Política / 5 de julio de 2018

Carolina Stanley, la cara social del ajuste

Intimidad de la ministra que maneja $ 53.000 millones para los pobres. Padre banquero y guiños para el Papa. El miedo a diciembre.

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Carolina Stanley entra con su equipo al Ministerio de Desarrollo Social. Es la primera vez que lo hace, en diciembre de 2015. Saluda a la ex jefa de esa cartera, Alicia Kirchner, a quien nunca había visto a pesar de ocupar ese mismo cargo en la Capital Federal. La grieta es feroz.

Rápidamente suenan algunas alarmas en la mente de la mujer que vive en Barrio Parque y en sus compañeras. Los pies de la cuñada de Cristina Kirchner son un imán para los ojos del equipo de Cambiemos: está usando sandalias… con medias. Será la comidilla de las charlas de las primeras semanas.

Pero no es lo único que les llama la atención. Alicia les muestra con orgullo el auditorio que había ordenado construir en el piso 14 del ministerio y que a simple vista se podía adivinar que habría salido unos millones de pesos. Una sala para 150 personas de estilo barroco, con butacas de madera labrada pintadas de dorado, tela fucsia y una imagen de Evita bordada en el respaldo. “Demasiado grasa”, confirma una asesora que la acompañaba en la recorrida. Stanley mira a los suyos, que rápidamente adivinan su intención: ese salón no se usará nunca. La decisión sigue en pie en la actualidad. En el camino de vuelta de su primera visita al ministerio, la flamante titular de esa cartera no deja de ver los carteles de La Cámpora, de Kolina y de agrupaciones políticas y sociales que cuelgan de las paredes. “Parece una unidad básica”, bromea. Pero entre las risas nerviosas se adivina una inquietud: cómo hacer para despolitizar un edificio donde cada uno tiene su secretaría, su millonario pedacito de presupuesto y sus empleados. Será otra de las batallas por afrontar.

La de Stanley y Alicia Kirchner fue una transición mucho más ordenada que la de sus jefes, pero hubo rispideces. Los funcionarios K veían a la flamante ministra como un bicho raro. Una “cheta” que “no sabe dónde se está metiendo”. Pero Stanley estaba convencida. Tanto que, con el paso de los meses, se fue convirtiendo en una de las dirigentes fundamentales de Cambiemos. En silencio, su imagen se erigió como la cara social del Gobierno. Y en tiempo de vacas flacas, es la que tiene que hacer malabares con el ajuste.

El currículum la avala. Es una de las funcionarias que más veces vio al Papa, a quien conoce de su trabajo social en la Capital Federal cuando el Sumo Pontífice era Bergoglio. Tiene un marido poderoso: Federico Salvai, jefe de Gabinete y hombre de máxima confianza de María Eugenia Vidal. Es amiga de la primera dama y de la gobernadora, con quien trabaja desde el primer día en el PRO, antes de que se llamara así. Y con esos pergaminos es una de las señaladas para la fórmula presidencial del 2019.

Stanley asegura a su entorno que no quiere ser candidata, que eso la obligaría a levantar su imagen y romper el pacto implícito de “vivir una vida normal” que tiene con su marido. Pero a veces en la política no se puede elegir. Y algunos ya elaboran el plan: “Así como Gabriela Michetti tenía mucho para aportar en 2015, Carolina lo tiene ahora”, comentan. En la oposición sigue teniendo el mote de “Evita cheta”. Ella ya no reniega: “No soy una Evita cheta. Eso ya prescribió”.

El polvorín. Con un dólar volador y una inflación que no deshincha, la crisis económica golpea los sectores más bajos. Según un estudio de la UCA, publicado el 28 de junio, el 48,1% de los chicos son pobres en Argentina y el 8,5 pasó hambre durante el 2017. El trabajo de la Universidad golpeó duro en el edificio de la Avenida 9 de Julio, aunque traten de bajar el efecto: “Son números que nosotros respetamos mucho, pero trabajamos más sobre los del INDEC, que refleja más la realidad del país”, aseguran desde el ministerio. Stanley está sentada sobre un polvorín, pero por ahora lo mantiene desactivado. En el Gobierno reconocen su esfuerzo por evitar que se incendie el país, pero su trabajo se esconde bajo la alfombra, casi con vergüenza. “Es que nos putean de todos lados”, se sincera una fuente del entorno de la ministra. “Los organismos sociales piden más plata y los votantes de Cambiemos se enojan cuando las asignaciones sociales aumentan”, comenta. Y agrega: “Nos corren por izquierda y por derecha”.

El mes pasado, la ministra de Desarrollo Social presentó un proyecto en Diputados a todas luces revolucionario: urbanizar las villas miseria para otorgarles a sus habitantes títulos de propiedad. Pero, en medio de urgencias económicas, su trabajo pasó sin pena ni gloria por los medios y apenas fue entrevistada por dos programas de radio y uno de televisión. “Nuestro votante cree que le estás regalando la casa a la gente, mientras ellos piden el crédito para conseguir la suya”.

Durante el 2018 se dejaron de hacer las mesas de trabajo con las organizaciones sociales, tal como había pasado en los años anteriores. En el Ministerio se excusan: “No hay reuniones formales, pero el diálogo continúa. Podemos pelear, pero hablamos siempre”, confirman. Desde la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, el movimiento piquetero más importante del país, están con bronca: “Dejaron de valorar nuestro aporte”.

Ya no es extraño ver por la ventana de la ministra que la 9 de Julio está cortada por alguna protesta. “Siempre va a haber gente disconforme”, tranquiliza Stanley a su tropa. Y en esos pasillos saben que hacen negocio: “Mientras corten la avenida pero no hagan un lío mayor en el conurbano, estamos bien”. Por la crisis actual ya se empezó a pensar en diciembre: el momento del año en el que el país parece desgarrarse más de lo normal. Para evitar el incendio ya trazan un plan para el que necesitarán un gran caudal de dinero. “Hay que hacer un poco de peronismo”, dice un funcionario de la Rosada. Todo se soluciona con plata.

Caretas. El Ministerio de Desarrollo Social que comanda es un puesto que genera pánico en el Gobierno. “Es complejo, porque agarrás una cartera de la que tu votante espera que no te pases de vivo con el asistencialismo, y la gente que tenés que ayudar desconfía de vos por el prejuicio de que Macri gobierna para los ricos”, dicen desde esa cartera.

Por eso, la sorpresa que la ministra genera en Daniel Menéndez, de Barrios de Pie, y Juan Grabois, de la CTEP, entre otros hombres de los movimientos sociales, es grande. Como dijo Emilio Pérsico, líder del Movimiento Evita, en una entrevista con NOTICIAS, esperaban a “una cheta”. De Stanley no sólo les choca que los reciba con el mate que ella misma ceba y que reparte entre los presentes en cada reunión, sino que se aleje tanto del estereotipo de la hija refinada de un banquero. “No es una cheta que no sabe nada de la vida, no es soberbia. Valora el aporte de los movimientos sociales y no nos estigmatiza”, asegura Menéndez. Grabois lo secunda: “Es humanamente distinta del resto del Gobierno. Sabe lo que es el sufrimiento, no está haciendo ‘carrerismo’. Cuando digo esto, molesto a mis compañeros, pero es importante nadar contra la corriente”. Aunque luego, impone sus límites: “Espero que no se deje usar como vicepresidenta”.

Stanley se ganó el respeto de la mayoría de las organizaciones sociales. Además de su trato, contó con la ayuda de un enorme ministerio al que, este año, se le destinó un presupuesto de más de $ 53 mil millones. Según un informe de la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública, fue uno de los pocos ministerios a los que se les incrementó la partida este año, en medio del recorte general del Estado.

Recorrido. El teléfono suena en un despacho semivacío de la Legislatura porteña. Es el año 2003 y afuera de la calle Perú el país está al borde del colapso y viene de evitar el desastre total por muy poco. María Laura Leguizamón, integrante de esa cámara por una coalición peronista en la que están Gustavo Béliz y Horacio Rodríguez Larreta, atiende el aparato. Su secretaria le pide una reunión. La política piensa que es raro que su mujer de confianza, que la acompaña desde los primeros días del milenio y con la que pasó el bravo 2001, solicite de manera tan formal un encuentro. La hace pasar. La primera sorpresa para Leguizamón es que no viene sola: la acompaña su jefe de prensa, Federico Salvai. La segunda, sin embargo, es mucho mayor. “Te queremos contar algo. Estamos de novios”. La legisladora, que hasta el día de hoy asegura que no había visto algún roce amoroso previo en la entonces flamante pareja, se alegra por los dos y festeja. Eran días complejos. Leguizamón se acababa de sumar al naciente kirchnerismo, y le había dado a todo su equipo “libertad de acción” para que decidan si la acompañaban al proyecto de Néstor o se abrían. “Ellos eran de otro palo”, explica ahora Leguizamón.

Stanley fue reclutada por María Eugenia Vidal para la elección fallida del 2003, cuando Macri perdió la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. De allí, ambas siguieron a su jefe a Boca, donde hicieron trabajo social. Y desembarcaron en el Ministerio de Desarrollo porteño en el 2007, Vidal como la jefa, Stanley como directora de Fortalecimiento de la Sociedad Civil. Fue ese el lugar donde forjó su relación con Bergoglio.

La siguiente parada, en el 2011, fue reemplazar a su jefa en el ministerio. Vidal había escalado a vicejefa de Gobierno y Macri consideró que Stanley podía reemplazarla. De allí le quedó un apodo que la acompaña hasta la actualidad: “La otra Vidal”.La diferencia más grande está en el origen de ambas. La gobernadora, de clase media del conurbano. Stanley, hija de un banquero. Hasta Bergoglio desconfiaba de sus intenciones en sus primeros encuentros.

En su casa tampoco la tuvo fácil: “Su mamá sufre mucho. Todavía hoy”, cuentan en su entorno. La mujer, psicoanalista de profesión, lejana al palo de la política, siente cada crítica que le hacen a Carolina. Según cuenta gente de su confianza, sus hijos la pasan mejor. Mateo y Juan, de 8 y 11 años, suelen acompañarla en los timbreos. El más chico, incluso, dicen que ya le agarró el gustito a la política y asegura que quiere seguir los pasos de sus padres.

El perfil bajo le sirvió para pasar desapercibida ante las polémicas. Como la que se generó con su declaración jurada, que creció 345%. En el 2013 había sido denunciada, junto a otros funcionarios, por estrago culposo debido a las inundaciones en la Ciudad. Y en el 2015, por administración infiel y complicidad manifiesta, en la causa del desvío de fondos que involucró a Fernando Niembro. Todo naufragó en la Justicia.

En el 2017, además, debió enfrentar una enfermedad que, asegura, le cambió la vida. Se internó en el Hospital Británico para operarse un nódulo pulmonar. “Busqué adentro mío lo mejor que tenía. Uno puede aprender mucho en los momentos de dificultad”, dijo en una entrevista de televisión, una de las pocas veces que habló en público del tema.

El gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba la quería de candidata en la elección del 2017. Medía bien, representaba los valores de Cambiemos y era desconocida. Un diamante en bruto para los ojos del consultor. Pero la mujer se escabulló de la idea. Y su marido también colaboró: “Ni en pedo”, decía cada vez que le preguntaban. En el 2019, los armadores de Cambiemos la tienen en consideración para una fórmula presidencial. Es una manera de tener a Vidal en la boleta, sin tener que alterar el Plan A y sacar a su as de espadas de la provincia de Buenos Aires. Salvo que haya Plan V.