Política / 8 de abril de 2018

Inés Weinberg de Roca: Secretos de la Procuradora elegida

El lado oculto de la favorita del Presidente. Hijo en el Gobierno. Su relación con el ministro Garavano.

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Un batallón de mujeres avanza a paso decidido hacia el hogar de Francisco. Son los últimos días del otoño vaticano y los fríos aires de Europa empiezan a correr, por lo que las señoras se protegen con finos abrigos. El espectáculo es inédito para el lugar. Como provienen de todas partes del mundo, algunas llevan pañuelos sobre la cara, otras se cubren el cuerpo con largas sedas, mientras que unas eligen gorros originales o llamativos collares. Un periodista italiano, curioso ante el heterogéneo grupo, quiere saber quiénes son. “Invitadas del Sumo Pontífice”, le contesta un empleado.

Al frente de las casi veinte mujeres, que van a dormir en la residencia de Santa Marta durante cuatro días, se destacan dos: Alejandra Gils Carbó, en ese entonces procuradora, y al lado Inés Weinberg, con quien ahora Mauricio Macri sueña para ese cargo. Durante cuatro días la predecesora y la posible sucesora comparten alojamiento, charlas de café y el coloquio de juezas y fiscales que organizó la Pontificia Academia de Ciencias. Ellas, dicen quienes presenciaron esos encuentros, tuvieron un trato muy amigable, a pesar de que en ese momento ya sonaba una para reemplazar a la otra, asediada por el oficialismo hasta hacerla renunciar. “Parece honesta”, destacan del lado de la última funcionaria del kirchnerismo, que en breve comenzará a dar clases en posgrados. Menos de seis meses después, la ignota jueza que se paseaba en el Vaticano cerca de Gils Carbó está a unos pasos de ser la nueva jefa de los fiscales. ¿Será Justicia?

Barro. Hasta que Macri no pronunció su nombre por televisión, anunciándola como su candidata a la Procuradoría General de la Nación, ni la sociedad ni gran parte del macrismo sabían quién era. “El Presidente se cansó y decidió él”, grafica un asesor sobre la tensa paridad que había entre los candidatos, cada uno apoyado por un sector del oficialismo, a suceder a Gils Carbó. Fue un deja vú casi exacto de lo que ocurrió cinco años atrás.

Era fines del 2013 y las sesiones en la Legislatura estaban a punto de terminar. Inés Mónica Weinberg de Roca, ahora al borde de los 70 años, venía de vivir tres años y medio en Arusha, Tanzania, y dos en La Haya, donde intervino como magistrada de la ONU para dictaminar sobre asesinatos masivos en Ruanda y luego en la ex Yugoslavia. “Me templó el espíritu”, solía decir Weinberg, que además contaba con la experiencia como profesora en destacadas universidades y su labor como jueza nacional en Argentina. Con esa sangre fría encaraba las negociaciones para que los diputados porteños aprobaran su pliego para ocupar un cargo vacante en el Tribunal Supremo de Justicia de la ciudad.

Tenía, además, algunos contactos a su favor. Había conocido al actual Presidente sudando en el gimnasio Ocampo Wellnes Club de Barrio Parque, donde Macri enamoró a Juliana Awada y donde también entrenaban Horacio Rodríguez Larreta y Guillermo Dietrich. “No eran amigos ni tenían o tienen un vínculo social”, dicen cerca del Presidente. Sin embargo, esa no es su única relación destacada. En los noventa entabló un vínculo con Germán Garavano, cuando este era un novato fiscal de la ciudad y la esposa de Eduardo Roca (ver recuadro), funcionario de cuatro dictaduras distintas y nieto del hermano del ex presidente, ya trabajaba como jueza en ese distrito. Esta conexión fue clave para Weinberg cuando logró el cargo en el TSJ, que por primera vez en su vida la obligó a meterse de lleno en el barro de la política. “Ojo: ella no le debe sus cargos al Presidente ni a nadie, tiene una trayectoria tremenda”, dicen cerca de Weinberg.

“Rosqueó muy bien”, afirma un ex legislador opositor al macrismo, que vivió en carne propia los intentos de seducción política. En el fin de aquel año, la doctora se paseó por los pasillos de la Legislatura, intentando sumar votos. En esa batalla fue clave Germán Garavano, en ese momento al frente del Ministerio Público porteño, que la asesoró en un terreno que ella desconocía. “Venía, se presentaba, contaba su currículum. Eso no te movía necesariamente el voto, pero sí acercaba. Me sorprendió”, completa el antiguo diputado. Un sólo traspié tuvo en aquella elección que se aprobó raspando, con los mínimos 40 votos que necesitaba, incluyendo cuatro apoyos claves de Proyecto Sur: Rafael Gentili, también de esa bancada, la denunció públicamente por cobrar un sueldo de la ONU –2.400 dólares por cada caso que presidía y 600 dólares cuando opinaba–, a la vez que quería sumar el del TSJ, en contradicción con lo que determina el artículo 14 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que impide que los jueces tengan otro sueldo además del de su cargo, salvo que sea por la docencia. “Mi cargo en la ONU nunca fue un secreto”, fue la escueta respuesta que dio Weinberg, que siguió trabajando para ese organismo hasta el 2016. En esos años, ya en el TSJ, tuvo dos fallos claves a favor del macrismo: aprobó el uso de las pistolas Taser por parte de la Policía, y los habilitó a pedir el DNI sin ningún motivo en especial. “Delinea un perfil de Justicia conservadora, peor en términos de derechos civiles y sociales”, dice Gentili.

Cuando Macri la impulsó para la Ciudad, el PRO se hallaba en la misma encrucijada que cuando tuvo que ponerse de acuerdo para suceder a Gils Carbó: cada grupo amarillo tenía sus propios intereses. Por un lado está el sector duro de José Torello y el abogado Fabián Rodríguez Simón, y por el otro los operadores Daniel Angelici, Enrique “Coti” Nosiglia y el peronista Juan Manuel Olmos, que siempre influye en temas judiciales. Tanto en el 2013 como ahora, ninguno de los dos sectores pudo imponer a sus candidatos y Macri apareció con una “tapada”, Weinberg, ajena a todos, para terminar con la lucha interna. “Es lo que más le gusta al Presidente: que venga de afuera de la familia judicial, que no tenga deudas pendientes”, dicen desde la Jefatura de Gabinete. Sin embargo, fiel al estilo de Macri de dar por un lado y quitar por el otro, ya resuena en los pasillos la posible designación de Raúl Plee, hombre de Angelici y de Comodoro Py, para tener un cargo importante en la nueva Procuradoría. “Si eso pasa, Plee, fiscal hace casi tres décadas, la camina a Weinberg en semanas”, asegura un operador judicial macrista.

Identikit. La candidata de Macri tiene la determinación que su apellido y su carrera indican: es coqueta, refinada, calculadora, inteligente. Hábil: triunfó como jueza local, en los pasillos de la Legislatura, en África y en Europa. Habla cuatro idiomas y quiere avanzar. El tiempo, como a muchos de alta alcurnia, no le pesa tanto y resiste con gracia y casi sin arrugas el paso de los años. “Una señora cheta de Barrio Norte”, la describe, con saña, uno de los que quedó herido en la carrera por el cargo, que, quizás a sabiendas, ubicó correctamente la vivienda de Weinberg a cuadras de la TV Pública. Su casa no es la única señal de status: según su última declaración jurada, tiene un patrimonio de $11 millones, más dos autos y dos departamentos.

“No va a hablar”, dicen los colaboradores de la letrada. Quizás Weinberg no tenga tiempo: si, como aspira el oficialismo, su pliego se trate en el Senado dentro de dos meses, la posible futura procuradora tiene que volver a hacer sonar las puertas en breve. En el peronismo ya se relamen con la idea de sacar un buen rédito político a cambio de aprobar a Weinberg. Sin embargo, a la candidata de Macri no se la conoce por aflojar.