Mundo / 16 de septiembre de 2018

Con Donald Trump en baja, Barack Obama hace campaña

Las legislativas cobran importancia ante la eventualidad de un impeachment para el presidente, que sigue sumando denuncias.

Por

Todas las alarmas se encendieron al mismo tiempo. Además, lo hicieron de las formas más insólitas. Un funeral, una carta anónima y el discurso de un ex presidente fueron los inesperados canales que expresaron la magnitud del riesgo que afrontaría Estados Unidos.
Ese riesgo tiene nombre y apellido: Donald John Trump. Y lo que arriesga Norteamérica es nada menos que su democracia. Lo dijo con todas las letras Barack Obama, al hablar en la universidad de Illinois que le entregó una distinción por considerar que su gobierno gozó de salud ética.

Allí, rompiendo una de las tradiciones no escritas pero férreamente cumplidas de la política estadounidense, el ex presidente dijo “nuestra democracia” está en peligro.

En Estados Unidos, los presidentes no sólo tienen el límite constitucional de dos mandatos. También tienen el límite que les impone la tradición política: al dejar el Despacho Oval, deben guardar silencio sobre el gobierno que lo sucedió y, de ser posible, de los subsiguientes, dedicándose a dar conferencias, crear bibliotecas o fundaciones, y a mediar en diferendos de otros países.

Obama cumplió la regla durante dos años y, si ahora la rompe, no es por vocación de transgresor sino porque la realidad que percibe le parece demasiado grave como para quedarse atado a una tradición.
Para quien sigue siendo el principal referente del Partido Demócrata, resulta imprescindible que en las elecciones legislativas de noviembre los conservadores pierdan la mayoría que tienen en el Congreso, porque el Partido Republicano ha renunciado a evitar que Trump destruya la institucionalidad.

Funeral mediático. Es posible leer el mismo mensaje en las ceremonias que John McCain diseñó para su propio funeral. De por sí, es increíble que alguien utilice sus últimas fuerzas para organizar sus exequias, como hizo el senador por Arizona antes de pedir a los médicos que cesaran el tratamiento y lo dejaran morir.

Aún más sorprendente fue leer el mensaje que su autor quiso dar a los norteamericanos a través de esa ceremonia póstuma. Un mensaje claro y contundente contra todo lo que representa Trump en la política y la sociedad de Estados Unidos.

Fue el mismísimo McCain quien llamó a Obama para pedirle que dé un discurso en la capilla ardiente. En la lista de oradores incluyó otros demócratas, como el ex vicepresidente Joe Biden. Y la lista de invitados, que tenía más demócratas, incluidos Bill y Hillary Clinton, contenía una omisión y una prohibición.

El republicano que perdió la elección contra Obama, omitió invitar nada menos que a quien había sido su compañera de fórmula, la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin. Algo que puede leerse como una autocrítica póstuma por haber aceptado que los extremistas del Tea Party le impusieran el postulante a la vicepresidencia.

No obstante al récord de lo increíble lo batió con la prohibición de que Trump estuviera presente en sus funerales. Jamás un legislador norteamericano manifestó entre sus últimos deseos que no dejen participar de las ceremonias fúnebres nada menos que al presidente.
Ese deseo manifiesto convirtió el funeral en una denuncia demoledora contra el magnate neoyorkino. Quien había dejado dicho que le impidieran acercarse a su féretro era el militar y político más respetado de Estados Unidos. Un héroe de la dignidad y la decencia. El único republicano que se atrevió a decir que Trump es una “vergüenza” para los norteamericanos y quien lo acusó de racista y xenófobo, quiso que su muerte mostrara, por contraste, la vileza del hombre que ocupa el Salón Oval.

Condecorado como héroe de guerra por haber rechazado que el vietcong lo liberara antes de soltar también a los demás marines que estaban apresados en el mismo campo de concentración, el viejo senador de Arizona mostró al presidente como un personaje miserable. En rigor, fue el propio jefe de la Casa Blanca quien expuso sus bajezas cuando, en uno de sus choques con McCain, dijo que no debía ser considerado un héroe porque en la guerra de Vietnam
había sido capturado por el ene-
migo.

McCain había perdido la batalla por la candidatura republicana con George W. Bush y la batalla por la presidencia con Obama, pero convirtió su muerte en una batalla triunfal porque con las invitaciones, las no invitaciones y la prohibición, levantó la bandera del diálogo, la búsqueda de consensos y el respeto por el adversario que deben imperar en una democracia. Las antípodas de Trump y su receta populista que considera a la oposición, a la prensa crítica y a todo aquel que lo cuestione, como “enemigos” que merecen aborrecimiento.

Presente negro. Entre el funeral de McCain y el discurso de Obama, hubo otro insólito golpe contra la imagen del presidente. En una carta publicada por The New York Times, un alto funcionario del gobierno que no quiso dar su nombre describió a Trump como un “amoral” propenso a tomar decisiones desastrosas.

Según la carta, varios miembros prominentes de La Casa Blanca se han conjurado para impedir, actuando desde las sombras, la mayor cantidad posible de estropicios presidenciales.

Un escrito anónimo carecería de valor si no fuera porque el diario que lo publicó es uno de los más prestigiosos de Estados Unidos y su dirección editorial dio fe de que el autor es, efectivamente, un alto funcionario del gobierno.

En la historia norteamericana hay antecedentes de conspiraciones políticas de todo tipo, pero esta modalidad desopilante no tiene precedentes. Mientras en el partido oficialista el silencio fue la regla que sólo McCain se atrevió a romper, en la cúpula del gobierno existe un grupo de prominentes republicanos que dicen conspirar contra el presidente por el bien de los Estados Unidos.

La economía es el músculo de Trump. Si bien fue la administración Obama la que revirtió en crecimiento la recesión iniciada con la crisis de las hipotecas subprime, el proteccionismo implementado por el actual presidente fortaleció notablemente el alza en los principales indicadores.

Lo que se verá en las próximas elecciones legislativas es si el crecimiento económico alcanza para contrapesar el peor de los problemas del gobierno: la personalidad y la naturaleza del propio Donald Trump.