Economía / 3 de julio de 2018

Mayor rentabilidad y menor demanda: Cómo ser competitivo

La devaluación abarató el producto local frente a lo importado. Ya pasó en el 2014 y el 2015, pero poco tiempo. ¿Esta vez será distinto?

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En los supermercados ya se nota. La lata de atún argentino pasó a costar menos que el indonesio. El puré instantáneo criollo ahora sale más barato que el chileno. La devaluación del peso encareció más los importados. ¿Cómo evitar que esta mejora de competitividad cambiaria, que tanto empobrecimiento trae en el corto plazo, puede sostenerse para que en el mediano plazo se traduzca en empleo? ¿Cómo impedir que se diluya como tras las depreciaciones de 2014 y 2015?

Daniel Heymann, académico de ciencias económicas y profesor de las universidades de Buenos Aires (UBA), La Plata y San Andrés, advierte que el fuerte traslado de la devaluación a los precios es una característica de la Argentina, diferente de la del resto de Latinoamérica. Por eso, la pérdida de valor de la moneda se asocia aquí a una caída real (ajustada por inflación) de los salarios. “Esto tiene que ver con la estructura productiva y la experiencia que tenemos de inflación”, diferencia Heymann a la Argentina de países con índices menores al 10%. “El traslado a precios también depende de que la demanda agregada sea débil, como ocurrió en 2002”, agrega.

“La devaluación real es costosa e implica un problema de coordinación de políticas”, opina el profesor universitario. “Si uno consiguiera la percepción entre vendedores y compradores de que esta vez no va a haber traslado, entonces el que trasladase perdería demanda. ¿Cómo coordinar esa percepción? Uno podría pensar en acuerdos de precios, pero no están bien vistos y no es fácil que provoquen esa percepción. Los países vecinos pudieron bajar el traslado porque redujeron la inflación, pero la Argentina primero debe ordenar los precios relativos (el del peso, los de las tarifas) antes de bajar la inflación”, concluye Heymann, tras el ejemplo en contrario que intentó el anterior presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger. En eso coincide Ramiro Albrieu, economista del Centro de Estudios Estado y Sociedad (Cedes).

Alto para rato. José Fanelli, otro integrante de la Academia de Económicas, profesor de la UBA y San Andrés, opina que “hoy la alternativa de atrasar el tipo de cambio no está más disponible, por la falta de acceso a los mercados internacionales de crédito y porque el acuerdo con el FMI (Fondo Monetario Internacional) establece límites al uso de las reservas”. En contraposición con Albrieu, que recomienda que de ahora en más el tipo de cambio acompañe la inflación, Fanelli advierte que eso traería más subas de precios e inestabilidad. Albrieu sugiere que si vuelven capitales especulativos, el Central compre los dólares y sume reservas, como establece el pacto con el FMI.

Pero Fanelli considera que la pregunta relevante radica en cuánta inflación habrá: “Si los salarios tratan de alcanzarla, va a haber una inflación más alta, pero no bajará el tipo de cambio. Habrá un trade off (compensación) entre salario y empleo. Eso hay que negociarlo, no lo va a resolver el mercado. Estos programas son difíciles porque te baja la demanda agregada doméstica, el impacto inicial es durísimo y hay que negociarlo políticamente. No reaccionan de un día para el otro las exportaciones, la sustitución de importaciones y el turismo interno”. La guerra comercial entre Estados Unidos, China y la Unión Europea pone en duda el crecimiento mundial y, por tanto, la potencial demanda de productos argentinos, según Fanelli. El economista Damián Di Pace, de la consultora FocusMarket, también se preocupa por el trabajo: “La única forma de mantener el tipo de cambio alto es con restricción de demanda, pero si las empresas no venden vuelan gente”.

Martín Guzmán es investigador de la Universidad de Columbia, profesor de la UBA y coautor de columnas con el Nobel Joseph Stiglitz. Este es su análisis: “Los precios de los bienes que tengan un alto componente comercializable internacionalmente subirán. Lo que es menos claro es qué sucederá con los precios de los bienes que tienen un bajo componente transable. La clave es alinear expectativas de modo que todos esperen que lo no transable no subirá en proporción a lo transable. Estas intervenciones de política son algo que sólo tiene sentido hacer en transiciones en las que la coordinación de libre mercado puede resultar en un equilibrio malo, pero que pasa a ser contraproducente si se las quiere hacer todo el tiempo”.

Guzmán recomienda otra política monetaria: “Si no se cambia el enfoque de política monetaria y si en 2019 se vuelve a perseguir metas de inflación que buscan bajar la inflación a velocidades sustancialmente mayores que aquella a la que es factible reducir el déficit fiscal, probablemente pasará lo que en los últimos dos años: que no se logre reducir la inflación tan rápido y que la depreciación sea menor que la inflación”.

El economista Guido Lorenzo, de la consultora ACM, lamenta que “el Gobierno ha perdido mucho tiempo” para acotar el traslado a precios. Propone diálogo con los eslabones de las cadenas de producción. Para evitar una apreciación del peso, aboga por discutir con la oposición cómo bajar el gasto público y evitar que las tasas de interés altas vuelvan a atraer capitales especulativos.

 

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