Showbiz / 18 de junio de 2018

Chicas superpoderosas: el fenómeno musical feminista

De Anitta y La Mala Rodrígez al boom local del twerking como fenómeno feminista. A mover las caderas para exorcizar dogmas.

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Envuelto en un minishort rojo, una cula en primer plano se contonea por las calles de Vidigal, una de las favela más populares de Río de Janeiro. Y suenan los primeros acordes de “Vai malandra” (Vamos chica mala), en el video dirigido por el fotógrafo estadounidense Terry Richardson, hoy depuesto por la industria a causa de las acusaciones de abuso (al estilo Harvey Weinstein).

La que canta, y la dueña de esa cola que se exhibe sin esconder celulitis ni las estrías, es Anitta, la superestrella pop brasileña que se presentó esta semana en Buenos Aires (el martes en el Teatro Vorterix con entradas agotadas). El video, hit mundial del verano pasado, ya acumula más de 270 millones de reproducciones, y es el mayor éxito en la historia de la música popular del Brasil.

Pero además es foco de estudios culturales: en época de revoluciones feministas, Anitta es abanderada de una mujer liberada y sin complejos. Si el cuerpo de la mujer fue convertida en objeto por la mirada machista, “el culo vivo de Anitta con celulitis y sin Photoshop es sujeto y no objeto”, defiende la escritora brasileña Ivana Bentes. “Es la aparición de un feminismo viril y a la vez femenino. La masculinidad y la virilidad pueden ser apropiadas y transformadas por las mujeres”, explica Bentes.

Boom Anitta. Nacida hace veinticinco años en Río de Janeiro bajo el nombre de Larissa de Macedo Machado, Anitta es la primera brasileña en ingresar al Top 10 de la revista estadounidense Billboard, y al Top 20 de Spotify a nivel mundial (todo gracias a “Vai malandra”). Las nena que empezó a coquetear con la música a los 12 años imitando a Britney Spears frente a un espejo, hoy sueña con ser la próxima Rihanna o Beyoncé. Como ellas, con una mezcla de funk, pop y hip hop, pero les suma su cuota brasilera de samba y reguetón, y algo del mensaje feminista que resuena más fuerte en el trap. “Anitta usa la negritud cuando le conviene”, acusa la activista brasilera Stephanie Ribeiro en su popular columna #BlackGirlMagic que se publica en Blogueirasnegras.org. “Nadie es totalmente blanco en Brasil”, contesta la cantante, a la que acusan de hacer bandera de una etnia que no le pertenecen (poses o peinados de los negros), mientras se blanquea cada vez que camina a los mercados del norte: acaba de presentarse en los premios Miaw de MTV para interpretar su sencillo “Paradinha” (en el que suena a Shakira), que acumula otros 263 millones de views. “Indecente” su último corte, donde se la ve más rubia, va por los 35 millones de vistas, pero las expectativas son que pase los 200 millones como también lo hizo “Downtown” (donde canta con J Balvin), con el que Warner Music la unió para su salto al mercado Estadounidense.

Poderosas. Son muchas las voces en contra de Anitta. Pero miles también las que están a su favor y la consideran una personificación de un nuevo y desacomplejado feminismo. El mensaje de empoderamiento fem de Anitta no es un invento y la acompaña desde su salto a la fama en 2013 con “Show das Poderosas” (143 millones de views), cuyo clip rendía tributo al de Beyonce “’Single Ladies” (Put a ring on it). “De pequeña veía los videos de Beyoncé y pensaba en algún día ser como ella. La veía y me impresionaba, y me propuse lograr a ser la versión latina”, confiesa Anitta a la revista Veja. “Lo que Beyonce, Jlo y otras hacen, es mostrar que las mujeres también queremos expresar nuestra sensualidad sin estereotipos”, explica. “Lamentablemente en Latinoamérica todavía hay mucho machismo y eso no permite que las mujeres se puedan expresar libremente. Si usas minishort y escuchas reguetón estás mal, y te tildan de puta. Por eso quiero que las mujeres se liberen con mi música”, se embandera Anitta. Con tres discos editados (“Anitta” de 2013; “Ritmo perfeito” de 2014; y “Bang!” en 2015), y shows vendidos hasta 2019 (será una de las estrellas del Rock in Río), la cantante brasilera más reconocida en el mundo apunta hoy a los singles, y a la fórmula comercial que le impone la discográfica, pero sin perder su esencia: “Las cosas cambiaron el último tiempo, y está bueno. No tenemos que renunciar a eso. Incluso las letras del reguetón están cambiando. Yo escribo y canto para eso”.

Chica Mala. Otro show, mismo público. La Mala Rodríguez en el escenario de Groove con sus letras feroces al ritmo del hip hop ibérico. Dos bailarinas hacen gala de sus talento para el baile y curvas a puro twerking. Invitan a chicas para que suban a mover el culo. Todas lo festejan. “Se ha hecho un chicle de la palabra feminismo. Está bien que todo el mundo hable de eso y se tome conciencia, pero también está muy manoseado”, explica La Mala, nacida en una zona humilde de Sevilla y convertida a los largo de décadas, en una Juana de Arco rapera: voz poderosa y sexualidad potente. Con su estilo urbano con toques de flamenco, y beats afros neoyorquinos, la cantante gitana hace catarsis con sus letras desde sus inicios a fines de los 90. Hoy, cerca de los 40 (con 5 discos y 20 años de carrera), es un referente del género que estalla en forma de trap por toda América. “Yo no soy una abanderada de nada, cuento mi historia y me represento a mí. Puede que el resto se identifique con los que digo”, se despega ella. Pero corrige: “Sí me siento conectada con la gente que escucha lo que hago, pero no como abanderaba, como una compañera”. Como sea, su himnos contra la violencia de género, algunos de los cuales ya tienen una década, son cantados a coro por el público de su show (y también en marchas), donde las chicas bailan ajenas a la mirada masculina.

Mover el coolo. “Yo tomé clases tres años y fue liberador. El twerking nos permite empoderarnos a las mujeres, tengas el cuerpo que tengas”, cuenta Evelyn Botto, conductora radial de “Why Not?” (Delta 90.3), rapeadora y promotora de liberar las caderas. Técnicas que aprendió de las Altas Wachas (se presentaron el sábado pasado en la “Noche Femi Warrior”), las diosas locales de twerking. Ellas tienen su templo en pleno centro porteño: FAW Escuela (Piedras 180), donde el mantra es “bancate la bombacheada”. Las chicas acuden con rodilleras y twerkean. La palabra es la sinapsis de “twist” (retorcer), y “werk”, derivado afro de work (trabajo). Un retorcerse que nació en Nueva Orleans en los ’90 y realmente cuesta trabajo. Meneito asociado al reguetón que las chicas convirtieron en rutina para el cuerpo (como el poledance) y en danza liberadora. “Acá se trata de liberar, nada de contener”, explica justamente una de la profesoras mientras invita a dejar las calzas. “Me copa el twerking como movimiento revolucionario. Mostrar el culo y que las chicas lo normalicen”, dice Estefi Spark que desde 2012 dicta clases junto a sus compañeras en distintos lugares: tiene sedes en el conurbano bonaerense, La Plata y Mendoza. “No somos cosas, somos mujeres activas”, toma la posta una alumna. Hoy son trescientas en la escuela del Microcentro, pero el fenómeno sigue creciendo.

 

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