Opinión / 15 de abril de 2018

Dos décadas del indestructible Bafici

El gran evento del cine independiente cumple 20 años. Ha resistido crisis y gobiernos. Los jóvenes son su público más fiel.

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Esta semana comenzó la vigésima edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. Es decir, hace veinte años que vamos por los cines encontrando, sobre todo, las películas que no aparecen nunca en nuestro cada vez más concentrado y deteriorado sistema de exhibición comercial. Había una vez un lugar común que decía que Buenos Aires era una gran ciudad cinéfila, pero eso es una mentira atroz hoy: no hemos visto en cine casi películas de Johnny To, de Hong Sangsoo, de Stéphane Brizé, de Jia Zhangké, de Raúl Ruiz. Si no fuera por el Bafici, jamás se habría estrenado una película de Michael Haneke. Si no fuera por Bafici, vaya uno a saber qué habría sido de “Mundo Grúa” y de su realizador, Pablo Trapero. Si no fuera por Bafici, no habríamos podido saber en esta “cinéfila” Buenos Aires en qué andaban Abbas Kiarostami, Béla Tarr, Bruno Dumont, José Luis Guerín o Christian Petzold. Bafici es una isla de diez días donde podemos, aún, saber qué pasa en el mundo del arte más importante -y aún popular- del siglo XX y del XXI.

Es repetido, pero Bafici es uno de los eventos cinematográficos más importantes del calendario internacional. Varios realizadores que se consagraron en Cannes o Venecia, empezaron aquí, como la japonesa Naomi Kawase, el tailandés Apitchapong Weerasetakhul, o el francés Laurent Cantet. Pero sabemos que los premios son pura fama (no siempre ganan las mejores películas ni los mejores directores). Lo que hace relevante al Festival consiste en su capacidad de soplar las telarañas de nuestras pantallas durante diez días. También, haberse transformado en caja de resonancia y semillero de un cine argentino que, hace veinte años, volvía a despertar de su diletancia y escasez gracias a una generación de directores que entendía -entiende- el cine. El cuarto de millón de entradas vendidas cada año (a veces más) demuestra que existe, de paso, un público que necesita mirar más que superhéroes, secuelas o efectos especiales. Que no están mal, pero no pueden ser plato único. De paso: la mayor concurrencia del Bafici la constituye gente joven. Eso también es relevante.

Este año se habla de la película de catorce horas de Mariano Llinás (en realidad un conglomerado de cinco films que se verá en tres partes), “La flor”. O de las visitas del rey “trash” John Waters -cosa curiosa: aquí solo se estrenó una de sus películas, porque el moralismo bobo ha hecho estragos en esta sociedad- y del gran cineasta francés Phillippe Garrel. Pero lo más importante es que hay cuatrocientas películas de todo el mundo, de todo tipo, ejercicios personales e intensos que nos demuestran que el cine es otra cosa, incluso un refugio.

¿Saben qué? En 2002, cuando la Argentina se caía a pedazos, contra viento y marea se hizo el Bafici. Había gente en los pasillos para ver la monumental “Satantagó” de Béla Tarr, seis horas de película. O la serie “La Commune”, de Peter Watkins, sobre la revolución en París de 1871. O el documental de cinco horas “Spiritual Voices” de Alexander Sokurov. El cine se transformó en esos diez días prodigiosos en el lugar donde todavía se podía respirar esperanza. Todas las funciones se llenaban: fue un tiempo excepcional donde la demolición se quedaba afuera, donde se ponía en marcha la alegría de ver películas y de encontrarse con amigos para construir el propio viaje por ese mar inabarcable que es la grilla de cada edición. Esa idea de isla, de refugio, de espacio de verdadera resistencia cultural -no la declamada desde ideologías en el fondo reaccionarias- permaneció con coherencia a pesar de cambios de administraciones y direcciones artísticas. La continuidad del Bafici es la de quienes lo construyen año a año. Y de los espectadores.

Dicho esto, hay mucho para ver y recomendar es algo imposible. Lo mejor es tomar la grilla, ver títulos y horarios, arriesgarse y entrar. Incluso si la película que le toque no le guste, podrá conversar con alguien, encontrar una pista hacia otra cosa, pensar el mundo de otra manera. Bafici es de lo mejor que tenemos en Buenos Aires y cada año nos da motivos para recordarlo. El cine forja memoria, y este Festival crea una especial, no contaminada por lugares comunes. Deje de lado los prejuicios y pruebe: va a ser mucho más feliz que quien todavía cree que la muestra es sinónimo de aburrimiento y pose, cuando es pura libertad a veinticuatro cuadros por segundo.

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