Sociedad / 29 de junio de 2018

Selección Argentina: crítica y pasión

La consideramos un valor sagrado de la argentinidad. ¿Lo es? ¿Es bueno que lo sea? Un clásico eterno: las emociones vs. la razón.

Por

Rojo es el color de la pasión.
Rojo sangre. Un río enardecido en la mejilla del Javi Mascherano.
Rojo fuego. Llama sagrada. ¡Que la llevan adentro, como la llevo yo! ¡Oh, oh, oohhh…! ¡O juremos con gloria morir!
Rojo tenía que ser, Marquitos Rojo, digo, el cañonero del gol agónico para el milagro de pasar a octavos. Inesperado. Ansiado, con los “quetejedi” en la garganta. Ejército Rojo albiceleste, salvando las papas (y la vida, ¿o no?) en la indómita San Petersburgo.
Fake placa roja de “Crónica”. El dolor es Mundial: murió Maradona. Y el ícono viviente, ebrio de pasión (…), que aclara el disparate. Vino blanco. Dolor de nuca. Descompensación. “¿Cómo me iba a ir? Hay Diego para rato”.
Somos apasionados.
Pasionales.
Pura pasión.
¡Es un sentimiento! ¡No puedo parar!
Pasión, como la mayoría de las cosas en Occidente, viene del griego. Es sustantivo: sufrimiento. Es verbo: sufrir.
Es judeo-cristiana la pasión. Como la de Jesús, digo, entre la Última Cena y los maderos en cruz. Ofrenda. Martirologio. Consagración. Resurrección y vida eterna. En el medio de todo, siempre, la traición (Judas), el pánico (Pedro) y la desolación del abandono.
¡Padre, no me dejes solo justo ahora!
¡No existís, Sampaoli…!

Con autorreivindicación pretendidamente genética, hacemos gala de algo que, al menos para los gerontes de la Real Academia, suena bastante patológico a simple vista.

Pasión: sentimiento vehemente capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón; perturbación o efecto desordenado del ánimo; apetito de algo o afición vehemente a ello; sublimación estrepitosa del deseo sexual… Es “lo contrario a la acción”. Un “estado pasivo del sujeto”.

¿Por qué nos convencimos de que la pasión nos define como argentinos desde lo mejor de nosotros?

Los antiguos estoicos la consideraban una enfermedad del alma, contraria a la naturaleza y fuente de perturbación y desgracia.
Descartes, en su “Tratado de las pasiones”, consideró que no son malas para el espíritu siempre y cuando se ajusten a la moral. “Lo que en el alma es una pasión, en el cuerpo generalmente es una acción. No hay mejor camino para llegar al conocimiento de nuestras pasiones que examinar la diferencia existente entre el alma y el cuerpo. Ningún sujeto obra más inmediatamente contra nuestra alma que el cuerpo al que está unida”.

Aquella observación filosófica del siglo XVI parece darle pie al psiquiatra y neurólogo cognitivo argentino Enrique De Rosa:
-La pasión, desde las neurociencias, es una descarga emotiva que se traslada al cuerpo, por lo cual la emoción es corroborada por lo físico y por los pensamientos. Inicialmente, es una emoción que se ve exhaltada e incrementada por una respuesta y correlato neurobiológico y físico que le da consistencia.

¿Puede hablarse de aspectos positivos y negativos de la pasión? Dice De Rosa:
-Sus aspectos positivos son los que nos permiten no ceder ante un fracaso o cualquier bloqueo. Lo negativo sería la falta de correlato con la realidad. La pasión está dada por elementos tomados de la realidad, está ligada a las interpretaciones de los hechos, de los eventos. La pasión está ligada a cierta pérdida de control, es la imposición de lo emotivo por sobre lo racional. En nuestra sociedad, el fútbol adquiere características épicas. Concita nuestras frustraciones y deseos. Fuimos campeones del mundo dos veces, eso habilita la sensación de que en algo somos mejores.

El año pasado, un grupo de científicos portugueses de la Universidad de Coimbra, comprobaron que en la pasión futbolera se activan los mismos circuitos cerebrales y neurotransmisores que en el amor romántico, pero con mayor intensidad. Puede sintetizarse así: el gol de Rojo sobre la hora liberó mares de dopamina en millones de seres que dejaron de racionalizar las eventuales causas de un fracaso cantado para volver a ilusionarse.

Habla Mirta Goldstein, vicepresidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina:
-La pasión toma todo el sujeto, no deja lugar a otra cosa, te arrebata. Dificulta la reflexión, es pura emoción. En la pasión se deposita el ideal, a riesgo de no coincidir con la realidad. Puede servir para superar una frustración, pero el apasionado suele negar los límites, las dificultades, los obstáculos, y el fanático suele poner todo en contra del otro, del enemigo.

El británico George Orwell escribió: “El fútbol está ligado con el odio, los celos, la jactancia y el placer sádico de presenciar violencia. Es como la guerra, pero sin tiros”. Lo mismo decía Clausewitz de la política: continuidad de la guerra por otros medios. Claro que el fútbol es juego, es metáfora catártica, pero hasta nuestro debate político está determinado por formas de la discusión tribunera. ¿O será al revés? Vayamos un minuto a la Argentina pre-futbolística. Tengo ante mis ojos una extraordinaria pieza de museo. Es una tela roja (rojo punzó) que dice: “Federación o muerte. Vivan los federales. Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios”.

Tendrá 170 años. Nada. En esa propaganda nos gestamos como país. ¿Qué expresa cultural y socialmente cada uno de nosotros cuando grita “¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina!”?.

El historiador Daniel Larriqueta sostiene que “la pasión por el fútbol muchas veces se justifica como negación de otros aspectos de la realidad, pero es importante y necesaria: el deporte es lazo de unión para los pueblos”. Para Pablo Alabarces, sociólogo especializado en deportes populares, la pasión no existe. “Hay afectividad en distintos grados -dice-; la pasión aparece para disimular la falta de racionalidad y se la encubre como algo inexplicable. Esa pasión justifica la violencia y es muy hábilmente utilizada por la publicidad para vendernos lo que sea”.

V uelvo a la filosofía.

Para Baruch Spinoza, las pasiones son “afecciones” a las que el hombre está “necesariamente sometido” porque lo mantienen vivo, tenso y perseverante en su existencia. Las hay buenas y malas. Unas aumentan la potencia del ser. Otras menguan las capacidades humanas.

David Hume, en cambio, aseguraba que con las pasiones no hay nada que hacer. Apasionadamente sostenía que no era para nada serio contraponer la pasión a la razón. “La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones. Y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”. Vaya uno a saber por qué costado de la argentinidad se nos habrá colado el pensamiento de un escocés como Hume. Por los orígenes british del fútbol habrá sido. O por acá: “Cualquier idea, por ambigua o abstracta que sea, remite siempre a una experiencia sensible anterior”. ¿Se referiría a ser campeones?