pop y hippismo con lo más cerrado de la música contemporánea. Macció, Pérez Celis, Polesello, Minujín, León Ferrari, Jacoby, Iris Scaccheri, Romero Brest y Ginastera fueron sólo algunas de las muchísimas grandes figuras del arte argentino que hicieron parte de aquel proyecto que molestaba a los dictadores sólo a fuerza de expresarse libremente.

Nacha Guevara, jovencita, flacucha y curiosa, con una voz distinta que en principio le hizo ganar la crítica dura de prestigiosos críticos como el recordado Ernesto Schoo, fue parte de aquello. Los ’60, con sus búsquedas estéticas, sus rebeldías, sus ganas de ruptura, son, hoy, un recuerdo lejano para quienes los vivieron de cerca y parte de la historia para los jóvenes. Y Nacha, que ha recorrido un larguísimo camino, que ha sabido de éxitos y de fracasos, idolatrías y persecuciones, teatros llenos y exilios, jurados televisivos y candidaturas testimoniales, tuvo ganas de evocarlos.

“Las canciones que nunca volví a cantar” –pese a que haya algunas en el espectáculo que se escapan a la regla– es básicamente un recuerdo para aquella década tan importante para la cultura occidental y tan significativa para la vida sociopolítica argentina. Sólo acompañada por el pianista José Tambutti, repasa temas que muy pocos recuerdan y casi todos desconocen. Están, por ejemplo, su versión argentinizada de “La mala reputación” de George Brassens, las ingenuas –o “medio boludas”, como ella misma sugirió– “Buenas tardes muchos quimbos” o “Lamento indio”, las composiciones de Jorge de la Vega “Proximidad” –un bolero que resistió bien el paso del tiempo– y “Diamantes en almíbar, “La doble 00” de Schoo, “La mucamita” y “Yo te nombro libertad” –otras sendas traducciones de originales de Fragson/Cellarius y Paul Éluard respectivamente–, etc. Para el cierre se reservó algo más cercano en el tiempo, como “Te quiero”, “Fuimos los patitos feos”, “Aquí estoy” –del que fue uno de los mejores espectáculos de su vida–, “Mi ciudad” y un final con “No llores por mí Argentina” de Lloyd Webber, curiosamente sobre la proyección del afiche de la obra “Eva” de Favero/Orgambide.

El chiste sobre que Nacha no envejece hasta perdió sentido y no hay modo de suponer los 77 años que tiene. Su manejo del escenario sigue siendo impecable. Su garganta ha resignado algunos sobreagudos y para los memoriosos eso quizá le haya hecho perder parte de su fuerza. Pero en este estilo café concert que decidió evocar es, como siempre, una artista gigante que hace olvidar felizmente algunos fallidos pasos televisivos.

Volvió Nacha con un espectáculo intimista que rescata viejas y olvidadas canciones de la época del Di Tella. 22 y 29 de marzo, en La Trastienda de San Telmo.

 

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