Cultura / 17 de junio de 2018

Federico Moura a 30 años de su muerte

Este año se cumplen tres décadas de la muerte del líder de Virus. Historia del hombre que desafió las clasificaciones y de los años ’80 que lo vieron triunfar.

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Esta historia comienza en un living. Fines de los años ‘60. Ciudad de La Plata. Cuatro adolescentes forman una banda y para ensayar le copan la casa a la abuela del bajista. El bajista se llama Federico Moura, cursa en el Colegio Nacional de La Plata, es hincha de Estudiantes y jugador de La Plata Rugby Club. Pinfo Garriga y Daniel Sbarra los guitarristas, Luis Canosa el cantante, Diego Rodríguez el batero. Todos forman “Dulcemembriyo”, que no va a pasar de 1972, con algunos temas propios, varios covers, una versión irónica de un tema de Palito Ortega y una gira a Bolivia. Vida corta pero suficiente para encender los motores de una nave que despegará en la década siguiente con el nombre de Virus y Federico como “frontman” y líder total. En el medio, Moura viajó a Europa, Estados Unidos, y finalmente se instaló en Brasil, puntualmente en Río de Janeiro. Hasta ahí lo fueron a buscar sus hermanos Julio y Marcelo para convencerlo de participar de una nueva banda a fines de 1980. Volver a la Argentina en plena Dictadura sonaba el peor de los planes. La carambola de Julio y Marcelo coincidió, poco más de un año después, con el inicio de la guerra de Malvinas y la prohibición del inglés en las radios. Moura puso patas para arriba la música argentina hasta que lo encontró una muerte temprana, a sus 36 años, de la que en diciembre se cumplen 30 años.

Historia. Los que conocieron a Federico Moura coinciden en que su potencia artística sobrepasaba lo musical. Daniel Sbarra compartió el coro de la primaria, el mismo club de rugby, los ensayos como guitarrista en Dulcemembriyo, guitarrista invitado en las presentaciones de Virus con el disco “Relax” y finalmente como músico estable en la grabación de “Locura”, el quinto disco que disparó la banda a la cima de la popularidad. “Por supuesto que Fede era carismático, pero su fuerte no era el canto, era su cabeza; fue un gran pensador, un gran esteta”, dice a NOTICIAS Sbarra, co autor junto a Quique Mugetti de “Imágenes Paganas”.

Moura también figura en los créditos del hit, aunque su participación fue particular. “No hizo ni la melodía ni la armonía; claro que estuvo en la letra. Pero la impronta más importante la dio él al acomodar toda la estructura del tema. Y eso es tan importante como el resto. Siempre tuvo un don de ver un poquito más allá de las cosas. Era mucho más que un gran cantante, mucho más que un músico; era mucho más que eso, era un arquitecto artístico”.

Ricardo Serra fue el guitarrista de los tres primeros discos, “Wadu Wadu” (81), “Recrudece” (82), y “Agujero Interior” (83). Se fue disgustado, entre otras cosas, con la onda más romántica que estaba tomando la banda de cara a “Relax”, el cuarto álbum, pero recuerda que “Federico estaba en todo, en el show, en la producción de los discos; tiraba todas las ideas, decía como había que vestirse, qué hacer y qué no hacer en el escenario”.

La intensidad y la exigencia de Moura llegaron a generar fuertes peleas y cruces en los camarines con algunos compañeros de la banda, pero nunca rencor. Así lo evoca un risueño Mugetti en el documental “Imágenes Paganas”. Mugetti le llevaba dos cabezas y una noche fue blanco de sus críticas. “Me calenté tanto que lo agarré del cuello y lo levanté. Era tremendo. Pero son cosas de camarín. Federico fue el líder, por calidad, por ver todo desde arriba. Sabía ver lo mejor de cada persona y hacerlo brillar en eso. Eso es un líder”.

Entre “Relax” (84) y “Locura” (85), Moura participó como productor artístico del primer álbum de la banda que, quizá, primero tomó su legado, un legado en vida, Soda Stereo. La estética, el sonido de las guitarras, la cadencia de algunas canciones, la actitud en el escenario, los peinados, el maquillaje estridente. Se pueden encontrar rápidas y fáciles conexiones entre Cerati y Moura, entre Soda y Virus. Pero la reverberancia Moura también fue más allá de sus cercanías estéticas.

Al igual que Sumo, el Virus original vivió hasta la muerte de su cantante. Y al igual que Sumo, a Virus le alcanzaron siete años para resquebrajar el status quo musical. Luca murió el 22 de diciembre de 1987. Moura, el 21 de diciembre del año siguiente. El italiano tenía 34 años, el platense 36. Distantes y aparentemente enfrentados por diferencias estilísticas y musicales, ambas bandas emergieron para romper el estereotipo y generar nuevos paradigmas del rock.

Modelo. La importancia que tenían la estética y la moda en Moura no concluía en el escenario o en el arte de los discos. A Virus ya le empezaban a quedar chicos los lugares donde tocaba, pero su líder todavía vendía la ropa que diseñaba en Limbo, un local de las Galerías Jardín, sobre la calle Florida y donde. Tras bambalinas, ensayaba las primeras canciones de la banda junto a Marcelo y Julio.

“¿Acaso hubo un músico argentino con más porte de supermodelo que Federico Moura?”, se pregunta Victoria Lescano en su libro “Prêt-à-Rocker”. “La silueta espigada, el aire andrógino, la exaltación de la camisa para rockear, ya fuesen en voile y con volados, blancas, nívea, gris tornasol, dorada con matices de animal print o verdes y atiborradas de margaritas pero siempre cerradas hasta el último botón. Su pelo en versión corto, tal como en 1981 apareció en Wadu wadu, fue luego la plataforma para un catálogo de peinados new wave creados por un mítico peluquero francés radicado en Buenos Aires”.

Lescano está segura de que “Federico pudo haber dictado clases de dandismo rocker entre los seguidores de la costura sartorial ideada por el francés Hedi Slimane y que alborotaron los placards y los modos de uso masculino tanto como él lo hizo en el imaginario de ‘frontman’”.

Quizá por su sensibilidad estética, quizá por lo bailable de sus primeras melodías. Lo cierto es que Virus fue acusado de superficial y poco comprometido. Sbarra rememora una entrevista a Federico. “Le preguntaron por qué tocaba tan perfecto, como sin vísceras. Y Él contestó ‘bueno, si quieren tocamos mal’; Virus ayudó a cambiar eso que supuestamente era superficial, ayudó a entender la importancia de poner el cuerpo, de ponerlo a bailar”.

Su femenina sensualidad también le trajo ciertas complicaciones. Recuerda Marcelo, el menor de los Moura y cantante en el Virus post Federico. “Cuando entendió que su sexualidad era una barrera en un punto, también la entendió como una causa. Las compañías discográficas le llegaron a decir ‘vos sos un tipo que gustas mucho a las chicas, por favor ocultá tu costado gay’ y Fede, lejos de eso, lo convirtió en una lucha”.

Final. La formación de Virus también llevaba otro Moura, Julio, pieza clave en la composición de la mayoría de los temas de la banda y, dice la leyenda, responsable del nombre luego de que volviera de un viaje con una gripe tremenda: “Ahí viene Julio, el virus”. A Jorge, el mayor, lo desapareció la última dictadura mientras militaba en el PRT.

Federico Moura enfermó de SIDA cuando era sinónimo de muerte y socializado como una peste con extrañas formas de contagio. Sin muchas herramientas para proceder ante la enfermedad, Moura encaró la grabación de su último disco “Superficies de Placer”, consciente de su finitud, desgastado y débil, en la ciudad en la que fue (también) feliz: Río de Janeiro.

Eduardo Costa, amigo de Moura, ya había escrito “Luna de Miel”, y juntos hicieron “Encuentro en el río”, la canción de Federico Moura para despedirse en su último trabajo.

“Prolongaré mi sonido azul por los parlantes te iré a buscar./ Descifrarás todos los enigmas
que deje el río pasar./ Collar de peligros desarmaré en el desierto tus cuentas caerán./ El río musical/ bañando tu atención/ generó un lugar/ para encontrarnos…”.

 

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