Mundo / 23 de abril de 2018

Grieta brasilera: Reinventando a Lula

La izquierda ahora idolatra al líder que cuestionaban, y los liberales critican a quien elogiaban. Ninguno lo describe acertadamente.

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El encarcelamiento de Lula puso a las grietas de toda Latinoamérica a supurar rencores y delirios. El obrero que llegó a la presidencia de Brasil, comenzó a ser manipulado ni bien los jueces supremos le bajaron el pulgar. Cada bando interpreta, desde sus filias y fobias, al líder del Partido de los Trabajadores (PT). Y esas interpretaciones deforman la realidad.

Curiosamente, para las izquierdas que abrazaron el populismo agresivo y para las derechas recalcitrantes, Lula da Silva es un izquierdista de alto voltaje que hizo populismo desenfrenado. Los dos extremos del arco político coinciden en el mismo error. Unos describen lo que aman y los otros describen lo que odian, pero ninguno describe al verdadero Lula.

El verdadero es el que gobernó con lucidez y pragmatismo. No se parece a Fidel Castro ni a Hugo Chávez. Se parece, más bien, al líder socialdemócrata que reafirmó a España en el capitalismo con Estado de Bienestar, incorporándola a la OTAN para que pueda ser parte de la Comunidad Europea.

Lula fue el Felipe González de Brasil. O sea, el socialdemócrata pragmático que supo sacar de la pobreza a millones de personas, sin atacar a las empresas sino, por el contrario, entusiasmando al empresariado para que se vuelque de lleno a la inversión. Cuando Fernando Henrique Cardoso transitaba su segundo y último mandato, sabía que su mejor sucesor sería Lula, porque un gobierno del PT que no se apartara de los lineamientos macroeconómicos que él había comenzado a trazar desde que era ministro de Hacienda del presidente Itamar Franco, era lo que faltaba para consolidar la confianza de los inversores y del capitalismo mundial en el rumbo de Brasil.

No se equivocó. El gobierno de Lula continuó por el camino trazado por su antecesor liberal. La diferencia es que, además, implementó políticas sociales exitosas y procuró que el crecimiento económico (también favorecido por el precio de las commodities) dinamizara la movilidad social.

Lo logró. El de Luis Inacio Lula da Silva fue un capitalismo exitoso en muchos sentidos.

Todo al revés. Como “Felipillo” en España, el primer presidente obrero de Brasil despertaba rencores en la izquierda de su propio partido, mientras entusiasmaba al empresariado. Lo mismo ocurría a nivel mundial y latinoamericano. Lo elogiaban más el FMI y los empresarios, que los intelectuales, sindicalistas y dirigentes de izquierda.

Desde la intelectualidad izquierdista, Atilio Borón describió sus dos mandatos afirmando que los caracterizó un “posibilismo conservador”. Desde la misma vereda, el politólogo Franck Gaudichaud, experto en movimientos revolucionarios latinoamericanos, afirmaba que Lula había “renegado de los ideales del PT de 1980, para poner la estabilidad macroeconómica y los intereses del capital muy por encima de las reformas sociales prometidas”. Usó además la palabra “inmovilismo” para describir aquellos gobiernos del PT

Por su parte, los economistas de izquierda decían que si bien Lula había mejorado la renta de los pobres, había mejorado mucho más las ganancias de los ricos, acrecentando la brecha social.

La izquierda en general mostraba desconfianza hacia aquel presidente brasileño tan elogiado por los organismos multilaterales de crédito, los empresarios y los mandatarios de las potencias de Occidente.

Ahora, las izquierdas que desconfiaban del Lula presidente, aman al Lula encarcelado, mientras los empresarios que ahora odian al Lula encarcelado, antes elogiaban al Lula presidente.

El propio líder del PT ha empezado a re-describirse. Una vez dijo que él no era de izquierda. Pero es lógico que ahora adopte el relato del perseguido por su ideología y por haber ayudado a los pobres. Cuando detienen, juzgan o encarcelan a un líder liberal, derechista o centro-derechista, también denuncia conspiraciones. No existe el político que no se victimice cuando lo juzgan y condenan.

Las izquierdas hablan de Lula como si no vieran la cantidad de capitalistas millonarios y de dirigentes conservadores que el Lava Jato encarceló. Tampoco ven los presidentes destituidos, condenados y encarcelados en Perú. No hablan de Pérez Molina en Guatemala, o del millonario neoliberal ex presidente panameño Ricardo Martinelli. No dijeron ni “mu” de la condena que una corte norteamericana aplicó al ex presidente boliviano Sánchez de Lozada, por la masacre de la que fue responsable en Bolivia, durante la llamada “guerra del gas”. Y más allá de la región, tampoco ven la detención del ex presidente conservador francés Nicolás Sarkozy, ni el encarcelamiento con condena de 24 años a Park Guen-hyi, la ex presidenta centro-derechista de Corea del Sur, entre otros casos.

Efecto Moro. En rigor, fue el probable vedetismo de un juez quizá embelesado de sí mismo, lo que le regaló al populismo agresivo y a la izquierda ideológica un héroe que antes cuestionaban. Con Dilma Rousseff injustamente destituida por un impeachment impresentable, y con el turbio Michel Temer convirtiendo la presidencia en una guarida protegida por legisladores corruptos, no es el mejor momento para que la justicia se vuelva implacable e impiadosa con Lula.

Mucho más si al encarcelamiento lo dictan por una causa con más indicios que pruebas.

Las delaciones premiadas y los indicios pueden ser útiles en una investigación judicial, pero no pueden reemplazar a las pruebas. Y ese reemplazo parece intentar Sergio Moro con el tríplex de Guaruyá, generando la sensación de que hay ensañamiento con el ex presidente.

Los empresarios metalúrgicos paulistas que padecían al dirigente sindical que encabezaba huelgas y protestas, coincidían en describirlo como un duro negociador y un dirigente combativo, pero un hombre honesto que no pedía coimas y cumplía firmemente con los acuerdos alcanzados en las negociaciones.

Sería curioso que el hombre que rechazaba sobornos cuando era pobre, los haya aceptado cuando era presidente y una figura política respetada y popular en buena parte del planeta.

Al contrario de otros ex presidentes de la región, no está claro que Lula haya incurrido en enriquecimiento ilícito. Lo que parece claro es que mantuvo, y quizá acrecentó, un esquema de financiación ilegal de la política que lo antecedía.

También lo mantuvieron sus antecesores, pero eso no hace a Lula menos responsable de esa maquinaria de repartir, entre dirigentes de todos los partidos, el dinero que pagaban en sobornos algunas grandes empresas brasileñas como Odebrecht, Andrade Gutiérrez y OAS.

Tarde o temprano, tiene que pagar por esa responsabilidad. Pero los jueces que lo quieren preso ahora, seguramente saben que un sistema electoral que obliga a invertir fortunas para poder participar en cualquier competencia electoral, no tardará en producir nuevos esquemas de financiación ilegal de la política.

Deberían también sancionar el pronunciamiento anti-institucional del general Eduardo Villas Boas, y otros notables generales. Además de los ministros de la Corte de Brasil, todos los presidentes latinoamericanos, o al menos todos los del Mercosur, debieron repudiar oficialmente el oscuro mensaje del jefe del Ejército. Nadie puede pasar por alto ese intento explícito de presión a los jueces supremos para que, negándole un hábeas corpus, saque de la competencia electoral a quien, sin duda, vencería al favorito de los militares nostálgicos de la dictadura: Jair Bolsonaro, un ex oficial extremista que ostenta odio político y hace apología de la tortura.

 

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