Mundo / 4 de mayo de 2018

En la senda del chavismo: Populismo y represión en Nicaragua

Daniel Ortega aplicó un duro ajuste y reprimió ferozmente las protestas que estallaron en su país.

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En el 2017, cuando la Asociación de Academias de la Lengua Española anunció que era el ganador del Premio Cervantes, ni el presidente nicaragüense ni nadie en su gobierno felicitó a Sergio Ramírez. Había sido vicepresidente de la revolución sandinista y se convertía en el primer centroamericano en ganar la máxima distinción de la literatura en habla hispana, pero el rencor de Daniel Ortega pudo más que su inteligencia y su deber de gobernante.

Meses después, cuando de manos del rey Felipe VI, Sergio Ramírez recibió en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares el premio que lleva el nombre del autor del Quijote, la policía nicaragüense y los grupos de choque sandinistas reprimían dejando casi medio centenar de muertos y decenas de heridos. Los dos momentos parecían hilvanados por una misma realidad: un gobernante incapaz de ponerse por encima de sus odios y mediocridades para honrar públicamente al escritor que le daba a Nicaragua su mayor distinción en el terreno literario, no debe sorprender a nadie cuando lanza una represión feroz mientras cierra medios de comunicación para que no la muestren ni le den imagen y voz a las víctimas.

Sergio Ramírez fue el vicepresidente de Ortega entre 1985 y 1990, pero también fue el primero en desafiarlo en el interior del Frente Sandinista y uno de los primeros en denunciar la corrupción y el autoritarismo del aquel régimen revolucionario que tantas y tan buenas expectativas había generado al derrocar la tiranía obscena de la familia Somoza.

Aquel vicepresidente que luego pasó a la disidencia, terminó convertido en una celebridad mundial de la literatura. Y Daniel Ortega terminó convertido en un déspota parecido al que había vencido con las armas a fines de los años setenta.

Después de diecisiete años en el llano, logró volver al poder, de donde lo había sacado Violeta Chamorro en la elección de 1989. Lo consiguió mediante un pacto oscuro: indultar al corrupto ex presidente Arnoldo Alemán a cambio de que dividiera al Partido Liberal para que pudiese ganar el FSLN. Alemán cumplió y los liberales divididos, ya no pudieron vencer al sandinismo. Por eso Ortega fue por más. Primero impuso la reelección indefinida y después convirtió a su esposa, la estrafalaria Rosario Murillo, en su vicepresidenta.

El matrimonio presidencial pactó a diestra y siniestra para adueñarse de un poder sin límites institucionales. Manteniendo un discurso izquierdista, se alió con el cardenal Obando y Bravo imponiendo las posiciones reaccionarias de la iglesia católica en materia de matrimonio, reproducción y educación sexual.

Con notable pragmatismo, pactó también con los empresarios y enfrentó a miles de campesinos que rechazaban su acuerdo con empresas chinas para construir una vía interoceánica. La izquierda de este tiempo tiene esa ventaja respecto al marxismo del siglo XX: puede mantener sin sonrojarse, gesticulación y discurso revolucionario, mientras actúa con descarado pragmatismo, se enriquece mediante la corrupción desenfrenada e impone nepotismo explícito y autocracia, apuntalándolos con la censura y la represión.

El problema para el pragmatismo de Ortega fue el petróleo y el dinero venezolanos, que llegaba a raudales desde Caracas a cambio de respaldo total al liderazgo regional de Hugo Chávez. Los gastos del gobierno nicaragüenses se acomodaron a ingresos ficticios, que se esfumaron ni bien la inoperancia del sucesor de Chávez quebró Venezuela.

Frente al déficit que ya no podía disfrazar con los subsidios chavistas, el gobierno de Ortega y su esposa recurrieron a un ajuste que recayó sobre los jubilados, los trabajadores y las PYMES. Un ajuste de rigor ortodoxo llevado a cabo por la sencilla razón de que el Estado ya no puede sostener el sistema de jubilaciones y pensiones. Sin los petrodólares que ya no llegan a Managua, porque el Estado venezolano y PDVESA cayeron a la bancarrota, Ortega actuó como normalmente lo hacen los gobiernos de derecha dura. Aplicó un severo ajuste y a las protestas que estallaron como consecuencia, las reprimió con la ferocidad criminal con que Nicolás Maduro dejó más de un centenar de muertos para doblegar las masivas rebeliones contra su régimen.

Hasta Ernesto Cardenal, el poeta-sacerdote que bendijo la revolución sandinista con su apoyo y su participación como ministro, describe a Ortega como un déspota corrupto y envilecido. Las desmesuras del régimen matrimonial y la brutal represión contra una rebelión juvenil que reclamaba el fin de la censura y del autoritarismo, pulverizaron los pactos tejidos con la iglesia y los empresarios. De ahora en más, Ortega organizará actos multitudinarios usando el aparato partidario, los empleados estatales y los subsidiados. También convocará a “diálogos” que serán tan ficticios como esos actos de masas con muchedumbres arriadas. El mundo ya vio las “turbas” sandinistas, actuando igual que los “fasci di combattimento” que Mussolini lanzaba para que golpearan y lincharan manifestantes rivales.

Como la familia Somoza, el matrimonio Ortega-Murillo puso a sus numerosos hijos a comandar distintos resortes del poder. También como aquella espantosa familia de tiranos, la familia gobernante se ha enriquecido a costa de las arcas públicas. Hasta el momento, usaba formas más sofisticadas de autoritarismo. Las describió hace un par de años el dirigente del Movimiento de Renovación Sandinista, Edmundo Jarquin, al escribir que “Ortega es el prototipo del nuevo autoritarismo latinoamericano, que es clientelar con los pobres, cooptador con los empresarios y heterodoxo en las formas de represión, porque ya no usan ejércitos, sino turbas paramilitares, coerción fiscal, acoso administrativo y chantaje judicial”.

El mundo pudo ver esas turbas de las que habló Jarquín y tantos otros que el populismo y las izquierdas autoritarias descalifican. El mundo las pudo ver, junto a escuadrones policiales, embistiendo contra trabajadores y estudiantes. A los que murieron y a los que sobrevivieron a la represión, les dedicó Sergio Ramírez el discurso que dio al recibir el Premio Cervantes.

 

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