Opinión / 22 de diciembre de 2011

Que comience la pelea

Ilustración: Pablo Temes.

A juicio de sus partidarios, Cristina, la dueña orgullosa del 54 por ciento de los votos, encarnará por mucho tiempo más la voluntad nacional y popular. En base a esta hipótesis que para ellos no admite duda, quienes tienen el privilegio de integrar su reducido círculo áulico y sus seguidores creen que les ha llegado la hora para aprovechar plenamente el poder que el electorado le ha prestado para aplastar de una vez los focos de resistencia que todavía subsisten en el país. Eufóricos, con Cristina a la cabeza están avanzando en todos los frentes, invadiendo recintos, insultando a sus adversarios y provocando incidentes que hacen recordar los que presagiaron la tragedia de los años setenta. Quieren sacar la máxima ventaja del desconcierto que impera en las filas enemigas para asestarles un golpe de gracia que les deje fuera de combate para siempre. Así las cosas, todo hace prever que nos aguarda una etapa sumamente conflictiva.

Como no pudo ser de otra manera, el resto del país está mirando el espectáculo que el oficialismo se las ha arreglado para montar con alarma creciente. Hace ya dos meses, la mayoría votó por más de lo mismo, por la continuidad presuntamente garantizada por la presencia en el poder de una Presidenta comprometida con la armonía social.

Pocos votaron a favor de una lucha frenética en nombre de una ideología casera que nadie, con la eventual excepción de quienes la confeccionaron, entiende muy bien. Por cierto, aquella mayoría no quería que la Argentina se transformara en un campo de batalla. Tampoco manifestaba mucho interés en permitir que los muchachos entusiastas de La Cámpora ocuparan más “espacios” para que los contribuyentes se vieran obligados a subsidiar sus actividades nada productivas.