Cultura / 8 de septiembre de 2018

Teatro: La troupe de Alfredo Arias

Con un elenco de notables, estrena “Divino amore” en el Teatro de la Ribera, definida como “sacra comedia con canciones”.

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El director Alfredo Arias (1944), junto con sus colegas Jorge Lavelli (1932) y el fallecido Jerȏme Savary (1942-2013), conforman esa suerte de Santísima Trinidad argentina que conquistó Francia por la originalidad de sus puestas teatrales. Tras los primeros trabajos en el mítico Di Tella, Arias se radicó en París a fines de los sesenta. En 1970, “Eva Perón” de Copi, con el grupo TSE (sigla que no significa nada y reunía a los artistas Marucha y Facundo Bo, Marilu Marini y Roberto Plate), fue el suceso inicial de una destacada trayectoria internacional que incluyó clásicos, adaptaciones literarias, music-hall y ópera. Varios de sus montajes franceses se ofrecieron luego en Buenos Aires: desde “Las criadas” de Genet o la creación propia “Mortadela” hasta “Divino amore” de 2007, coescrita con el francés René de Ceccatty y estrenada en el parisino Théâtre du Rond-Point; que se acaba de reponer en el Teatro de la Ribera.

“La palabra que mejor define este proyecto es inocencia. Contamos la historia de una familia de teatro y su consecuente decadencia al pasar los años. Ahora que lo pienso la obra es una oda a la candidez de esas personas que se aferran a un tipo de arte que no tiene lugar en el mundo actual. Son seres marginales que inspiran ternura y respeto”, afirma Arias.

La compañía D’Origlia-Palmi. Definida como una “sacra comedia con canciones”, el argumento de “Divino amore” transcurre en Roma, en los setenta, y muestra una compañía teatral, Doriglia-Palmi, integrada por un matrimonio y su hija, que encuentra refugio en el sótano de una iglesia cercana al Vaticano. Allí, en un mínimo escenario, ofrecen melodramas religiosos dedicados a la vida de santos y mártires.

La compañía D’Origlia-Palmi realmente existió. El documental “Ombre lucenti” de Nino Bizzarri, producido en 2006, recoge material de archivo sobre estos artistas abstraídos en un pasado de gloria que se evaporaba vertiginosamente. Tras el paso implacable del tiempo, el grupo fue aislado y humillado por un público despiadado que consideró pasado de moda cultivar ese estilo.
El texto comienza con el recuerdo de la danza del cisne que imaginó la bailarina Lidia Martinoli, un curioso personaje de la alta sociedad porteña. Formada en la Scala de Milán, integrante del ballet del Colón, ya retirada, creaba sus coreografías con toques kitschs que eran la comidilla de cierto círculo social excéntrico en la década del sesenta. Es famosa la anécdota del número “La leprosa”, donde adhería fetas de jamón crudo a su cuerpo que caían al bailar. El mismo Arias, en colaboración autoral con Kado Kostzer, la rescató en otro espectáculo “Familia de artistas” (1989). Ahí también se retrataban las peripecias de esa estirpe artística rioplatense, que este cronista vio en el Maipo, en 1991, con la legendaria Iris Marga como intérprete principal y Lía Jelín en el personaje citado.

Continúa con una desopilante versión de “Salomé” que incluye una particular danza de los siete velos. Finaliza con el regreso de la hija quién, tras un viaje a Estados Unidos, se enfrenta con su madre al defender el estilo americano.

Familia de artistas. “Me encuentro rodeado por un equipo artístico, actoral y visual, que por lo general va más allá de lo que propongo. Como troupe somos un poco una familia que sabe los riesgos que toma y compartimos una misma ideología en identificar temáticas no habituales y donde el público pueda reflejarse en ellos. Si bien trabajé largo tiempo con una primera compañía, TSE, hoy se constituyó sin ninguna premeditación un nuevo tándem con los intérpretes Alejandra Radano, Sandra Guida, Marcos Montes, Carlos Casella y el diseñador de vestuario Pablo Ramírez. Para esta propuesta hemos invitado a la actriz y cantante María Merlino. Nos une que somos fervientes adoradores de las utopías artísticas y humanas”, explica Arias.

Radano, una de las protagonistas del elenco original de “Divino amore”, es un bastión en las últimas creaciones de Arias. Un recorrido que abarca “Deshonrada”, sobre la vida de Fanny Navarro, o “Cinelandia”, donde se evocaba al cine clásico nacional, por citar solo algunos.

Ante la duda de cómo se evita la repetición o comodidad al trabajar en conjunto durante tanto tiempo, Radano señala: “los temas son tan disimiles, que dentro de la expresión se desarrollan otros lenguajes, más cuando en mi caso estoy llena de inquietudes que me atraen. Alfredo está atento a las pulsiones de la gente con la que trabaja y se nutre de ellos también. Igual, en el mejor de los casos, uno habla de una sola cosa en su vida y lo muestra desde distintos ángulos. No me interesa la acumulación sino la calidad”.

En tierras galas, estrenó, en 2002, “Concha bonita”, otro espectáculo musical de la dupla Arias-Ceccatty donde se contaba la vida de Pablo, un argentino que decide cambiar de sexo. Desde entonces, mantiene un activo año laboral entre la ciudad luz y Buenos Aires: “Es algo que me nutre y me alimenta y le deseo esta realidad a todos los seres movibles del planeta. El mundo es digno de recorrer aunque Kafka y Verne hayan dicho que no es necesario salir de la habitación para hacerlo”, concluye.