Costumbres / 8 de julio de 2018

Programas de inclusión: vecinos que hacen arte

El concurso Barrios Creativos invita a los porteños a proponer su propia agenda cultural.

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Hay barrios con una clara impronta cultural. Como Boedo, donde el tango se respira en cada esquina, o Retiro, con su gran circuito de galerías de arte. Y también hay otros donde las inquietudes son más individuales y quizás menos reconocidas, como Villa General Mitre. Pero en todos hay un contenido artístico a valorar y ganas de mostrar el trabajo de la gente. En eso mismo pensó el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires cuando lanzó Barrios Creativos, un concurso que invita a los vecinos a armar la programación cultural de su zona en equipo, pudiendo alzarse con el financiamiento del proyecto.

Con un mentor por zona (son 30, ya que varios barrios se agrupan), la propuesta incita a que los diferentes actores culturales -desde un particular hasta un club, bar notable, teatro o centro de jubilados, entre otros- puedan pensar juntos una iniciativa común.

En septiembre, los mentores deben entregar el proyecto a un jurado, que anunciará los ganadores en octubre. “Hay un premio principal y tres menciones. Pero el corazón del programa es dejar en cada territorio una red cultural armada, que sirva como capital comunitario y trascienda esto, desde la cual se puedan generar muchos otros proyectos”, ilustra Mora Scillamá, directora general de Promoción Cultural de la Ciudad, que agrega que ésta es una forma de subsanar el acceso dispar, sabiendo que al Estado le es imposible construir un espacio cultural por cuadra. “Quisimos generar nuevas redes en la ciudad, fortaleciendo el sistema independiente y los circuitos alternativos”.

En busca de la identidad. La respuesta fue tan diversa como lo es Buenos Aires. Mientras en la zona de Chacarita y Villa Ortúzar el nexo coordinante parece ser el cementerio y una de las propuestas más fuertes tiene que ver con reinstaurar el festejo del Día de Todos los Muertos, en Villa Santa Rita y Villa General Mitre aún están definiendo el eje que unirá a los distintos actores culturales. Y es que este, por ejemplo, es uno de los territorios con inquietudes más aisladas e individuales, y por ende donde esta convocatoria tardó en tomar forma.

“Nos dimos cuenta de que las instituciones del barrio funcionaban muy bien, pero por separado, y entonces estamos explorando cómo unificarlos a través de la comunicación”, ilustra Federico Howard, mentor de la zona. En ese camino, pensaron por ejemplo en una radio que le dé voz a todos los espacios, generando además actividades que difundan las diferentes acciones que se emprenden. “Estamos buscando las cuestiones más emblemáticas del barrio para tratar de comunicarlas en un mismo proyecto”, cuenta.

Mediante reuniones de entre dos y tres horas semanales, la propuesta va gestándose en cada territorio. “Ya empecé a tener también reuniones más cortas por áreas específicas”, relata Talata Rodríguez, mentora por Boedo, donde asegura que en los proyectos no solo es notoria la identidad del barrio, sino también sus funcionamientos culturales puntuales. De hecho, en este caso, la participación se encontró con algunas dudas. “Es un barrio con una organización cultural ya nucleada, con un grupo muy consolidado, por lo que se decidió que no participe toda la estructura, sino algunas instituciones. De esa forma, la red mantiene su autonomía”, explica. Entre otras iniciativas, en esta zona se organiza el Festival de Tango y la Semana de Boedo, dando cuenta de un trabajo previo muy grande. Entre sus colaboradores para el concurso, empero, se encuentran dos históricos participantes del grupo Boedo al Sur, con enorme vínculo con el bagaje del barrio e ideales para ayudar a “tejer pasado y presente para actualizar las historias”.

Los difusores. El rol de los mentores, elegidos por ser referentes culturales y sociales en sus respectivos barrios, es fundamental no solo por la coordinación entre instituciones, sino además por la difusión que supieron hacer del programa.

“Dividimos en áreas temáticas las disciplinas posibles y fuimos pensando cuáles podían ser los actores del barrio para cada una”, cuenta Pier Olcese, quien junto a Laura Rauch coordina Chacarita y Villa Ortúzar. Así, se acercaron ellos mismos a contarles a los vecinos del tema e incentivar la participación, tratando de que el proyecto fuera lo más colectivo posible. “Lo bueno es que alguien específico de cierta área puede tener una idea que luego incluya a otra, y así las disciplinas se van comunicando entre ellas y creciendo. Nosotros les decimos que vuelen alto, luego veremos si es posible”, apunta su co-mentora.

A la vez, el papel de guía también incluye bregar por la inclusión, sobre todo en los casos de barrios muy diversos, con realidades muy distantes, que deben presentarse juntos, como es el caso de Retiro y la Villa 31. “En el grupo estamos trabajando en cómo pensar los espacios públicos como de transformación, cómo conectarnos más amorosamente entre vecinos y cómo circular para poder conocernos de diferente manera”, cuenta Paula Mascias, a cargo de esta zona, cuyo primer encuentro se perdió en debatir cómo nombrar a la Villa 31 (si villa, barrio, comunidad informal, etc.) en lugar de pensar en un proyecto que pudiera romper esos “muros”.

“Pero ya empezamos a borrar esas barreras y pasar a la acción, y hay mucho interés en generar cosas juntos. Lo que permite Barrios Creativos es juntarnos a pensar puntos en común. Cuando se pone en juego lo cultural, las diferencias se alivianan”, sostiene.

Una buena síntesis para un programa que pretende instalarse en el tiempo y potenciar, año a año, la riqueza de iniciativas que florece en la cultura porteña. Para que cada barrio de Buenos Aires pueda expresar el modo de hacer arte que lo caracteriza.