Costumbres / 15 de septiembre de 2018

¿Son “elegidos” los miembros de la realeza?

¿Por qué algunos nobles están predestinados a sobresalir? ¿Por qué el destino de Máxima y el del Lady Di fueron tan diferentes?

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Así como es posible controlar el lenguaje para comunicar con eficacia en tiempos de globalidad (ahí está como muestra el llamativo triunfo de Donald Trump, ahora presidente de los Estados Unidos), hay otras situaciones relacionadas con la cuestión de las elecciones, los elegidos y elegidas, que no siempre tienen que ver con el voto. Las más sencillas, por cierto, son aquellas en las que se debe elegir o designar a alguien para cumplir con un fin o llevar adelante un proyecto político, social o cultural. Ese sujeto, entonces, será quien resulte electo para un cargo determinado. Hablamos desde la perspectiva de la libertad de elegir que tienen los sujetos hoy en democracia, por dar un ejemplo contextual. Existen otros casos en los que no se puede elegir. Una vez que algunos individuos acceden al poder, cualquiera sea el código comunicacional utilizado, se quedan de por vida allí. Con voto o sin voto. Ejemplos sobran.
Quedémonos con el de Franco, supremo caudillo de España durante casi cincuenta años, porque viene a cuento dando marco a una historia que tomaremos como modelo del verbo elegir en su función de participio. La palabra es “elegido” o “elegida”, que –dice el diccionario de la Real Academia– está ligada al concepto de predestinado. El predestinado/a fatalmente tiene que llegar a un lugar especial y acabar de una manera determinada. O, también, puede ser un elegido por Dios desde la eternidad para lograr la gloria. Ya veremos este tipo de designios divinos. Ahora analicemos algunos interrogantes más contingentes.

¿Sabía Carmen Tita Cervera, nacida el 23 de abril de 1943, cuya infancia transcurrió en Barcelona jugando en la vereda del taller de motos de su padre, que llegaría a ser la elegida del barón Hans Heinrich von Thyssen Bornemisza para ser su esposa y convertirla en la baronesa Thyssen, dueña de una de las colecciones de arte más importantes del mundo? Pongámonos en situación: aunque hacía diez años que Franco había muerto, su presencia inmanente acompañaría a Carmen buena parte de su vida. Por caso, cuando en los años sesenta fue consagrada Miss España, gracias a su gracia, estatura y figura esbelta que todavía mantiene, así como a la insistencia poderosa de su madre madrileña, que deseaba para su hija lo que ella no había tenido. Desde que fue seleccionada miss, la vida de Tita cambió: participó en varios concursos de belleza y entró en el mundo de Hollywood, donde conoció al protagonista de Tarzán, el actor Lex Barker, y se casaron. Barker murió infartado, ella trabajó en algunos films y cuando la descubrió el barón Thyssen se convirtió en la elegida number one de la prensa rosa internacional. El barón la dejó convertida en baronesa viuda y millonaria. El arte –la colección Thyssen– completó su imagen mediática con el toque de cultura necesario como para ganarle a la reina Isabel II de Gran Bretaña cuando disputaron el destino de la famosa colección. Ganó Tita: la compró el Estado español. Claro que ella tiene, también, su propia colección. Su fortuna está valuada en 900 millones de euros. Sigue siendo un ícono de la revista ¡Hola! de España. Casi, casi como lo fue en vida la inefable Cayetana Fitz-James Stuart, duquesa de Alba, por pura herencia dinástica.

Monarcas. Y ya que entramos en el universo monárquico, pocos casos tan paradigmáticos de una mujer elegida por mandato divino (recordemos que en el prístino mundo de las monarquías está arraigada la convicción de que reyes y reinas actúan por expresa intervención y delegación divinas) como el de la reina Isabel I (Elizabeth I). A menudo referida como la Reina Virgen, Gloriana o la Buena Reina Bess (1533-1603), fue reina de Inglaterra e Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte. Isabel fue la quinta y última monarca de la dinastía Tudor. Lo extraordinario de esta joven elegida para reinar a los 25 años fue su decisión de convertirse ella misma en una réplica del modelo católico contra el que luchó sin tregua: el de la Virgen María. De este modo, al recibir el trono, en un acto pionero en materia de lenguaje comunicacional, Elizabeth I se maquilló el rostro de blanco con una textura que semejaba el estuco de las imágenes eclesiásticas, se cortó el pelo como suelen hacerlo algunas monjas de clausura, ciñó la corona y el cetro y comenzó a parecerse a un cuadro, a una escultura, a un ser lejano a lo carnal. Su cuerpo se transformó en algo intocable, con cierto halo de irrealidad. Nunca aceptó contraer matrimonio. Y aseguró que se mantuvo virgen. Durante su reinado, logró establecer una iglesia protestante independiente de Roma, que luego evolucionaría hacia la actual Iglesia anglicana, de la que se convirtió en la máxima autoridad. Elizabeth fundió en una sola persona –la reina– a Inglaterra y el protestantismo. Semper cadem (“Siempre la misma”) rezaba el escudo del trono que identificó la era isabelina, cuna de Shakespeare, entre otros grandes intelectuales que la veneraban. Nunca sabremos si amaba a hombres o a mujeres. Si fue feliz. Este y otros enigmas rodean su figura, que se agranda en el tiempo desde el siglo XVI hasta el XXI que transitamos.
Es posible que Máxima, nuestra ex ciudadana argentina y actual reina de Holanda, haya vislumbrado su destino dentro del campo de las elegidas cuando, ya recibida de economista brillante y trabajando en un altísimo cargo en uno de los bancos de inversión más poderosos de Manhattan, recibió la invitación de una íntima amiga compañera del Northlands School para ir a una fiesta en Sevilla, que para su nivel era muy normal, como cruzar de Buenos Aires a Punta del Este. Pensemos que si bien no pertenecía a la nobleza, siempre se movió en un círculo de clase alta y culta, con la preparación suficiente como para aspirar, mínimamente, a ser princesa sin hacer ningún papelón. Fue en Sevilla donde no solo no perdió su silla, sino que encontró al en ese entonces príncipe Guillermo de Holanda, quien le prometía un trono. La elegida aceptó la propuesta. Y es de las pocas reinas que parece pasarlo más que bien. No muestra ninguna cara de disgusto anoréxico, se comunica al toque en varios idiomas, se ríe muchísimo, tiene su estilo: el turbante a lo Máxima es súper chic. Y muestra que no lleva el título de economista colgado como trofeo. Más bien lo utiliza de manera didáctica en conferencias que tratan su expertise. En la otra punta, a la ya desaparecida Diana de Gales, que sí era de noble cuna, la de los Spencer, nunca se la vio disfrutar de nada. Más bien, padecer y meter la pata sin parar hasta su absurda muerte, perseguida por los paparazzi en un túnel de París, en 1997, con su novio, el magnate egipcio Dodi Al-Fayed, heredero de Harrods.

Tampoco le vemos un presente alegre y responsable a Charlene de Mónaco (en las fotos, siempre con cara de mala palabra), esposa de Alberto, lleno de hijos extramatrimoniales, quien jamás podrá acercársele a los tobillos a Rainiero, padre de estos tres elegidos, Carolina, Alberto y Stephanie.

 

*Periodista y escritora.

Este texto forma parte del libro “Crónicas planetarias” (Octubre).