Política / 7 de diciembre de 2011

El año de Cristina para todos

Demostró que puede sin Kirchner, construyó un país vacío de opositores y rompió récords con su reelección. El desafío que viene: ajustar el modelo sin sacrificar la economía de los argentinos. Hegemonía y tentación autoritaria.

En algunos países afortunados será difícil decidir quién merece ser elegido el personaje del año que está por terminar porque son tantos los candidatos a la distinción por lo común fugaz así supuesta. Huelga decir que la Argentina no es uno de ellos. A nadie se le ocurriría negar que Cristina Fernández de Kirchner domina el panorama nacional hasta tal punto que tiene en sus manos más poder político que cualquier otro mandatario desde los tiempos mejores de Juan Domingo Perón, más incluso que el esgrimido en su momento por Carlos Menem: a diferencia del riojano, la santacruceña adoptiva no tiene que preocuparse por la maduración, lenta pero constante, de una alianza opositora basada en principios coherentes que, andando el tiempo, pudiera ocasionarle dificultades.

¿Preveía Cristina el triunfo rotundo, plebiscitario, con el que culminó el año electoral? Puede que no. En vísperas del 2011, los estrategas del movimiento amorfo que se ha aglutinado en torno a su persona suponían que las diversas agrupaciones opositoras, conscientes sus dirigentes de que les sería suicida permanecer tan divididos, lograrían por fin superar sus diferencias para que Cristina tuviera que enfrentar a lo sumo dos rivales con posibilidades.  Asimismo, era razonable suponer que la inflación, este flagelo de los más pobres que conforman la gran reserva electoral del peronismo oficialista, le costaría millones de votos. Felizmente para las aspiraciones de la señora, aunque no necesariamente para ella misma ya que no puede sino entender que la soledad absoluta en que se encuentra entraña muchos riesgos, quienes temían al espectro del ballottage se equivocaban. La inflación y la corrupción rampante apenas figuraron en la campaña electoral; el tema dominante fue la escualidez de la oferta opositora.

Lejos de cerrar filas detrás de un par de “proyectos” superadores del kirchnerista, los interesados en ver a Cristina reemplazada por alguien a su juicio más idóneo, o por lo menos no tan pendenciero, privilegiaron sus propias internas hasta que, anonadados primero por el mensaje para ellos ominoso que les envió “la megaencuesta” de agosto y después por los resultados aún más categóricos de las elecciones de verdad, terminaron refugiándose en una multitud de facciones ensimismadas y rencorosas. Si el PRO de Mauricio Macri –el que últimamente ha intentado congraciarse con ella– se ha mantenido de pie, es solo porque el xeneize cauteloso se borró a tiempo de la campaña electoral.

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