Opinión, Política / 15 de mayo de 2018

En los brazos del Fondo Monetario Internacional

Macri, magullado por los golpes recibidos, procuró reaccionar tomando algunas medidas a su juicio contundentes, pero duró muy poco la tranquilidad relativa.

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Donde “es la economía estúpido”, el dios más poderoso es Hermes –los romanos lo llamaban Mercurio–, el patrón divino de los comerciantes. Su encarnación actual es el mercado, esta entidad nebulosa que rige todos nuestros destinos. Es un dios caprichoso. A pesar de los esfuerzos de docenas de miles de economistas, nadie sabe prever cómo se comportará mañana. Asimismo, aunque la experiencia debería haberles enseñado que es mejor respetarlo ya que es proclive a ensañarse con quienes lo ofenden y castigar con brutalidad aleccionadora a pueblos enteros, muchos políticos quisieran convencerse de que no es así, que en su caso particular podrían desafiarlo con impunidad.

Por un par de años, Mauricio Macri y sus acompañantes creían haber encontrado la forma de aplacarlo. Lo harían hablándole de su voluntad de reestructurar la economía poco a poco siguiendo un derrotero que les permitiría sortear los escollos políticos en que habían naufragado gobiernos de mentalidad parecida. Hace poco más de una semana, se enteraron de que se trataba de una ilusión.
Para desconcierto del oficialismo, y para regocijo de muchos opositores, de un día para otro el mercado decidió que el peso valía menos de lo que quisiera hacer creer Federico Sturzenegger, que la Argentina no podía continuar viviendo eternamente por encima de sus posibilidades reales, que los déficits gemelos, el fiscal y el comercial, eran insostenibles y que a menos que se redujera muy pronto un gasto público asfixiante, la economía se derrumbaría.
Una vez más, pues, el país se ve frente a un dilema que le es archiconocido. El Gobierno –mejor dicho, la clase política en su conjunto–, tiene que elegir entre hacer cuanto resulte necesario para que la economía no caiga en pedazos, sepultando a parte de la población bajo los escombros, y resignarse a que el mercado se encargue de todo, como en efecto ocurrió a fines de 2001.

Por lo común, los políticos han preferido la segunda alternativa. Está en su ADN. Por mucho tiempo era considerado “normal” que, después de disfrutar de un período de alegría populista, el país se entregara a una dictadura militar supuestamente dispuesta a hacer el trabajo sucio, lo que daría a los vendedores de humo una oportunidad para recuperar el prestigio perdido. Por fortuna, aquellos días se han ido para siempre, pero parecería que muchos políticos aún no se han dado cuenta.

Macri, magullado por los golpes recibidos, procuró reaccionar tomando algunas medidas a su juicio contundentes, pero duró muy poco la tranquilidad relativa que fue posibilitada por el alza de la tasa de interés a un nivel ridículo y la promesa de reducir el gasto público a un ritmo menos gradualista que el elegido antes de crujir las estructuras financieras del país. Puesto que el esquema que hizo suyo dependía casi por completo de la disponibilidad de créditos baratos, optó por pedirle al Fondo Monetario Internacional remplazar al mercado por un rato.

Dadas las circunstancias, fue un paso lógico pero, como a buen seguro Macri entiende, aquí el Fondo encabeza la lista de los malos más perversos de la demonología populista. Se ha hecho tan repugnante su reputación a ojos de la clase política nacional y quienes le suministran ideas y consignas que hasta los ortodoxos se sienten obligados a tratarlo con desprecio. El consenso local es que los técnicos son sujetos insensibles y poco imaginativos; son tan brutos que sólo se les ocurre exigir “ajustes”. Para colmo, se niegan a prestar atención a quienes les advierten que la Argentina no es un país como los demás, que aquí las reglas son distintas de las que imperan en el resto del planeta.

Nadie sabe cómo continuará el drama que se desató al coincidir en el tiempo los tarifazos energéticos, un salto inflacionario inesperado y la suba moderada de la tasa de interés por parte de la Fed norteamericana. Si resulta que los optimistas están en lo cierto y que sólo es cuestión de un espasmo, el Gobierno podría verse beneficiado por las advertencias que el mercado está enviando no sólo a Macri sino también a todos los demás políticos.

Si bien la debilidad evidente del oficialismo es motivo de inquietud, muchos se sienten aún más alarmados, si cabe, por la voluntad de distintas facciones opositoras de prestarse a un festín de demagogia. No les gusta para nada la irresponsabilidad principista de los resueltos a persuadirnos que, a diferencia de quienes piensan en fríos términos económicos, ellos sí son buenas personas, humanitarias, generosas, que nunca soñarían con privar a nadie de nada. Es como si una franja clave de la ciudadanía se hubiera percatado de que, aun cuando una mayoría avasallante, impresionada por la retórica de quienes hablan de lo injusto que es el universo, se movilizara en contra de la ley de gravedad, todos tendrían que continuar acatándola.

Hay señales de que algo similar está sucediendo en el mundillo político. Puede que radicales molestos por el protagonismo del Pro macrista, o ex correligionarios como Lilita Carrió, aún se aseveren convencidos de la necesidad perentoria de “subordinar lo económico a lo político”, mientras que otros estén resueltos a anotarse algunos puntos con la esperanza de que un día el electorado los premie por su bondad, pero parecería que, luego de algunas reuniones de emergencia, casi todos entienden que el fracaso del gobierno de Cambiemos sería catastrófico para el país y que por lo tanto les convendría resistirse a criticarlo en público y de tal modo brindar a los peronistas pretextos para redoblar sus embestidas.

Mucho dependerá de la actitud que asuma el “peronismo racional” frente a la tormenta que está sacudiendo el país. No se equivoca el jefe informal de dicha corriente, el senador Michel Pichetto, cuando señala que sería poco razonable esperar que sea más oficialista que ciertos sectores del oficialismo mismo, pero ello no quiere decir que sea de su interés acusarlo de actuar con severidad excesiva. Por el contrario, en vista de que los peronistas confían en heredar lo hecho por los macristas, les beneficiaría más que estos pagaran todos los costos políticos que les supondría la exitosa remodelación de una economía que, tal y como está conformada, dista de ser viable.

Si bien tal estrategia entrañaría el riesgo de que una ciudadanía agradecida dejara que Cambiemos siguiera en el poder por muchos años más, para aquellos peronistas que aspiran a desempeñar un papel honroso en la historia nacional sería mejor no tener que gobernar un país aún más depauperado, caótico y rencoroso que el actual.

Como presidente de un gobierno que no cuenta con una mayoría parlamentaria, Macri apostaba a que las divisiones del peronismo siguieran siendo tan profundas que le sería dado conseguir la aprobación legislativa de variantes diluidas de todas las leyes que necesitarían. Al fin y al cabo, las diferencias entre “los racionales” y los kirchneristas son llamativamente mayores que las que se dan entre aquellos y la gente de Cambiemos. Sin embargo, a juzgar por los acontecimientos de los días últimos, el Presidente subestimó lo fuerte que para los peronistas sería la tentación de formar un malón, como en los buenos viejos tiempos, a fin de humillarlo y hacer sentir su propia presencia.

Puede que no lo hayan propuesto, pero, con la ayuda de los mercados, los peronistas que tienen mucho más en común con Macri que con Cristina se las han arreglado para socavar la autoridad del Gobierno y por lo tanto su capacidad de manejar una economía que es tan enclenque que sin dosis regulares de dólares frescos podría desplomarse. El deterioro sufrido por la imagen presidencial es un asunto serio. También lo es que cada vez más creen que lo que el país requiere en este momento es un superministro de Economía – una especie de presidente paralelo–, con el carisma suficiente como para hacer pensar que tiene todo bajo control.

En teoría, Macri tiene razón cuando da a entender que sería positivo que el país se acostumbrara a un sistema de gobierno más colegiado que personalista, pero la Argentina, a diferencia de Suiza o el vecino Uruguay, es esencialmente caudillista. Con escasas excepciones, sus habitantes atribuyen al jefe de Estado la responsabilidad por todo lo bueno y, desde luego, también por todo lo malo. Es natural, pues, que las dificultades económicas de los meses últimos hayan tenido un impacto muy negativo en la imagen del Presidente. Aun cuando se tratara de reveses que ningún mandatario, por brillante que fuera, pudo habernos ahorrado, Macri se ve acusado de haberlos provocado. Del mismo modo, sería colmado de elogios si se reanudara imprevistamente el viento de cola para que la economía creciera nuevamente “a tasas chinas” y, para el asombro de todos los expertos en la materia, la inflación se batiera en retirada motu propio.

A inicios del año, Macri creyó que la fortuna continuaría sonriéndole y que le tocaría inaugurar un nuevo período de la vida nacional en que el país dejaría atrás casi un siglo de decadencia. Desgraciadamente para él y para muchos otros, por ser el suyo un gobierno minoritario la tarea está resultando ser decididamente más ardua de lo que había previsto. Aún le queda una larga serie de obstáculos por superar; a menos que lo ayuden muchos que hasta ahora se han limitado a procurar sacar provecho de las dificultades en el camino, la Argentina seguirá hundiéndose.

 

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